Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 23 de diciembre, 2014

El hombre nuevo parió un nuevo hombre

Obama pensó sólo en términos internos al actuar, algo entendible, pero se olvidó de los cubanos de la isla.
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Sobre el acercamiento entre el Presidente Barack Obama y el General Raúl Castro opina todo el mundo. De izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Los únicos que no pueden expresar su opinión libremente ni verla manifestada en los medios de la isla, son los cubanos que viven allá. ¿O La Habana ha publicado en sus medios la visión de organizaciones de derechos humanos o agrupaciones disidentes? ¿O anunció que está dispuesto a dialogar, por primera vez en 56 años, con los cubanos que desean otro camino?

Desde un punto de vista liberal y democrático, esta es la hora de los cubanos, de todos los cubanos, desde los comunistas en el poder desde 1959 hasta quienes se ubican a su derecha, pasando por liberales, demócratas cristianos y social demócratas, tanto de la isla como del exilio. Un país no es monopolio de nadie. Basado en la experiencia de la transición democrática chilena, supongo conveniente iniciar un diálogo de la nación cubana que conduzca a elecciones pluralistas en las que los ciudadanos decidan qué Cuba desean construir.

Sería impresentable que lo que muchos ven como el fin de la Guerra Fría en el continente desemboque sólo en algunas reformas económicas y no en apertura política. Esto no es China ni Vietnam, ni Asia. Es América Latina, parte de Occidente, donde compartimos una convicción básica: nada como la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos para construir y perfeccionar un país.

En rigor, el acercamiento entre Washington y La Habana, proceso que será largo y árido, con avances y retrocesos, expresa dos confesiones públicas de valor histórico: la de Estados Unidos en el sentido de que el embargo falló en su afán de derribar la dictadura de los Castro; y la de Cuba de que el socialismo no trajo libertad, democracia ni prosperidad. Dos fracasos estrepitosos. Uno se supera cambiando la política, el otro cancelando un sistema dictatorial. Por desgracia, se trata de más de medio siglo perdido para Cuba, lo que para un país puede ser relativamente poco tiempo, pero que para las personas representa una vida entera.

Con el acuerdo Obama parece darle la razón a quienes lo consideran un negociador ingenuo: en un momento en que el régimen de los Castro pende de un hilo y está en la UTI por el colapso económico de Venezuela, de quien depende para sobrevivir, Obama le brinda aire en a los hermanos octogenarios. Les da lo que necesitan: dólares, turistas, créditos, comercio, remesas, asistencia para crear una clase empresarial y legitimidad, pero sin imponer nada a cambio en el ámbito crucial para toda dictadura: espacios de libertad para los disidentes, opositores y agrupaciones de derechos humanos.

Obama pensó sólo en términos internos al actuar, algo entendible, pero se olvidó de los cubanos de la isla. Se olvidó de los cubanos, que viven principalmente de las remesas que les envían los “gusanos” desde Florida (las remesas representan el segundo ingreso para Cuba, ¡superando el ingreso por turismo!). Se olvidó que el régimen no representa a los cubanos, y que nadie sabe lo que ellos desean tras 55 años de partido único y racionamiento por la sencilla razón de que no ha habido elecciones pluralistas y están prohibidas las encuestas. En este contexto es comprensible también la percepción de muchos cubanos de que la Casa Blanca los dejó a la deriva precisamente en momentos en que los hermanos sucumbían.

Los Castro lograron un conteo de protección en momentos en que estaban por irse a la lona, conteo que puede conducir al término de la pelea, lo que Raúl Castro, como pragmático, anhela desde hace mucho. Su problema es cómo hacerlo al menor costo posible, tanto ideológico como personal. De partida, no anunció apertura democrática. Se sabe que le atrae el modelo de Vietnam. Es decir, economía de mercado, pero partido único. Raúl Castro ha conseguido dólares de Estados Unidos pero el flujo de éstos no está sujeto a la democratización del país.

He allí una de las piedrecillas que incidirá en el futuro de esas relaciones: si La Habana no brinda libertad a los disidentes y opositores, el próximo congreso, dominado por los republicanos, podrá morigerar el acuerdo, partiendo por el nombre del futuro embajador, que precisa la aprobación del legislativo para asumir funciones. En ese momento se planteará algo que puede complicar a los demócratas: ¿por qué ayudar a una dictadura que no está dispuesta a hacer mínimas concesiones democráticas?

Para mí, la revolución cubana se acabó con el retiro formal de Fidel Castro y el advenimiento de la desmemoria creciente de los líderes históricos supervivientes. Todo alto funcionario o militar cubano con menos de 60 sabe que no jubilará ni morirá bajo el socialismo y que eso exige ajustes, aggiornarse desde ya con los cambios, aunque eso implique entrar al mundo de los negocios y representación de firmas. La fortaleza de Raúl Castro se basa hoy en que interpreta esa inquietud de la nomenklatura no histórica. A diferencia de lo que le ocurrió a muchos dirigentes de la RDA, que terminaron con jubilaciones modestas en el capitalismo, a los de Cuba –como en su momento a los de Rusia- la economía de mercado no los sorprenderá.

Raúl Castro entiende de esto, y sabe que hay que ser impulsor y beneficiario de la transición. Cuando anunció a los cubanos el acercamiento con Estados Unidos, lo hizo envuelto en símbolos claves: vistió de general, lo que fue un mensaje para la oficialidad del ejército, que tiene participación en la economía; se rodeó de fotos de familia y de retratos de héroes cubanos del siglo XIX, pero por ninguna parte aparecieron Marx ni Lenin, ni la hoz con el martillo, ni la bandera del partido comunista. Esto no es casual. Es un mensaje claro a la isla y a Estados Unidos: El hombre nuevo parió un nuevo hombre.

Sospecho que la transición ya está trazada: Estados Unidos garantiza a los Castro diálogo y dólares para que la reforma económica prospere a través de una mayor participación de inversionistas extranjeros y pymes; y Cuba garantiza a Estados Unidos una transición económica ordenada, sin explosiones sociales ni emigraciones masivas como las del Mariel, que desestabilizan a Florida. Es la alternativa que describo en Halcones de la noche, novela publicada en 2004. El acuerdo es un balance entre los recursos aportados por Estados Unidos y los servicios entregados por Cuba, que permiten que Washington recupere influencia en la isla y los Castro adquieran la garantía de que ellos o sus seguidores inmediatos no serán perseguidos cuando ya no estén en el poder. Llegando a acuerdos, los Castro no sufrirán el trato que hoy brinda Estados Unidos a los funcionarios venezolanos.

Si Fidel Castro fue fundamentalmente un voluntarista político, Raúl Castro es un pragmático. Por eso uno se especializó en discursos maratónicos y sueños irrealizables, mientras el otro se dedicó a aceitar y reparar la maquinaria militar, y luego a parchar la destartalada economía socialista. Raúl Castro necesita despedir a cientos de miles de empleados del ineficiente aparato estatal, y por eso tiene que duplicar los 2.800 millones de dólares que recibe la isla anualmente en remesas de Estados Unidos. De algo tienen que vivir esos cubanos desempleados al inicio de las reformas: de los envíos de cubano-americanos y del turismo de Estados Unidos. Todo cambia. El idioma ruso ya no sirve. Tampoco Marx ni Lenin. El hombre nuevo, inspirado en el Che y el marxismo-leninismo, menos. Ulises vuelve a Ítaca. La historia es de una crueldad extrema. Parece llevar ahora todo a fojas cero, pero el precio lo han pagado con su sufrimiento y sacrificio millones de cubanos durante más de medio siglo.

La tarea más difícil para la izquierda latinoamericana ahora será acompañar y justificar este radical viraje económico e ideológico que es la transición al capitalismo, y comprobar que se queda sin su gran bandera continental. Con sabiduría, los habitantes del socialismo europeo solían decir que el socialismo es el camino más largo al capitalismo. Allá me convencí de que en el socialismo se pierde dos veces: la primera, cuando te toca vivir en él; la segunda: cuando te toca la indefectible transición al capitalismo. Yo creía que esto era válido sólo para los que vivían en él. Ahora me queda claro que el segundo caso también es válido para quienes lo han avivado desde fuera.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: BRUNO / FLICKR

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: