La izquierda no le reconoce al ex presidente aptitud política ni intelectual para intervenir en el debate.
Publicado el 24.08.2014
Comparte:

A propósito de la polémica que generaron las opiniones del ex presidente Piñera en la semana pasada, Carlos Peña se pregunta en su columna dominical de El Mercurio: “¿Tiene derecho el ex presidente Piñera a criticar el gobierno de Bachelet?

La respuesta formal del columnista es que sí, aunque de inmediato atribuye las opiniones del ex presidente a la manifestación cuasi patológica de los desórdenes psicológicos que le atribuye. Evocando a Freud, sostiene que Piñera tiene el derecho de criticar a Bachelet, pero reduce el ejercicio de ese derecho al que es propio del inimputable, de aquel cuyos actos no producen efecto jurídico.

Así la columna de Peña, que al inicio parece un contrapunto con lo expresado por los dirigentes de la Nueva Mayoría, termina siendo sólo una variante para llegar al mismo resultado. Hay que reconocer en el columnista un grado mayor de pudor intelectual, pero ni un milímetro menos de convicción para descalificar al adversario.

Así, el columnista argumenta en plena coherencia con los dirigentes políticos que respondieron al ex presidente y que desconocieron su capacidad para emitir juicios sobre el actual gobierno. El tono de las respuestas, el contenido de las mismas, el punto en que se enfocaron, todo deja implícito, pero evidente que, para la Nueva Mayoría, Piñera cometió una suerte de desacato.

Pero si “destruyó la instituciones”, “destruyó la salud pública” y “miente”, entonces el problema de Piñera no es que esté equivocado, es que no tiene legitimidad para opinar.

En una conferencia recogida en el libro “Karl Popper. La lección de este siglo”, el filósofo vienés sostiene: “es tremendamente inmoral considerar a los oponentes políticos como moralmente malos (y a los de su propio partido como buenos). Eso conduce al odio, que siempre es malo, y a una actitud que enfatiza el poder en lugar de contribuir a su limitación”.

Detrás de todo colectivismo, y el socialismo el primero, hay un diagnóstico tremendamente negativo del ser humano y, por ende, de su expresión colectiva en la sociedad. Los seres humanos nos inclinamos naturalmente a abusar de nuestros congéneres, por eso buscamos insaciablemente el poder y, apenas lo tenemos, lo utilizamos para someter a los demás.

Los hombres (y las mujeres, faltaba más) sólo podemos generar una sociedad injusta, opresiva. La desigualdad, entonces, no es meramente el resultado de la interacción libre, es la consecuencia buscada conscientemente por aquellos que han logrado una posición de poder.

Entonces, se necesita una suerte de gran árbitro, el Estado, administrado por personas con verdadero sentido de justicia para que, reformas tributarias y educacionales mediante, mantengan a raya a los abusadores, protejan a los débiles y obliguen a los naturalmente injustos a someterse a las reglas de una sociedad justa.

¿Quién podría oponerse a ello? Sólo alguien cuya condición moral o mental le impida comprender algo tan evidente. El socialismo, entonces, no es una propuesta para compatibilizar las naturales diferencias entre las personas y permitirnos convivir organizadamente de una forma recíprocamente beneficiosa.

El socialismo es mucho más ambicioso, pretende ser la única forma “justa” de organizar la polis. No es una alternativa más que compite por la adhesión popular con otras, que reconozca como equivalentes en legitimidad.

Es la lucha del bien contra el mal, de la justicia contra la injusticia.  El socialismo se ve a sí mismo, con perdón por la analogía religiosa, como San Jorge luchando con el dragón.

Por eso lo habitual es que, enfrentado a la crítica política, el pensamiento socialista dirija de inmediato sus dardos al oponente y no a sus opiniones. En el fondo, la naturaleza de su convicción hace que le resulte imposible aceptar que alguien pueda verdaderamente pensar diferente.

Entonces, la explicación más probable es que todo opositor es un miserable defensor de sus privilegios, alguien que busca y usa el poder para perpetuar la injusticia que lo beneficia.

Además, como los que quieren mantener privilegios son, por definición, poderosos, el Estado tiene que tener cada vez más poder, porque es la única forma en la que puede enfrentarlos y someterlos. Por eso, el brillante Popper veía que esta forma de pensar no conduce a la limitación del poder, sino a su fortalecimiento.

¿La izquierda le reconoce a Piñera el derecho de criticar el gobierno de Bachelet?

La verdad es que no, ya sea que nos quedemos con la respuesta política de la Nueva Mayoría, que lo hace reo de las peores tropelías; o con la intelectual de Peña, que lo deriva al psiquiatra, Piñera sólo debe optar entre el gulag o el sanatorio.

No hay más opciones para el que se opone al socialismo.

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de Gonzalo Cordero