Todos estos dolientes frente al gabinete de Piñera olvidan que en Chile, a diferencia de otros países que ellos consideran más democráticos, hay separación de poderes, el gobierno no puede llegar a hacer cosas a su antojo y los disensos son permitidos. Y lo olvidan porque gran parte de la izquierda, sobre todo la millennial, cree que el consenso democrático significa el silencio eterno para sus detractores y tribuna abierta solamente para sus propios demagogos.
Publicado el 27.01.2018
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Frente al anunciado gabinete del futuro gobierno han salido a la palestra diversas críticas de parte de voceros o referentes de izquierda, tanto de la Nueva Mayoría como del Frente Amplio. Gabriel Boric se ha quejado diciendo que Sebastián Piñera ha optado por el conflicto. Como un buen chiste, el mismo diputado que vindicó la lucha de clases en el Congreso en 2014, a propósito del 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín, ahora se lamenta de la señal de enfrentamiento que, según él, habría dado el Presidente electo.

La izquierda chilena en los últimos meses no sólo ha mostrado su profundo clasismo y desprecio por los ciudadanos, sino que ahora se muestra como el típico matón del curso que amenaza constantemente a otros y que luego se victimiza cuando alguno de sus compañeros le alza la voz y “le paran los carros”. Esa es la actitud de varios como Boric, Beatriz Sánchez, Giorgio Jackson y otros tantos, frente al futuro gabinete de Piñera. Hasta supuestos liberales como el diputado Mirosevic, que todavía cree que Hayek concebía la libertad sin ley, han entrado en esa dinámica. Así, al más puro estilo de las campañas del terror que tanto critican cuando otros les cuestionan sus ideas descabelladas, ellos ya hablan de retrocesos, de enfrentamiento, de radicalidad y provocación de parte del gobierno. Entonces, los mismos que aplaudían la retroexcavadora de Bachelet y cuestionan la idea de democracia de los consensos, ahora exigen moderación de parte del futuro gobierno.

La izquierda olfatea que el gabinete ya no es uno de buenos gerentes y administradores, sino uno de carácter ideológico que va a disputar simbolismos y significados en el plano de lo político y no sólo en el ámbito de las políticas públicas. Y claro, el nuevo séquito de ministros es más político que técnico en todo sentido, sobre todo en comparación al primer gobierno de Piñera. Lo denota, por ejemplo, el nombramiento de Roberto Ampuero en una cartera como Relaciones Exteriores. Desde ahí el foco no será generar buenos acuerdos comerciales, sino que impulsar un rol más activo de Chile con respecto a las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, en clara sintonía con lo impulsado por Luis Almagro desde la OEA. Es decir, el propósito será generar, desde nuestro país, un eje continental que haga contrapeso al fracasado, alicaído y criminal socialismo del siglo XXI en la región.

La histeria de la izquierda frente al futuro gabinete se explica porque éste denota una postura más política de parte de la derecha, históricamente más asidua a la tecnocracia. El pendrive del anterior gobierno, ícono tecnocrático, ha dado paso al uso de “la nube” en internet, simbolizando así un espacio ideológico donde los límites siempre son probables y abiertos. En ese sentido, la izquierda lloriquea no porque la contraparte implique un retroceso en materia de reformas (eso no les importa), sino más bien porque significa que la derecha dejaría su pasividad política, asumiendo un rol más activo en cuanto a disputarle espacios políticos, ideológicos, sociales, simbólicos y de poder que ellos consideraban ya conquistados.

En el fondo, la histeria millennial de la izquierda se debe a que la derecha podría estar impulsando un trazado hacia la conformación de un bloque histórico. Algo inédito sin duda. Así, la derecha estaría saliendo del plano de la estructura para disputar la conformación de la superestructura. Y eso, de hecho, debería hacer en favor de la alineación de un eje democrático liberal más amplio, que incluya a la diversidad y pluralismo de la sociedad civil como fundamento esencial, en claro contraste con la cooptación solapada que impulsa la izquierda chilena, sobre todo desde el Frente Amplio, en base a la promoción de un evidente estatismo colectivista e intervencionista.

Tiene razón el diputado Boric cuando dice que Piñera ha dado una señal clara de enfrentamiento. Lo errado es su queja frente a eso. Boric, gran parte del Frente Amplio y la izquierda en general no aprendieron nada de la lección del último proceso electoral y todavía se creen dando el sermón de la montaña a una ciudadanía que no cree ni en su estatura moral ni en sus ínfulas sacrosantas y luminosas. Pero claro, la izquierda se cree dueña de las mentes e ideas de los ciudadanos y se cree poseedora de una moral virginal en términos políticos. Por eso, cuando los votantes no los apoyan, se ofenden, no comprenden como puede eso ocurrir y los tratan de idiotas, desclasados, fachos pobres o lo que sea.

La histeria de la izquierda denota que parecen desconocer que la política democrática es un espacio de disputa permanente, agonal, como diría el propio Ernesto Laclau, en el plano de la opinión pública y que efectivamente consiste en un enfrentamiento entre visiones, no binario sino altamente pluralista. El detalle es que ese enfrentamiento, ese antagonismo, en una democracia se lleva a cabo mediante ideas, palabras y no con espadas o metralletas, como la izquierda parece presumir muchas veces.

Todos estos dolientes frente al gabinete de Piñera olvidan que en Chile, a diferencia de otros países que ellos consideran más democráticos, hay separación de poderes, el gobierno no puede llegar a hacer cosas a su antojo y los disensos son permitidos. Y lo olvidan porque gran parte de la izquierda, sobre todo la millennial, cree que el consenso democrático significa el silencio eterno para sus detractores y tribuna abierta solamente para sus propios demagogos. O sea, la política es luminosa sólo cuando los focos iluminan sus caras y no las de los otros que disienten o los cuestionan. Y es que efectivamente algunos se creen una especie de Dalai Lama de la política. Son más papistas que el Papa.

 

Jorge Gómez Arismendi, Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: HANS SCOTT / AGENCIAUNO