Con todo, los negativos resultados de la elección municipal para la Presidenta, su equipo y la NM son, primariamente y sin excusa, producto de la enorme brecha entre altas ilusiones y bajo desempeño y logro, brecha creada por el propio gobierno.
Publicado el 26.10.2016
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Los resultados electorales del domingo pasado confirman el fin de la ilusión que representó la Nueva Mayoría. Sin embargo, los desarreglos que condujeron a la catástrofe eran patentes desde hace un año por lo menos.

Un gobierno, el de la NM, sin conducción en su interior ni hacia su entorno inmediato, tampoco más allá hacia el conjunto de la sociedad. Cuyo programa sembró expectativas inflacionarias en la población y cosechó frustraciones al por mayor. Que ha ido dando tumbos en una navegación sin puerto de llegada ni hoja de ruta que seguir. Carente de gestión política, de solidez técnica y de competencia comunicativa. Lleno de buenas intenciones de cambio, pero sin una caja de herramientas para diseñar políticas ni menos para implementarlas eficazmente. Ambicioso ideológicamente, con pretensiones refundacionales incluso, que se anunció a sí mismo como portador de un nuevo paradigma y dispuesto a sepultar a la vieja Concertación, pero que a la postre resultó aplastado por su retórica de retroexcavadora. Es decir, un discurso que prometió cambiar los cimientos de la sociedad y poner en marcha un nuevo ciclo histórico, pero que se  diluyó en una serie de medidas inconexas.

Sin duda, la segunda administración de la Presidenta Bachelet y su coalición de base nacieron envueltas en un discurso “ultraprogresista” y con amplísimo apoyo popular. Por un rato, al comienzo del período presidencial, incluso se tornó imposible, dentro de sus filas, disentir del programa o cuestionar el equivocado diagnóstico y el ostensible menosprecio frente al desarrollo del país durante las dos décadas anteriores.

En vez de asumir una continuidad reflexiva con lo obrado por la Concertación, desde  Aylwin hasta la primera administración Bachelet, se creó el espejismo de un modelo distinto, esta vez sí auténticamente reformador, participativo, ciudadano, antimercantil, postconsensual y, ante todo, capaz de romper huevos para hacer tortillas.

En efecto, la NM —decididamente una agrupación de izquierdas, se decía, y  presidida por una figura carismática dispuesta ahora sí a materializar los ideales que durante su anterior administración las élites de la Concertación le habían impedido concretar—  por un momento se imaginó a sí misma como parte de la nueva izquierda latinoamericana. Es decir, más cerca del petismo de Lula, del peronismo kirchnerista y de los socialismos tipo  siglo 21  o de la “buena vida”, según el ideario del Presidente ecuatoriano Rafael Correa, que de la socialdemocracia algo tibia y moderada, tipo tercera vía, que —se afirmaba con cierta sorna— había caracterizado a la Concertación.

De acuerdo con esta extraviada visión, la Concertación fue nada más que una prolongación política de la dictadura militar; un arreglo fraguado en la trastienda del poder entre las élites y sus círculos expertos; un modo de proyectar el blanco y negro del  neoliberalismo con los colores del arcoíris. Incluso más: una manera de privatizar los sueños públicos de la ciudadanía con el narcótico adormecedor del consumo y los mercados.

Al contrario, la NM representaba —así se dio a entender— un verdadero cambio de marea. Proclamó el fin de la Concertación y de su modelo socioeconómico privatista y políticamente transaccional. En adelante, sobre la base de un paquete de profundas reformas de carácter estructural —tributaria, educacional, laboral, política, constitucional, para mencionar las principales—, el país reorientaría: (i) su modelo de crecimiento hacia uno más activamente conducido y regulado por el Estado; (ii) sus políticas sociales focalizadas que ahora pasarían a ser políticas de servicios universales gratuitos en el punto de acceso; (iii) su cultura individualista de mercado hacia una cultura solidaria de ciudadanos comprometidos con el bien común.

Todas esas ilusiones —hechas de deseos, ensoñaciones y retórica— comenzaron a frustrarse a poco andar y se fueron al traste tempranamente, cuando la diosa Fortuna de la que habla Maquiavelo pareció volver la espalda a la administración que con tantas ínfulas asumía el poder.

Pues debemos reconocerlo: Bachelet y la NM tuvieron la mala fortuna de que el pasado que buscaban dejar atrás se les viniera encima como un torbellino de escándalos sin fin. El vendaval  golpeó directamente a la Presidenta, a los partidos de la NM uno por uno y también a la mayoría de la clase política en el Parlamento y los partidos, igual como dañó a la élite empresarial y de la Iglesia Católica.

De modo pues, que el fin de la ilusión de un nuevo ciclo histórico no fue responsabilidad exclusiva de la NM y el gobierno, con sus falencias y errores, sino que también intervinieron factores de azar, causas externas a la economía nacional que desaceleraron el crecimiento, luchas intestinas en la NM, la negativa evaluación que los medios de comunicación transmiten de la administración, y otros elementos adversos en la sociedad civil y la cultura que se conjugaron para dificultar la gobernabilidad, tales como: desconfianza en las instituciones, crisis de autoridad, anomia en amplios sectores, erosión del sentido de autoridad, desigualdades de influencia, riqueza y saber, etc.

Con todo, los negativos resultados de la elección municipal para la Presidenta, su equipo y la NM son, primariamente y sin excusa, producto de la enorme brecha entre altas ilusiones y bajo desempeño y logro, brecha creada por el propio gobierno.

Por eso mismo resulta tan frustrante la respuesta ofrecida la noche del domingo y durante los días siguientes por la Presidenta ante la debacle electoral. Da la impresión de provenir de una completa falta de comprensión del fenómeno o de un empecinamiento digno de mejor causa, pues insistir de nuevo en lo mismo que se venía ofreciendo (ilusiones) sin rectificar equivale, lisa y llanamente, a sepultar a la NM.

En definitiva, eso es lo que está en juego desde el domingo último. No un mal resultado electoral; no el juicio histórico sobre la administración (que ya aparece en el horizonte con una mediocre clasificación); tampoco qué hacer con el tiempo que resta al gobierno, pues ya no le pertenece.

¿Qué es lo que se decidirá en las semanas y meses venideros? La posibilidad de rearmar para el ciclo electoral del próximo año una coalición de fuerzas políticas capaz de poner al país nuevamente  en un rumbo de crecimiento económico, modernización del Estado y mayor integración social. Por tanto, un rumbo declaradamente reformista, de acuerdos democráticos amplios y cambios incrementales. Sin inflación de expectativas ni un asomo de retórica refundacional. Que tome en serio los desafíos del orden tanto como los de la transformación. Que renueve sectores hoy en ebullición o sujetos a grandes incertidumbres como educación, salud, previsión y seguridad.

En suma, un rumbo que reconociendo las contradicciones del capitalismo contemporáneo está en condiciones de operar sobre ellas —técnica y políticamente— sin limitarse a meramente especular sobre su naturaleza. Esta última es frecuentemente la actitud de las nuevas izquierdas latinoamericanas, mientras en la práctica —tras la fachada retórica— administran un capitalismo de Estado populista, patrimonial o prebendario.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

Foto:SANTAIGO MORALESI/AGENCIAUNO

 

 

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