Una primera consecuencia del fetichismo de la ley es una sociedad cada vez más regulada: comidas, tareas escolares, nuevas universidades estatales, régimen tributario, etc. Todas las cosas ingresan en una dinámica de control.
Publicado el 28.09.2016
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Diversos observadores de nuestra cultura a lo largo del siglo XIX y XX han escrito sobre el legalismo de los chilenos. Este tiene dos caras. Por un lado un cierto sentido institucional, de las formas y los ritos, de la vergüenza y el miedo a hacer el ridículo; un apego a la letra de la ley pero sin correspondencia en las conductas. Por otro lado, la hipocresía envuelta en el famoso “se acata, pero no se cumple”. Un sentido oportunista, de simulación y aprovechamiento de las circunstancias; se elude la ley pero se la celebra; o bien se dicta la norma a sabiendas que será escamoteada.

Lo que vemos hoy es otra cosa: el fetichismo de la ley. La ley convertida en un falso ídolo; en una fuerza con poderes mágicos por medio de los cuales sería posible crear, estructurar, corregir y moldear la sociedad y la historia. La ley tiene, en esta visión alienada, poderes infinitos: puede hacer igual lo desigual, crear valores, determinar comportamientos, generar cohesión social, administrar la vida de los grupos y las ciudades, suprimir la maldad, volver transparentes los recovecos del poder, mejorar la felicidad de la gente.

Nuestros legisladores están bajo el embrujo de este fetichismo: imaginan que la ley soluciona los problemas. Que es posible enmendar exclusiones con la mera declaración de fines inclusivos.

La política de reformas de la actual administración se entendió desde el primer día dentro de esta concepción fetichista de la ley. Las reformas consisten por lo mismo en formular y aprobar leyes o, al menos, dejarlas presentadas al Congreso. La agenda de los 100 primeros días estaba plagada de proyectos de ley. Leyes grandes, medianas y pequeñas. Largas y cortas. Estructurales y coyunturales.

Los propios legisladores comienzan a medir su productividad por el número de leyes aprobadas en sus respectivas cámaras y, a nivel personal, por el número de proyectos presentados. No puede sorprender entonces que solo en la Cámara de Diputados, durante el actual periodo -iniciado en mayo de 2014- el Poder Ejecutivo ha presentado 85 mensajes y los propios diputados 924 mociones, en las más dispares materias y con los propósitos más variados. Esto es, un total de más de mil proyectos que dan cuenta, fiel y perturbadoramente, del fetichismo de la ley que se apoderó de nuestra clase política.

En cambio, pocas autoridades y tecnoburócratas gubernamentales piensan en términos de las capacidades necesarias para la implementación de estas múltiples leyes luego de su promulgación y hasta el instante en que comienza su aplicación en hospitales y salas cunas, en los ministerios y las prisiones, en la televisión o los estadios. Es entonces, en ese punto de engarce de la ley con la gente y las organizaciones, cuando el solemne resultado del proceso legislativo empieza a operar sus efectos, que suelen descubrirse los vacíos, errores, defectos, límites y distorsiones que tiene el puro diseño de la ley.

Ahora el fetiche da paso al pragmatismo y a los procedimientos concretos contemplados en el texto de la ley. Sale de la esfera de la palabra para entrar en el mundo de las acciones e intercambios, lleno de dispositivos de resistencia, donde hay oficinas, empleados y ventanillas, juzgados de policía local y farmacias, empresas y universidades, comunidades humanas localizadas, transporte urbano que no anda, intereses dispersos, hogares, gente concreta.

Una primera consecuencia del fetichismo de la ley es una sociedad cada vez más regulada: comidas, tareas escolares, nuevas universidades estatales, régimen tributario, etc. Todas las cosas ingresan en una dinámica de control. Este fetichismo es nada más que el reverso de la enorme desconfianza que existe en los círculos gobernantes en relación con la gente, la autonomía de las instituciones, los intercambios lucrativos, la iniciativa de las personas, los poderes locales, la diversidad, los grupos espontáneos, los emprendimientos privados en cualquier esfera de la sociedad. La lógica de este particular fetichismo legal es letal: la ley lleva a más leyes y éstas a más reglamentos y a más organismos de supervisión, vigilancia y sanción. Todo lo contrario de lo que necesitamos.

Otra consecuencia del mismo fenómeno es la idea de que la historia puede reescribirse con leyes desde Valparaíso, donde hoy opera el Congreso Nacional. No se presta la debida atención al peso de las instituciones, a su desarrollo previo, dependiente de la trayectoria, ni tampoco a los patrones de comportamiento de la gente ni a las culturas organizacionales. La idea del fetichismo es que la ley no solo transforma la realidad, sino que la crea.

¡Qué paradojal! Pudiera ser que el legalismo tradicional de los chilenos sea justamente una sana reacción defensiva frente a los administradores del fetichismo de la ley.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO

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