Yo ya sé hacia dónde conducen estos debates: primero ocuparán las primeras planas y titulares en casi todos los medios, y luego se apagarán casi por completo. Resurgirán con una próxima cruel y traumática masacre. Será el nuevo deja vu.
Publicado el 14.06.2016
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Nuevamente comienza en Estados Unidos un ritual que he oído tantas veces: la discusión entre quienes defienden el derecho constitucional de las personas a comprar armas, y los que exigen la prohibición de la venta de armas. Y entre ambas posiciones existe una serie de matices que sólo complican el debate. Este fin de semana, estando en Estados Unidos, me encontré otra vez con el debate que me persigue aquí desde hace 16 años. Durante los casi ocho años de mandato, el Presidente Barack Obama se ha dirigido en 15 oportunidades al país debido a matanzas perpetradas por alguien que, equipado con armas por lo general automáticas, dispara hasta que, ebrio de matar, se propina un pistoletazo en la cabeza, o hasta que un francotirador policial lo mata.

En Estados Unidos, entre gente que está sobria, no abundan discusiones a voz en cuello en oficinas o lugares públicos. Hay otros países donde esto suele ocurrir con frecuencia, pero rara vez llega allí la sangre al río. El estadounidense, en especial el del Medio Oeste, nada censura tanto como la pérdida del civismo, las discusiones a gritos o las peleas callejeras. Por ello, y en vista del prontuario nacional de masacres, uno en Estados Unidos teme que una discusión fuera de control pueda desembocar en balazos y muertos. No ocurre siempre, desde luego, pero uno no descarta esa perspectiva por la facilidad con que cualquier vecino puede comprar un arma letal. El asesino de Orlando no tuvo problemas para conseguir una pistola Glock y un arma automática, aunque sí para comprar el blindaje empleado por tropas estadounidenses.

No es que uno viva en Estados Unidos obsesionado con la idea de que pueda morir en una masacre, pero no descarta la posibilidad de que un estruendo o una estampida en un mall o una calle puedan significar el inicio de lo peor. Quienes han sobrevivido a masacres -y en la apacible ciudad donde vivo ocurrió una en los 1980- señalan que lo peor es el súbito paso de la tranquilidad a los disparos, la explosiva huida desbocada y los gritos de terror de las personas y la tétrica continuación de estampidos que indican que alguien más ha sido alcanzado. Muchos asocian a Estados Unidos con este tipo de matanzas, y se preguntan por qué no se prohíbe la venta de armas a civiles.

Quizás lo que causa más inseguridad radica en el variado perfil de quienes cometen estos crímenes: personas corrientes que cumplían disciplinadamente con su trabajo, estudiantes esforzados y competitivos, jóvenes marginados y vilipendiados, solitarios enajenados, vengadores de última hora, alguien que acababa de perder su empleo, o personas con desequilibrios mentales. A juzgar por su aspecto, muchos podrían ser personajes de cuentos de Sherwood Anderson o Raymond Carver , aunque muchos de ellos, en el secreto de sus viviendas, mantenían armas o eran aficionados a juegos computacionales de violencia.

El caso del asesino de Orlando, que dirigió todo su odio contra personas de la comunidad LGTB y se declaró poco antes de morir admirador de ISIS, plantea otro delicado tema adicional: la situación de los musulmanes en Estados Unidos. ¿Debería Estados Unidos restringir la inmigración musulmana y someter a chequeos adicionales de seguridad a ciudadanos estadounidenses de esa religión? Aunque esta última medida sería inconstitucional, es probable que este fin de semana haya aumentado el número de quienes la exigen. Pero la interrogante más inquietante es ¿cómo pueden averiguar las autoridades, sin vulnerar derechos constitucionales, si un ciudadano de confesión musulmana decide realizar un ataque terrorista, inspirado en las banderas de ISIS? Y algo también delicado para el tejido democrático: ¿Cómo se recomponen las confianzas y se normalizan las relaciones entre el estado y la comunidad main stream con estadounidenses musulmanes y se pone candado a la discriminación basada en consideraciones religiosas?

En estos días en Estados Unidos todo ha vuelto a repetirse en materia de debate sobre la libertad para comprar armas. Lo que ha cambiado es el número de víctimas de la masacre con armas automáticas (el más alto de la historia), el perfil de las víctimas (fundamentalmente latinos de la comunidad LGTB) y el sitio (Orlando, sede de Disney World, símbolo mundial de la diversión infantil). Por lo demás, esto es una suerte de deja vu para quien ha vivido muchos años en Estados Unidos. Y uno intuye que esta tragedia terrorista y homofóbica no producirá cambios en el grueso de la legislación para la compra de armas. Las visiones constitucionales y los intereses materiales involucrados son allí demasiado poderosos.

Han vuelto a aparecer en los medios los que suelen exigir la prohibición total de la venta de armas a la población, los que demandan prohibir la venta a personas con historia de desequilibrio mental y los que piden prohibir al menos la venta de armas de asalto. Pero también han vuelto a aparecer en las pantallas quienes sostienen que los terroristas o los homofóbicos, o cualquier desequilibrado podrían ser neutralizados si la gente anduviese armada. Si se le prohíben las armas a la población respetuosa de las leyes, advierten, los asesinos conseguirán de alguna forma los instrumentos para perpetrar sus crímenes.

Yo ya sé hacia dónde conducen estos debates: primero ocuparán las primeras planas y titulares en casi todos los medios, y luego se apagarán casi por completo. Resurgirán con una próxima cruel y traumática masacre. Será el nuevo deja vu.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

 

 

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