¿Es la pérdida de credibilidad y confianza en la conducción del gobierno resultado del asunto Caval y de su explotación por los medios de comunicación y la oposición, entonces? No me parece a mí que así sea.
Publicado el 10.02.2016
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En dos oportunidades la Presidenta Bachelet ha hablado –de manera formal, casi solemne– sobre el asunto Caval. La primera vez, en febrero de 2015, señaló: “Durante estos últimos días han ocurrido una serie de acontecimientos que han generado preocupación y para mí como madre y Presidenta han sido momentos difíciles y dolorosos…”. La segunda vez, a fines de enero pasado con ocasión de la formalización del su nuera, la Presidenta reiteró la misma idea: “Desde el corazón quiero decir que han sido tiempos difíciles para mí y para mi familia, muy dolorosos y que sin duda eso me ha afectado profundamente. Es un sentimiento humano normal. Pero eso no me ha nublado ni por un minuto de lo que son mis responsabilidades como Presidenta de la República y como Jefa de Estado”.

Sin embargo, la opinión pública encuestada mantiene un fuerte sentimiento de incredulidad. De acuerdo a la encuesta Cadem No. 108, un 65% de quienes vieron o conocieron la más reciente declaración de la Presidenta Bachelet, cree que habló más como madre afectada por la situación de su familia que en su rol de Presidenta (solo un 17% estima lo último). En esa misma población, únicamente un 23% evalúa positivamente la declaración de la autoridad, mientras un 43% la considera de manera negativa y un 33% de manera regular. De igual modo, un 66% piensa que la Presidenta no logró generar confianza y un 52% que no fue suficientemente honesta en sus declaraciones. En la población encuestada en general, un 71% no cree que la Presidenta haya ignorado los negocios de su hijo y su nuera, misma cifra de quienes afirmaron no creerle en febrero de 2015.

Según diversos analistas y dirigentes políticos, la crisis de conducción que afecta al gobierno se debería precisamente a la pérdida de confianza en la Presidenta, causada por el grave daño infligido a su imagen por el caso Caval. A su turno, dicho daño se habría generado –y reproducido en el tiempo– por el ‘hecho’ de que la Presidenta actuaría, frente al mencionado caso, más como madre que como Jefa de Estado, más a partir de su cuerpo natural que desde su cuerpo político, artificial, representativo. Esto, y no la mala gestión política, o las tensiones en el seno de la Nueva Mayoría (NM), o la falta de agenda y carta de navegación, o la poca efectividad en el manejo de los llamados ‘problemas de la gente’, o la sensación de estancamiento del país, habría originado aquella crisis.

Es una tesis interesante, pienso yo, aunque equivocada.

Antiguamente, a lo largo de la Edad Media, la idea de los dos cuerpos, o del cuerpo dual de los monarcas, fundó una teología política (cristiana) cuyo estudio clásico realizó el historiador y humanista alemán Ernst Kantorowicz (1895 – 1963) en su libro Los Dos Cuerpos del Rey. Su idea central es que en la concepción cristiano-medieval, el monarca posee dos cuerpos simultáneamente; es un ser humano, una persona física, al mismo tiempo que encarna una idea abstracta, es el representante de una nación, una persona legal.

Esta corporación singular (cuerpo dual) presagiaría la constitución del Estado moderno, donde sin embargo solo está representado el cuerpo político racionalizado legalmente. Y éste es sostenido por una burocracia en forma, en tanto que quienes dirigen políticamente al Estado son mandatarios elegidos por el pueblo, personas físicas responsables ante los electores.

La argumentación en torno al cuerpo dual del monarca queda recogida magníficamente en el siguiente pasaje del jurista inglés Edmund Plowden (siglo XVI), citado por Kantorowicz a propósito de la controversia generada cuando el rey Eduardo IV cede en minoría de edad una parte de los territorios del Ducado de Lancaster. Los juristas se reúnen para debatir la validez de dicha cesión y llegan a la conclusión de que:

“[…] ningún acto que el Rey realiza en su condición de Rey podrá ser anulado por razón de su minoría de edad. Pues el rey tiene en sí dos cuerpos, v. gr., un cuerpo natural, y un cuerpo político. Su cuerpo natural (considerado en sí mismo) es su cuerpo mortal y está sujeto a todas las Dolencias que provienen de la naturaleza y del azar, a las Debilidades propias de la Infancia o la Vejez, y a todas aquellas flaquezas de las que están compuestos los Cuerpos naturales de los otros hombres. Pero su Cuerpo político es un cuerpo visible e intangible, formado por la Política y el Gobierno, y constituido para dirigir al Pueblo y para la administración del bien común, y en este cuerpo no cabe ni la Infancia ni la Vejez, ni ningún otro defecto ni flaqueza a los que el Cuerpo natural está sujeto, y por esta Razón, lo que el Rey hace con su Cuerpo político, no puede ser invalidado ni frustrado por ninguna de las incapacidades de su Cuerpo natural”.

El símil con la iglesia como cuerpo de Cristo es innegable. Como se lee en 1 Corintios 12: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo”.

En cambio, el concepto moderno de un jefe de Estado es sencillamente postreligioso, aunque se recubra a veces de simbología sagrada. Separa la unidad de los dos cuerpos, el natural y el político-representativo, secularizando la posición del mandatario o mandataria. Él o ella quedan reducidos como cuerpo personal a un estatus legal, una función constitucional, un sujeto de obligaciones y facultades limitadas por su posición. El cuerpo natural de la autoridad sufre en tales condiciones todas las fallas de su mortalidad y dolencias y las debilidades propias de la infancia y la vejez. Queda expuesto al público y a los medios de comunicación, al escrutinio de las redes sociales y del cuerpo político que, por su lado, se ha vuelto autónomo también y convertido en soberano, elector y juez, aunque suela expresarse también en las calles como masa movilizada o en las ondas de la intersubjetividad colectiva como opinión pública.

Lo que al jefe(a) de Estado ocurre en su esfera familiar, como padre o madre, como hija o hijo, entre hermanos o en su red de parentescos, permanece como parte de sus “Dolencias que provienen de la naturaleza y del azar”. Ya no hay manera de subsumirlas en el cuerpo político. Éste se ha separado (desgarrado) definitivamente y, al menos en una democracia pluralista, no puede reintegrarse, como antiguamente, al cuerpo del monarca para formar una unidad mística, simbólica, del poder.

Los dramas de la modernidad política tienen que ver frecuentemente con esos desgarros y separaciones, con la multiplicidad de esferas –cada una con su lógica y valores– donde los humanos se hallan comprometidos y de donde surgen conflictos entre valores y valoraciones, como madre y jefa de Estado, fraternidad y cálculo estratégico, piedad e implacabilidad, parentesco y mérito, verdad y razón de Estado, privacidad y obligación de transparencia. También aquí cabe pues aplicar aquella famosa frase de Max Weber: “El que busca la salvación de su alma y de la de los demás, no debe buscarla a través de la política”.

¿Es la pérdida de credibilidad y confianza en la conducción del gobierno resultado del asunto Caval y de su explotación por los medios de comunicación y la oposición, entonces?

No me parece a mí que así sea.

Una vez separados los cuerpos del moderno mandatario o mandataria en un rol constitucional representativo y un cuerpo político aparte, esto es, el soberano, desde ese momento la opinión pública encuestada –con sus medios, redes, audiencias masivas y públicos selectivos– juzga la figura del mandatario (el antiguo cuerpo natural) más por los resultados de su acción de gobierno que por las debilidades de sus sentimientos o la fuerza de sus emociones. Juzga al jefe(a) de Estado, no a la madre o sus parientes. Le interesa el desempeño del gobierno en la conducción del Estado –los servicios, oportunidades y satisfacciones que aquel produce– más que las declaraciones, confesiones o intenciones de quienes son sus mandatarios.

El Estado en forma despersonaliza funcionaliza los cargos públicos y no admite reducirlo a la persona que lo ocupa transitoriamente. En Chile, sobre todo, se habla todavía con el debido respeto de la Presidencia (con mayúscula), cualquiera sea la opinión que se tenga sobre ‘el cuerpo natural’ que la ocupa pasajeramente. Por su lado, el cuerpo político, entendido como la gente y como opinión pública encuestada, se ha vuelto pragmático y utilitario luego de su separación de la corporación singular y mística. Aspira a una conducción eficaz por parte de su  gobierno (para eso lo elige), pues hace rato dejó de creer que un gobernante, por el hecho de serlo, se convierte en un cuerpo en el cual “no cabe ni la Infancia ni la Vejez, ni ningún otro defecto ni flaqueza a los que el Cuerpo natural está sujeto”.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO

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