En las décadas de post guerra se fue implementando poco a poco como algo “natural” un Estado curador de heridas, un Estado cicatrizador de las mismas y finalmente un Estado benefactor.
Publicado el 07.02.2015
Comparte:

La porción contemporánea de este modelo de Estado (siglo XX), partió con la enorme inyección de recursos de USA después de la II Guerra, recursos que provenían de una capitalización interna de los Estados Unidos que llevaban haciéndolo casi dos siglos y además, y desde luego, de las compensaciones de guerra que extrajeron de su victoria.

Los Demócratas a cargo, Roosevelt y su sucesor Truman, liberales (léase izquierdistas

estadounidenses) grandes convencidos del rol preponderante del Estado en las economías, se prodigaron en “reconstruir” Europa después del esfuerzo por deshacerse de los fascismos de Hitler y Mussolini… claro, no había otra alternativa. En todo esto, el Vaticano los apoyó tremendamente. De esta coincidencia de visión, nació la Democracia Cristiana europea, muchos arguyen que de coincidencia… ¡nada!

De hecho, esta fue la condición que, entre los Demócratas y el Vaticano, le impusieron a todo el proceso. El republicano Eisenhower que fue elegido como resultado del triunfalismo que devino después del día D. O no vio o no entendió… ¡o nada pudo hacer! Inmediatamente después de él vino la etapa dorada de los Kennedy, seguido de Johnson, que no hizo más que perpetuar lo que sus antecesores demócratas habían iniciado, incluido el rol de policía del mundo con su arremetida en Vietnam.

¿Y que habían iniciado para Europa los demócratas americanos junto con el Vaticano después de la guerra?

Muy sencillo, acostumbraron a los europeos a por lo menos tres cosas:

Primero, a reconstruir con recursos financieros de otros el Plan Marshall, reconstrucción y Eximbank, seguido por el Plan Marshal 2 (Bretton Woods, creación del Banco Mundial y del FMI) y más adelante, o casi en paralelo, el llamado Plan Marshal 3, consistente en un empuje deliberado para la creación de la Comunidad Europea y actual Unión Europea, idea casi inexistente en Europa antes de la Guerra.

Segundo, a recibir inyecciones de recursos (cual drogadicción) a través de la colonización de empresas americanas transnacionales que con disfraces europeos hicieron posible el “resurgimiento” de Europa a través de un modelo de consumo exacerbado; la totalidad de la industria automovilística, la naciente industria electrónica, la totalidad de la banca y los seguros, la mayor parte del industria farmacéutica, las comunicaciones, los combustibles y hasta la industria del entretenimiento y el cine.

Tercero, a dejarse convencer de la mentalidad tan en boga a partir de las ideas de Keynes, que escudándose en “los deberes superiores de la nación” insistía que el Estado  debía hacer carreteras, puentes, escuelas, hospitales y todo tipo de infraestructura para impulsar la economía, y lo que venía a continuación: había que proteger a todos con previsión social, indemnizaciones por despidos, jubilaciones anticipadas, perseguidoras, vacaciones pagadas etcétera.

En resumen, les inyectaron la “cultura” que sostenía que todos tenían derecho no sólo a sobrevivir, sino a progresar eternamente subsidiados. Por supuesto que a la doliente Europa y a sus generaciones del 40, 50, 60 y 70, estos tres acostumbramientos les acomodaron estupendamente.

Que conste que los triunfadores hicieron lo mismo con Japón acomplejados con la culpabilidad de Hiroshima y Nagasaki. Claro, el Japón -más industrioso y de culturas más austeras que los arrogantes europeos- caminó muchísimo más rápido, y en las dos décadas siguientes las Nikon y Canon aplastaron a las Zeiss Contaflex y Leica. Honda, Nissan y Toyota liquidaron a Fiat y Renault; Panasonic y Sony se comieron a Blaupunkt y Telefunken. El resto de la receta es conocida, vamos protegiendo la industria: en Europa sólo productos europeos, métale barreras, métale aranceles y para-aranceles y mil y una “defensa”. Hasta que descubrieron, ya modernamente (llámese los 80 y 90), que dichas barreras debían eliminarse entre ellos.

Y entonces, en esas décadas de la post guerra en que se fue implementando poco a poco como algo “natural” un Estado curador de heridas, un Estado cicatrizador de las mismas y finalmente un Estado benefactor (obvio, si el sufrimiento había sido atroz) se hizo crecientemente dominante otro factor: el avance de la influencia del Partido Comunista Soviético.

Éste había conseguido entrada libre a occidente (particularmente Italia y Francia) en pago a la sangre derramada por las tropas rojas. A su vez, el avance marxista serviría de excusa a EE.UU. para primero crear y después colaborar estrechamente con la  Democracia Cristiana, sobretodo italiana. La ingenuidad de este movimiento también sostenía que el Estado era la única salida, ¡el único que podía sacar a Europa adelante!

El envoltorio era otro, desde luego, Maritain y compañía le llamaron Humanismo Cristiano.

El entonces nuevo Estado europeo -sobretodo el italiano, por la influencia y coincidencia de los demócratas americanos, especialmente Kennedy, el primer Presidente católico de USA- arropaba y fortificaba al Estado para que subsidiara todo, la reconstrucción, la necesidad de vivienda, la educación, la salud, la defensa a través de la OTAN. Todo esto afirmándose en el raciocinio ideológico que produjo la llamada Guerra Fría, proceso que ya Eisenhower sabía que se le venía encima cuando tuvo que acompañar (sin sentarse) a Roosvelt con Stalin y Churchill a firmar conjuntamente el tratado de Yalta, poniendo fin a la II Guerra.

Los primeros atisbos fueron los procesos de unión en torno al carbón y el acero. Sin embargo esa saga, ya pasando de los 70 a los 80, la UE no encuentra otra posibilidad que intentar unirse para competir globalmente, porque comprobaba que cada uno de los países en forma individual no lograban llegar lejos, y comienza un proceso político interesantísimo pero desde luego nada moderno.

Era hijo legítimo de los esfuerzos unificadores internos de las naciones europeas del 18 y 19, principalmente Alemania e Italia (¡Oh coincidencia!, ambas cunas de la DC).

Y en este esfuerzo de unión en el que ya llevan por lo menos cinco décadas, no han podido sino seguir su ya adentrado ADN en formato contemporáneo, que es meter al Estado en todo, muchas veces disfrazando su desprecio por la propiedad privada con híbridos como las cooperativas, absolutamente contrario al espíritu original americano que consiste en privilegiar la iniciativa individual y la propiedad privada.

Disfraz o no, difícilmente la industria europea de envergadura podría haber prosperado (o tan sólo seguir adelante) sin el apoyo incondicional de sus respectivos estados.

Curiosamente Italia, y probablemente por lo tardío en lograr su propia unidad nacional recién con Garibaldi y Vittorio Emanuele al fines del siglo XIX, ha venido desarrollando un extraordinario proceso de pequeña y mediana industria, altamente exitosa y seguramente garante de su futuro. Pero probablemente debiendo su existencia fundamentalmente al Estado Benefactor que distorsiona patéticamente la realidad de esa mano de obra que es regalada con protección de la cuna al cementerio.

Claro, a la altura del cambio de milenio ya tenían clarito que, finalmente, bien después del retiro de los subsidios americanos (hasta en Defensa), deben intentar sostener estas “beneficencias” otorgadas por sus clases políticas a costa de los contribuyentes.

La primera curiosidad ante este fenómeno que se ha repetido hasta (literalmente) la quiebra, es que los ciudadanos todavía no logran aquilatarlo a conciencia, eso que los índices de educación europea son de los mejores del planeta. Tanto es así, que muchos sectores europeos sostienen que prefieren la pena de la quiebra que remodelar sus comodidades benefactoras.

La segunda curiosidad tiene que ver con que los gobiernos no hayan entendido la más que obvia reacción de sus industriales. Adivinen qué hacen estos contingentes que sustentan las economías cuando los recargan con “gasto social”. Desde luego, trasladan casi todas sus instalaciones industriales a regiones del mundo en que el Estado “deja hacer”, sin meterles la mano al bolsillo todavía a sus industriales ni a sus ciudadanos (los cínicos sostienen que nada sacan con trajinar esos bolsillos porque nada encontrarían). La salida de capitales europeos en los últimos 25 años es impresionante.

De más está advertir que en las naciones del Asia, que han venido sustituyendo el otrora poderío industrial europeo (y recientemente el americano), no se encuentra por parte alguna ni siquiera esbozos de las redes de protección social de las cuales los europeos tan ingenuamente se ufanan.

La etapa actual del “arreglo” de la Unión Europea sigue sus mismos caminos históricos que consisten en continuar deseando vidas protegidas irrespecto de quién provea para ello. A esto se le ha agregado ahora que, en esta etapa, los desaciertos vienen siendo aportados ya no sólo por el convencimiento casi ciego de que lo benefactor es lo que les corresponde “por decisión divina” (lo que es evidentemente un gran desacierto); ahora saben que además, y principalmente, estos desaciertos han sido aportados por una administración ineficiente y probablemente bastante más corrupta que lo que se ha explicado.

La confesa táctica de penetración cerebro-cultural que impuso el mundo marxista en sus vertientes comunistas y socialistas, aquella de concentrarse en la formación de profesores, de periodistas universitarios (y por esa vía, de las comunicaciones) y la creación y control del sindicalismo; fue seguida al dedillo en la Europa de la post guerra.

Nuevamente, llama la atención la incomprensión de estos fenómenos por las masas ciudadanas en Europa (ya bastante democrática, sobre todo electoralmente hablando).

Por otra parte, la UE actual, al tratar de discernir qué nación del conjunto se queda con qué industrias y al tratar de equilibrar los niveles de vida dispares de los diferentes actores, ha intentado repartir más “equitativamente” lo que le toca a cada uno de sus socios. De ahí han salido aeropuertos fantasma, viñedos arrancados, carreteras que no van a parte alguna, etcétera.

De ahí ha salido la burocracia grotesca de estados como el griego, el español, el portugués, el italiano y el francés; con la consiguiente miopía y resistencia al cambio de las grandes masas mal acostumbradas que prefieren quedarse con la explicación fácil de que sus penas se deben a los ricos.

Últimamente se han profundizado estudios que analizan la pionera y marcada vocación europea por los organismos internacionales en relación con la perpetuación del Estado Benefactor. En ellos se apunta que a partir del incremento de las universidades privadas en el continente, con filosofías y curriculums modernos, decayó el número de las “guaridas académicas”, reductos tradicionales para los personeros de los gobiernos de izquierda cuyo turno al frente de gobiernos se veía interrumpido por fracasos electorales transitorios. Estos grupos de izquierda elitista colonizaron y expandieron los organismos internacionales como refugios adicionales donde invernar hasta el regreso al poder.

La gran mayoría de los análisis y recomendaciones de estos organismos tienen clarísimas huellas de la impronta política de sus elites dominantes.

En estudios se señala que si bien la ONU, “la institución que gobernaría al mundo”, fue relanzada por los demócratas en San Francisco al final de la guerra en el frente del Pacífico, EE.UU. se habría reservado el privilegio de dejarla definitivamente en Nueva York, pero tan sólo como premio de consuelo, puesto que la gran  mayoría de las instituciones de esa naturaleza quedaron y se expandieron bajo la cobija protectora de Europa.

Los mismos estudios anotan que las instituciones que hoy llamamos ONG tienen la misma génesis. Las tesis sobre la educación pública y sin fines de lucro coincide perfectamente con que este sector político no concibe ganarse la vida en el emprendimiento del comercio o la industria, sino como asalariados, ojalá de un Estado que sus propias corrientes controlen. Su coherencia respecto de la importancia del concepto de la productividad en el trabajo es prácticamente inexistente.

Faltaría subrayar algunos aspectos relativos a la diferencia de las situaciones actuales entre los países de la cuenca mediterránea y los del norte.

La explicación de que ellos “hicieron reformas a tiempo” parece insuficiente.

Habría que recomponer la explicación agregando los factores religioso-culturales que marcaron sus historias. El protestantismo en general, y el calvinismo en particular, no fue un asunto baladí. La austeridad y la creencia en alcanzar el paraíso a través del trabajo y la propiedad privada no fue un aspecto menor. Entre otros, de esa vieja Europa del norte salió el viaje de los Pilgrims y la quinta esencia del modo de vida que terminó de inventar el actual Estados Unidos.

La generación de los baby boomers, nosotros, no  hemos alcanzado a darnos cuenta y no cuestionamos mayormente todo esto. Nos ha venido pareciendo un devenir natural y lógico.

Bueno, parece que la generación que nos sigue está descubriendo que el asunto bien puede ser de otro modo, no están dudando ¡y les importan un comino nuestras nostalgias!

 

Julio Alonso Rabat, Master en relaciones internacionales, Johns Hopkins University.