Nunca lograremos eliminar del todo la colusión, como tampoco podremos hacer de los seres humanos ángeles incorruptibles, pero sí podemos esforzarnos para lograr que la libertad vaya acompañada de la responsabilidad.
Publicado el 16.01.2016
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En las últimas semanas hemos conocido sentencias y nuevas investigaciones que han afectado al mercado por casos de colusión entre empresas. Al caso de las farmacias destapado en 2008 se sumó el de los pollos en 2011 y a la colusión en la industria naviera, revelada en 2012, siguió el caso del papel tissue y ahora una acusación de la FNE sacude a los supermercados. Frente a esto, no han faltado los actores del mundo político que han aprovechado de sacar dividendos, señalando que estos casos son pruebas contundentes para poner en duda la validez del sistema de libre mercado.

Fenómenos como éstos no pueden poner en duda un mecanismo que, desde sus orígenes, reconoce la existencia de este tipo de acciones. Adam Smith, padre de la economía clásica, ya en “La Riqueza de las Naciones” advertía que “las gentes que comercian en el mismo ramo rara vez se reúnen siquiera sea para entretenerse o divertirse, y la conversación suele acabar en una conspiración contra el público o en alguna clase de argucias que buscan subir los precios”.

La colusión, entonces, no es algo nuevo. Estudios como el de Connor (2007) presentan evidencia de más de 279 carteles en diversos mercados entre 1888 y 2005. Por otro lado, un estudio de George Symeonidis encontró que, en la década de 1950, en Reino Unido un 36% de las industrias tenían acuerdos colusivos. Esto no significa que debamos aceptar ni tolerar la colusión, pero nos permite ver con un poco más de claridad que es un fenómeno que se repite más de lo que pensamos.

Es que el problema de fondo no es el mercado en sí mismo, sino cómo opera el humano. El hacer trampa pareciera ser algo propio de nuestra especie. Cuando se descubrió que Lance Armstrong ideó un sofisticado mecanismo para doparse sin ser detectado y ganar el desafiante Tour de France en cinco oportunidades, fue la reputación de Armstrong la perjudicada, no el ciclismo. De la misma manera, cada vez que se descubre a alguna empresa obrando de manera ilegítima, no podemos culpar al mercado, sino al actuar de sus participantes.

El desafío entonces, más que intentar deslegitimar al libre mercado como una herramienta de intercambio, es fortalecer el trabajo de instituciones como la Fiscalía Nacional Económica, al tiempo que se aumentan las multas y se restablece la pena de cárcel para quienes resulten culpables. Cuando lo que está en juego es la confianza, pilar central de una sociedad moderna, los desincentivos deben estar a la altura de las circunstancias.

Es por eso que un gobierno que se ha esmerado en promulgar reformas mediocres, preparadas a la rápida y sin mayor reflexión, podría dar más énfasis a proyectos de ley como el que lleva desde marzo de 2015 esperando su tramitación en el Congreso y que apunta justamente en este sentido. Nunca lograremos eliminar del todo la colusión, como tampoco podremos hacer de los seres humanos ángeles incorruptibles, pero sí podemos esforzarnos para lograr que la libertad vaya acompañada de la responsabilidad.

 

Eduardo Gomien, investigador Fundación para el Progreso (FPP).

 

FOTO: MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO