Piñera deberá actuar como el administrador de una coalición cuya diversidad también representa un desafío, especialmente con la convivencia entre un ala liberal y una conservadora y socialcristiana. El reto consiste en reconocer que esta última, a diferencia de la liberal, es la única capaz de encantar a un público cautivo ubicado en el centro político.
Publicado el 12.03.2018
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La jornada de ayer sin lugar a dudas nos dejará muchas cosas por analizar. El chascarro de Miguel “Negro” Piñera y la perplejidad de Carlos Montes a la hora de entregar la banda presidencial a Sebastián Piñera son sólo algunos de los elementos que pondrán más pelos en la sopa.

Desde lo político, sin embargo, lo verdaderamente relevante son los dos protagonistas de la historia: el entusiasta y la que se marcha. El primero, como buen recién llegado que ya conoce la casa, no demorará en instalarse con la confianza de un “local”. No sólo sabe dónde quedan las cosas y cuál es su oficina y la de los demás, sino que se permitirá reordenar el naipe a su gusto y definir qué rumbo tomará su ya conocida morada.

En primer lugar –y como ya bien lo conocemos–, destinará mucha energía a reactivar la aletargada economía que nos legó la que se marcha. Es su tema. Le gusta y le acomoda. Por eso no se cansa en repetir que a los gobiernos se les juzgará por sus resultados –los números– y decidió, en consecuencia, que no había que complicarse mucho: ¿Por qué no instalar a un viejo conocido al mando de Hacienda?

Por otra parte, luego de ser electo, notificó al país que su agenda social será el centro de su gobierno. De ahí que el nombramiento de Alfredo Moreno como ministro de Desarrollo Social –quien será probablemente uno de sus mayores contrapesos internos–, debiese ser algo más que una señal política sin contenido, dándole espacio y protagonismo para su posicionamiento. Una tarea, como sabemos, difícil de manejar, pero que pareciera imponérsele más como necesidad –si es que quiere efectivamente tener un legado propio– que como opción. Para esto, algunas áreas atractivas son, por cierto, infancia, inmigración y la idea de las seguridades, un concepto que nos recuerda la fragilidad que el desarrollo económico ha traído a quienes han alcanzado un mejor nivel de vida: “A pesar de que tengo más, la sensación de que puedo perderlo todo es mayor”. Esta idea de las seguridades, como manifestación de la solidaridad, podrá ser probablemente la llave que permita quedarse por mucho tiempo más a la coalición en el poder.

En tercer lugar, Sebastián Piñera deberá convivir con los que estaban y los que llegaron con él: un nuevo Congreso Nacional, más diverso y fragmentado, que permitió la entrada a quienes se expresaban políticamente fuera de las vías institucionales, pondrá a prueba su capacidad de darle gobernabilidad al sistema. La necesidad de llegar a acuerdos será, más que nunca, un desafío que Gonzalo Blumel deberá sortear y demostrar, a pesar de su escasa experiencia política.

Finalmente, Piñera deberá actuar como el administrador de una coalición cuya diversidad también representa un desafío, especialmente con la convivencia entre un ala liberal y una conservadora y socialcristiana. El reto consiste en reconocer que esta última, a diferencia de la liberal, es la única capaz de encantar a un público cautivo ubicado en el centro político. Para ello, empatizar con la fragilidad personal –de ahí la importancia de las seguridades mencionadas– y no con la agenda progresista a la que se ha reducido lo liberal, es una virtud que el ala socialcristiana puede aprovechar muy bien y que permitirá acoger a un centro huérfano. Si Piñera, como administrador, no hace convivir a estas expresiones y no les asigna un rol específico a cumplir, probablemente la casa será un lugar complejo para vivir.

Respecto de la que se marcha, sólo un adiós y una canción para el auto. Un velero llamado libertad, de José Luis Perales, que dice “ayer se fue, tomó sus cosas y se puso a navegar (…) y se marchó y a su barco le llamó libertad”. Una canción que probablemente sonaba en su cabeza mientras se retiraba del Congreso. Su cara de libertad reflejaba uno de sus pensamientos más importantes: “Al fin se terminó”.

 

Pablo Valderrama, director ejecutivo de IdeaPaís

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO