La derecha haría bien en imitar a Andrés Velasco y en decirles a los chilenos que el proceso constituyente es una distracción innecesaria, porque la Constitución actual es legítima y válida.
Publicado el 23.05.2016
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Es el colmo de las paradojas -aunque ya nada sorprende- que hayan tenido que ser Andrés Velasco y su movimiento Ciudadanos los que recuerden al país con claridad meridiana lo que nuestra confundida derecha debió haberle dicho hace tiempo: que Chile no necesita una nueva Constitución, porque la que tiene es legítima y ha sido validada por más de dos décadas de ejercicio democrático y reformas ampliamente consensuadas.

Cada vez queda más claro que a la ciudadanía le parece ajeno el mecanismo que echó a andar el gobierno. La decisión de rebajar de 15 a 10 personas el quórum para convocar a un encuentro deja pocas dudas sobre la escasa tracción popular que despierta esta iniciativa. El desinterés ciudadano se explica por la ausencia de algún sentido de necesidad y por la desconfianza frente a un proceso cuyo final ya ha sido escrito.

En lugar de subrayar lo obvio, como hizo Andrés Velasco, la derecha se muestra dividida en cuanto a qué postura adoptar ante los encuentros locales. Están los que promueven participar en esta etapa, porque no hacerlo sería –como sostiene el senador Manuel José Ossandón– una falta de “realismo político” y un “profundo error”. Y también está la postura de la mayoría de Chile Vamos, que rechazó tomar parte en la presente etapa del proceso y presentó 80 propuestas, algunas tan amplias que para implementarlas habría que redactar un nuevo texto constitucional. Así, con matices y énfasis distintos, la oposición parece estar inflamada con el celo refundacional que abunda por estos días en nuestra elite acobardada.

Aunque existen en ella quienes actúan inspirados por la convicción de que una nueva Constitución es necesaria, la impresión que queda es que la mayoría de la oposición simplemente está siguiendo con pasividad el discurso de los grupos que reclaman por un nuevo marco constitucional. A lo más, sus reclamos van dirigidos contra el mecanismo, pero en el fondo se han dejado convencer de que la ciudadanía reclama una Carta Fundamental distinta. Son como un barco a la deriva arrastrado por la corriente dominante: aunque no están seguros de que aquella sea necesaria, no se atreven a resistir ni a plantear con nitidez una postura divergente.

En el debate constitucional, una derecha arrinconada parece actuar impulsada por aquel sentimiento primitivo que tan a menudo guía sus acciones: el miedo. El temor a la calle, a los vociferantes, al supuesto signo de los tiempos, a perder una elección más, a dejar privilegios, a defender sus convicciones aparentemente impopulares. El miedo es un movilizador poderoso, pero también un mal consejero político. De partida, nubla la visión. Eso explicaría por qué la derecha no ve ni aprovecha lo que está pasando frente a sus narices: el gobierno se creyó su propia propaganda y pensó que la participación en los encuentros locales sería masiva, lo que haría incontrarrestable su voluntad de cambiarlo todo y refundar el país. Pero ahora queda claro que la supuesta corriente dominante no era más que una ilusión ideologizada y qu-e el proceso constituyente no entusiasma a los chilenos. Hoy, más que nunca, están dadas las condiciones para repudiarlo de una vez.

Mejor que el miedo es reafirmar las convicciones propias y dejarse guiar por ellas con astucia y realismo. Algo de eso se advierte en la decisión de no participar en esta etapa del proceso constituyente. Pero es necesario ir más allá: defender las líneas gruesas de un modelo que ha traído prosperidad; romper de una vez con los que han abusado de sus privilegios y posiciones de poder político o económico; proponer los cambios necesarios para hacer más solidario al sistema en ámbitos como la salud o la educación y otros donde la evidencia de postergación resulta indesmentible; volver a poner el foco en la superación de la pobreza; crear mecanismos para atender los reclamos de los sectores emergentes; proponer cambios legales y de personal que vuelvan a poner la virtud cívica como un rasgo central de nuestros liderazgos públicos. Todo eso puede hacerse sin patear el tablero constitucional, apartándose ahora mismo de un proceso constituyente que abre la puerta a peores resultados que la enfermedad que pretende aliviar.

 

Juan Ignacio Brito, periodista.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO