Algunos opositores al régimen han anunciado que mañana se inicia el comienzo del fin del chavismo, pues quedará en evidencia la farsa electoral que se desarrollará a la vista de todos. Pero es probable que esta predicción de la caída del chavismo responda más bien a un exceso de voluntarismo que a una opción real de cambio en Venezuela.
Publicado el 19.05.2018
Comparte:

Venezuela vive una crisis social, económica y humanitaria demasiado profunda, que se ha mantenido desde hace varios años y que probablemente seguirá vigente por un largo tiempo. A esto debemos sumar la situación política excepcional que vive ese país bajo el socialismo del siglo XXI, primero dominado por Hugo Chávez y después por Nicolás Maduro, quien ha terminado con el régimen democrático y hoy se prepara para perpetuar una administración cuyos costos humanos y sociales son difíciles de dimensionar.

Para mañana, domingo 20 de mayo, el gobierno de Maduro ha convocado a unas elecciones para decidir la continuidad de su gobierno. Lo que podría ser una verdadera fiesta de la democracia, como ocurre con numerosos países en la región y con otras tantas naciones en el mundo, en el caso de Venezuela se ha convertido en un foco de discusión permanente, que ha llegado a los organismos internacionales latinoamericanos, que ven con preocupación el peligroso camino que vive uno de sus países.

La tesis de Nicolás Maduro, desde hace un par de años a esta parte, ha consistido básicamente en un solo aspecto: conservar el poder. Para ello tomó algunas decisiones riesgosas, que tuvieron lamentables consecuencias, como fue la represión desatada contra las protestas populares, que terminaron con más de doscientos muertos. A ello se sumó la disolución de la Asamblea Nacional, órgano democrático que contaba con una mayoría opositora, que el régimen consideraba molesto y prescindible. Como corolario, para consolidar la dictadura, Maduro convocó a una Asamblea Constituyente, donde el chavismo controla el país desde los más diversos ámbitos, que goza de plenos poderes y que en la práctica fija el curso político de los venezolanos.

Paralelamente, se ha ido produciendo un derrumbe social, que tiene manifestaciones tristes y dramáticas. La emigración se ha desatado en la última década, y miles de venezolanos han partido a otras naciones en busca de libertad y oportunidades, que lamentablemente no encuentran en su propia patria. Decenas de miles, como sabemos, han llegado a Chile. Frente al millón de venezolanos que habrían cruzado la frontera hacia Colombia, el gobierno ha reaccionado diciendo que son cifras falsas, descartando la existencia de una crisis migratoria.

Además, hay una crisis muy profunda en el sistema de salud, que se manifiesta en el aumento de personas sin seguro de salud, el aumento de riesgos en el embarazo de las mujeres, además de la reaparición de algunas enfermedades como la malaria, así como de las muertes asociadas a la difteria y el sarampión, que han crecido; muchos niños no reciben las vacunas necesarias. Los datos son del Informe Alternativo elaborado de manera conjunta por el Observatorio Venezolano de la Salud (OVS) y la Fundación Bengoa para la Alimentación y Nutrición.

Quizá el caso más indignante sea el de la desnutrición. En 2017, según informes de Cáritas, fallecieron entre 5 y 6 niños a la semana por falta de alimentación, un tercio de la población infantil tenía retardo en el crecimiento, aunque la desnutrición en realidad afecta a más de la mitad de la población. La organización estima que podrían llegar a morir ¡280 mil niños! a causa de la desnutrición, en lo que es una verdadera amputación de una generación de venezolanos.

En este contexto, los arzobispos y obispos de Venezuela hicieron una sentida declaración el pasado 23 de abril, en la que denunciaron la crisis económica y social: “La hiperinflación ha acrecentado el empobrecimiento general de la población, con la descomposición de la calidad de vida de todos. La carencia generalizada de los servicios públicos de Luz eléctrica, agua, gas, en todo el país que hace más difícil la vida. Todo ello ante la sorprendente indiferencia de los responsables gubernamentales de estas áreas para solventar estos problemas”.

Frente a esta realidad, deslegitiman las elecciones de mañana, por no estar dadas las condiciones de libertad y confiabilidad propias de un proceso electoral. La misma posición han tomado la Organización de Estados Americanos (OEA) y numerosos gobiernos de la región, que anticipan que no reconocerán los resultados de una elección espuria, de resultado previsible y sin las mínimas garantías democráticas para los opositores. Eso es precisamente lo que ha pedido gran parte de la oposición venezolana en los últimos días: que la OEA y la Unión Europea no reconozcan las elecciones presidenciales convocadas por Maduro, para no legitimar el fraude. Algunos dirigentes han pedido no ir a las urnas a participar de la farsa, sino que acudir a las iglesias en señal de fe.

Es previsible que nada de esto hará cambiar al gobierno de Maduro ni a su Asamblea Constituyente, y que seguirán adelante en su decisión ideológica de transitar al socialismo y construir la revolución prometida por Chávez hace casi dos décadas. Los costos económicos y sociales que ha sufrido el pueblo parecen ser daños colaterales, problemas menores para el régimen, cuya decisión es permanecer en el poder, conservar los resortes de la administración creada por el chavismo sin ceder espacios a una oposición que no reconocen, y alimentar cada cierto tiempo las noticias con ritualidades electorales que no responden a una genuina elección presidencial o parlamentaria que permita la competencia electoral y una eventual alternancia en el poder.

Algunos opositores al régimen han anunciado que este 20 de mayo se inicia el comienzo del fin del chavismo, pues quedará en evidencia la farsa electoral que se desarrollará a la vista de todos, pese a que no aceptaron a algunos veedores internacionales. Es probable que esta predicción de la caída del chavismo responda más bien a un exceso de voluntarismo que a una opción real de cambio en Venezuela. Eso sólo el tiempo lo dirá, ojalá con más esperanzas de las que es posible ver en medio del drama que sufren los venezolanos bajo el régimen de Nicolás Maduro.

 

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)