La receta para el progreso sostenido de los países es similar a la que sugiere el Dr. Goodman para adelgazar: dedicación, emprendimiento con riesgo de fracasar en el intento y un Estado que responde a los más necesitados y no a los más vociferantes.
Publicado el 28.01.2015
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Hacia fines del año pasado, estaba un poco cansado de leer noticias, artículos y libros de economía. Así que decidí tomar un curso en línea sobre medicina titulado “Buena salud para toda la vida”. A los pocos días de haber comenzado, Dr. Goodman, profesor del curso, me tenía completamente capturado.

Entre las muchas lecciones relatadas por Dr. Goodman, el académico señalaba que no hay una forma fácil de adelgazar. “Si hubiese una dieta de entre las decenas que aparecen todos los años, que efectivamente permitiera adelgazar en forma saludable, permanente, sin esfuerzo y en pocos días, seria tal el éxito que no existiría ninguna otra”.

Como uno no puede contra su propia naturaleza, a pesar de estar cansado de la economía, no pude dejar de pensar cómo lo que decía Dr. Goodman era también aplicable a las recetas fáciles que prometen una sociedad más próspera, sin pobreza, sin desigualdad y sin más esfuerzo que sacarle plata a los que más tienen para pasársela al Gobierno. Como diría Dr. Goodman, si esa dieta funcionara para eliminar la pobreza y la desigualdad en el mundo, no existiría ningún otro modelo de desarrollo, todos los países serían socialistas y todos los hombres tendrían una vida cómoda y placentera sin esfuerzo. Seríamos todos esbeltos comiendo chocolates y helados.

Pero la realidad dista mucho de esa panacea. La dieta de la redistribución forzada de ingresos es más antigua que el hilo negro y, que yo sepa, no le ha resultado a ningún país. Por el contrario, los que han logrado eliminar la pobreza y crear prosperidad para sus habitantes lo han hecho con mucho esfuerzo, dedicación y perseverancia. Crear riqueza no es fácil, requiere inventiva, trabajo duro y sobre todo que los hombres tengan la libertad, las oportunidades y los incentivos para arriesgarse y emprender.

El gobierno de Sebastian Piñera no ofreció un camino fácil al desarrollo. Su promesa fue establecer condiciones para que hubiera más inversión y crecimiento económico, y que esto permitiera la creación de un millón de empleos. Ofreció más oportunidades para que las mujeres, sobre todo las de sectores más vulnerables, se incorporaran al mundo del trabajo; estableció niveles de ingreso mínimo para las familias chilenas condicionados a que éstas enviarán a sus hijos al colegio y focalizó el gasto público en los más necesitados para aplanar la cancha, no para que estos vivieran permanentemente a expensas del Estado. En otras palabras, una dieta que requiere abstinencia, ejercicio, y una voluntad a toda prueba.

Los resultados de esta receta están a la vista. Los datos de la encuesta Casen publicados el sábado pasado indican que entre el 2009 y el 2013, periodo de cuatro años que coincide con el periodo de gobierno del ex Presidente Piñera, se produjo la mayor reducción en la pobreza que se tenga registro para mismo periodo. Más de 1,2 millones de chilenos dejaron de ser pobres entre 2009 y 2013 y la pobreza extrema se redujo a tan solo un 2,5% de la población.

Adicionalmente, gracias a los esfuerzos desplegados por el Gobierno para poner foco en los más pobres, la desigualdad medida por los ingresos monetarios de las familias chilenas también se redujo en forma importante.

La receta de Dr. Goodman para mantener una condición física saludable y permanente es comer poco y sano y ser perseverante. Nada fácil como adelgazar diez kilos en una semana comiendo como chanchito. La receta para el progreso sostenido de los países tampoco es fácil.

Dedicación a los estudios y al trabajo, emprendimiento con riesgo de fracasar en el intento y un Estado que responde a los más necesitados y no a los más vociferantes. Nada parecido a la vida en jauja que prometen, como las dietas fáciles, que se puede eliminar la pobreza y las desigualdad en cuatro años subiendo los impuestos y permitiendo que el Estado tome las decisiones que normalmente tomarían las propias familias.

 

José Ramón Valente, Foro Líbero.

 

 

FOTO: FELIPE FREDES FERNANDEZ/AGENCIAUNO

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