Nuestra derecha política —en buena medida influida por una intelectualidad moralista y contraria a la libertad individual— está muy lejos de defender lo políticamente incorrecto, ya que la actual corriente de opinión transita por el lado del estatismo.
Publicado el 05.10.2016
Comparte:

La columna de Axel Kaiser, titulada “Monumento para los Chicago”, ha causado bastante polémica en las redes sociales y en los medios de comunicación. Sin embargo, la gran mayoría se ha centrado en el hecho —superficial— del monumento mismo antes que en el legado ideológico de los Chicago boys.

Pero hay otro punto, que ocupa la mitad de dicha columna, sobre el que también se ha hablado poco: el hecho que el discurso actual de la derecha chilena ha sido hegemonizado por ideas socialcristianas o comunitaristas. Esta situación se ha expresado en la creciente influencia de algunos intelectuales (Hugo Herrera y Daniel Mansuy, especialmente) que desconfían profundamente de la libertad individual, incluso en el plano económico. El reciente libro de Andrés Allamand —La salida— dedica toda la primera parte a criticar el liberalismo clásico como fuente válida para la derecha en Chile, y adhiere (aunque algo confusamente) al socialcristianismo como una supuesta opción para una derecha “distinta”.

La mayoría de los dirigentes de la derecha (salvo excepciones que confirman la regla, como Felipe Kast) no se da cuenta de que Chile vive un cambio de ciclo, caracterizado por un cuestionamiento radical al modelo económico, y que se expresa esencialmente (y a falta de mayor evidencia) en términos culturales. Si se compara la crítica moralizante al modelo que efectúan Atria y Mayol, por una parte, con la de Herrera y Mansuy, por otra, las diferencias son sólo de grados, pero no cualitativas. En ambos casos, se sostiene la idea (que estimo infundada) de que el libre mercado aleja a las personas de una vida virtuosa y con sentido de comunidad. Tanto los unos como los otros simbolizan su crítica en los malls o grandes centros comerciales, por tratarse de espacios en los que surgiría lo peor de los seres humanos: el egoísmo, centrado en el consumo desenfrenado y en el afán de lucro. Para estos intelectuales (de izquierda y derecha), el mercado estaría muy lejos de ser un espacio para la generación de virtudes y de una vida en común enriquecedora.

Lo anterior me parece exagerado, y puede ser discutido de diversas maneras. Para una respuesta más amplia (Chile no es el mundo), recomiendo la lectura del libro Las virtudes burguesas de la historiadora económica estadunidense Deirdre McCloskey, quien se encuentra de visita en Chile esta semana. En dicho trabajo, la autora señala algo sin duda herético para la intelectualidad criolla de ambos lados del espectro: que el “capitalismo no ha corrompido nuestra alma. La ha mejorado”. Por supuesto, McCloskey no sostiene que el mercado esté formado por ángeles, y que no existan personas que actúen mal, sino que genera las condiciones —en mucha mayor medida que antes de 1800— para la práctica de virtudes; y no sólo racionales, como la prudencia, sino también el amor, la justicia, la fortaleza, entre otras.

Sin embargo, nuestra derecha política —en buena medida influida por una intelectualidad moralista y contraria a la libertad individual— está muy lejos de defender lo políticamente incorrecto, ya que la actual corriente de opinión transita por el lado del estatismo. Y aunque la columna de Kaiser (y este modesto aporte mío) sea una excepción que confirma dicha corriente, nunca está demás decir lo que se piensa y problematizar lugares comunes, que si desmenuzan más allá de su mera superficie, no pasan de ser eslóganes que se limitan a seguir el clima de opinión hegemónico.

Lo cierto es que se puede ir contracorriente, defendiendo ideas por el mérito teórico y empírico que encierran, y no pasa nada. Incluso (como me ha sucedido en algunos foros universitarios) los adversarios lo agradecen y valoran. Ojalá que las generaciones futuras de la derecha tengan la convicción que hoy, en la mayoría de sus dirigentes actuales, brilla por su ausencia.

 

Valentina Verbal.