Algunos parecen olvidar que estamos ante un proceso que busca redefinir la carta que regirá la institucionalidad y el devenir de Chile, y que no se trata de una suerte de compendio de opinología ciudadana, como parecen preferir quienes defienden el proceso.
Publicado el 21.01.2017
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Recién esta semana, la Presidenta ha recibido las llamadas “Bases ciudadanas” para la nueva Constitución de nuestro país, parte del proceso constituyente y una de las grandes promesas de su Gobierno, que busca hacer realidad las transformaciones estructurales que Chile se supone necesita. Así, de forma muy etérea, la Nueva Mayoría busca concretar la refundación que prometió en 2013.

Más allá de la incertidumbre metodológica utilizada en estas bases, que da para otra reflexión, la Mandataria celebró el hecho de que en este proceso han participado 204.402 personas, cifra bastante baja en realidad si pensamos en la relevancia del proceso para Chile, pero que podría considerarse abrumadora en relación a los anteriores procesos constituyentes (1925, 1980, entre otros), en donde las constituciones habrían sido adoptadas por una pequeña elite. Pero en esta ocasión, la verdadera importancia de estos datos está en el análisis cualitativo de lo recopilado en las bases ciudadanas: ¿cuántas personas de las que participaron en los cabildos y encuentros han leído la Constitución que ahora se pretende cambiar? ¿Cuántas manejan la diversidad y complejidad de los conceptos jurídico-políticos que debe tener un texto de estas características?

Algunos parecen olvidar que estamos ante un proceso que busca redefinir la carta que regirá la institucionalidad y el devenir de Chile, y que no se trata de una suerte de compendio de opinología ciudadana, como parecen preferir quienes defienden el proceso. Recordemos que en su oportunidad el ministro Nicolás Eyzaguirre dijo que esta sería la hoja en blanco donde la gente expresaría sus sueños y deseos, como en una especie de sicoterapia freudiana, carente de la seriedad y formalidad que requiere un proceso de esta envergadura.

¿Por qué entonces tanto show mediático? Los actuales órdenes políticos en occidente exigen no solo la presentación de propuestas de cambio o reforma, sino que también la creación de un ambiente de convicción ciudadana, que genere la sensación de pertenencia a “algo”. En ese sentido, de forma astuta y pendenciera, la Nueva Mayoría ha desarrollado el actual proceso constitucional presentando un escenario abierto a la ciudadanía -como una especie de focus group ciudadano –  donde nos han susurrado al oído “los escuchamos, esta es su Constitución”, en un afán de construir una identidad colectiva que sustente un proyecto constitucional –ilegitimo en la forma e innecesario en el fondo–,  que hoy por hoy solo busca dejar huella en la historia y ganar votos al desterrar la Constitución de Pinochet (y Lagos).

Esto es lo que Mauricio Rojas ha denunciado como un intento de introducir el populismo constitucional en Chile, donde “es poco importante lo que hoy se diga y prometa acerca de la continuación legal de este proceso, ya que su finalidad no es otra que la creación de un hecho político que, de facto, le abre las puertas a una nueva forma de usar o abusar de la democracia y su institucionalidad”, con la vil finalidad de mantener el poder, estrujando nuevamente el dolor y rabia que provoca recordar la dictadura.

Otra cosa muy distinta son los cambios de fondo buscados en este camino, en que mediante las falacias a las que estamos acostumbrados se busca establecer un Chile materialmente más igualitario, donde la democracia plebiscitaria –o tiranía de la mayoría– y los derechos sociales tengan un rol preponderante dentro del “nuevo orden”, todo ello garantizado por el Estado. Pero ese ya es otro tema.

 

Esteban Montaner Rodríguez, investigador Fundación para el Progreso Valparaíso