Los partidos del sector deben entender que lo más preocupante no fue perder el Ejecutivo, sino el hecho de que su propio electorado les dio la espalda, simplemente quedándose en la casa en números récord.
Publicado el 24.08.2016
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De un tiempo a esta parte distintos intelectuales públicos recalcan la importancia de que la derecha deje atrás el economicismo y vuelva a preocuparse de las ideas que defiende. Y a reflexionar sobre ellas desde la óptica de la sociedad contemporánea. Con mayor razón si quiere recuperar La Moneda el año que viene, presumiblemente con el ex Presidente Piñera como candidato.

Ocurre que las exigencias de la ciudadanía no son sólo económicas, por lo que atenderlas “requiere más que administración y economía: una visión de mundo, una cosmovisión, una ideología compleja en grado suficiente como para ofrecer caminos de sentido a los chilenos, persuadir en la discusión pública, enfrentar a la izquierda y comprometer a grupos importantes de personas honestas con la actividad política”, escribió en La Segunda hace unos días Hugo Herrera, académico de la UDP y autor del libro “La derecha en la crisis del Bicentenario” (2014).

No es poco pedir, pero a la vez es lo mínimo exigible a cualquier partido o sector político serio. Que no sólo tenga una planilla Excel de objetivos económicos (imprescindible, por cierto), sino sobre todo un proyecto ideológico de largo aliento que interprete, defienda e impulse definiciones éticas sobre el hombre y la sociedad. Esa es la verdadera razón de ser de las agrupaciones políticas, no la buena gerencia, por necesaria que sea.

En este sentido, pocos disputan que el gobierno que presidió Sebastián Piñera “en asuntos económicos y administrativos funcionó bien”, como recuerda Herrera. Pero es obvio que el proyecto político funcionó mal: la derecha llegó al poder en 2010 por primera vez en casi medio siglo sólo para perderlo en la elección siguiente, a manos de una versión radicalizada de los mismos que había derrotado en las urnas cuatro años antes.

Los partidos del sector deben entender que lo más preocupante no fue perder el Ejecutivo, sino el hecho de que su propio electorado les dio la espalda, simplemente quedándose en la casa en números récord. En eso influyeron la caótica selección del candidato y el voto voluntario, entre otros factores. Pero lo concreto es que aun cuando su gestión de gobierno fue meritoria en temas económicos medulares —crecimiento, empleo, equilibrio fiscal, reconstrucción post 27-F—, la derecha no supo convencer a sus votantes de darle un segundo mandato. Qué mal.

Reflexionar sobre qué fue lo que pasó y cómo evitar que se repita debería ser el primer desafío político de cualquier proyecto del sector por volver a La Moneda, quien sea que lo lidere. Ya que el problema no estuvo en el positivo balance económico de esa administración, entonces tal vez tengan razón quienes señalan que le faltó proyectar una cosmovisión propia, inspirada en sus ideas, que ofreciera “caminos de sentido a los chilenos”, en especial a los que habían votado por el sector. Después de todo, la reiterada crítica de que a menudo gobernó con banderas ajenas no surgió de la nada.

Antes que prometer eficiencia y confiar en el hastío de la gente con el gobierno de la Nueva Mayoría —el peor desde que volvió la democracia, según la encuesta CEP—, la derecha debe persuadir a sus partidarios de que su segundo mandato sería mejor que el primero. Por supuesto que mejor en términos de competencia, eficiencia, eficacia, transparencia, etc., porque ésas son metas permanentes. Pero sobre todo más fielmente representativo del ideario y los valores del sector, menos atento a los sondeos y más consecuente con sus principios, con las complejas (e ingratas) implicancias políticas de eso para la tarea de gobernar.

Un proyecto que asuma y sepa comunicar ese propósito tiene mejores opciones de triunfar en 2017 que si depende del alto rechazo a la Nueva Mayoría (que es un imponderable, además). Pero lo más importante es que tendría mayores posibilidades de proyectarse a dos o más períodos. Porque volver al poder por sólo cuatro años otra vez sería incomprensible. Peor: así como están las cosas, sería irresponsable.

 

Marcel Oppliger, periodista, coautor de “El malestar de Chile: ¿Teoría o diagnóstico”.

 

 

 

FOTO:RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO.