Los que somos firmes partidarios de la alternancia en el poder como antídoto a las malas prácticas y como mecanismo para mantener saludable la democracia tenemos el deber de ir a votar, y también de convencer a los escépticos de que lo hagan.
Publicado el 21.10.2016
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A dos días de la elección municipal, algunos analistas políticos anticipan una abstención histórica, factor que se suma a la chapucería ocurrida con el padrón electoral, que tiene a medio millón de personas con domicilio electoral cambiado por error.

Tanto el gobierno como los partidos políticos —los mismos que aprobaron mayores restricciones a las campañas electorales— realizan estériles esfuerzos de última hora para motivar a las personas a que acudan a las urnas este 23 de octubre. Teniendo presente que un alto porcentaje de los alcaldes va a la reelección, estimo que ese llamado es más bien simbólico, porque a los que repostulan les conviene que vaya a sufragar solo el “voto duro” y no que se registre una participación masiva.

Pero más allá de estas consideraciones, es fundamental que la ciudadanía sea consciente de lo relevante que es ejercer el derecho a voto, particularmente en elecciones municipales, donde elegimos a las autoridades que conducirán los gobiernos locales, instituciones con gran injerencia en mejorar la calidad de vida de las personas.

Uno de los principales argumentos de quienes deciden mantenerse al margen del proceso electoral, es que nada cambiará aunque vayan a votar, porque serán electos los mismos de siempre. Se trata de una profecía autocumplida, pues precisamente esa lógica es la que hace posible que muchos alcaldes se perpetúen en el poder: pueden mantenerse en el cargo gracias a un electorado cada vez más reducido que les resulta fácil cautivar.

Los que somos firmes partidarios de la alternancia en el poder como antídoto a las malas prácticas y como mecanismo para mantener saludable la democracia tenemos el deber de ir a votar, y también de convencer a los escépticos de que lo hagan. De lo contrario, seguiremos horadando el sistema representativo para elegir a las autoridades, y colocando en jaque a la principal instancia colectiva que tenemos los ciudadanos para incidir en el destino de nuestras propias vidas.

En este ejercicio no solo debemos discernir si un alcalde que va a la reelección ha realizado una buena o mala gestión desde el punto de vista administrativo, sino también evaluar si es una persona proba, si tiene conflictos de interés, si promueve la participación de los vecinos en la toma de decisiones, si privilegia el mérito o los vínculos políticos y/o familiares para contratar al personal municipal, si es partidario de la renovación de liderazgos, y si utiliza los recursos de manera eficiente y racional.

Porque en Chile, un alcalde que lleva 20 años en el poder y postula por otros cuatro no necesariamente es sinónimo de que ha hecho bien su trabajo; en la mayoría de los casos, se debe a que cuenta con la protección de su partido, que le asegura el cupo y que a la vez bloquea cualquier intento de competencia, bajo el precepto de que “el que tiene, mantiene”.

Como ciudadanos y electores no podemos quedar indiferentes frente a estas situaciones y tenemos la obligación (si bien el voto es voluntario) de asumir en plenitud el compromiso cívico de elegir a nuestras autoridades. Y de elegirlas bien, de manera informada, conscientes del impacto y alcance que tendrá optar por tal o cual alternativa.

No desaprovechemos la oportunidad que tenemos este domingo de ejercer el derecho a voto, y así elegir a quienes cuentan con las capacidades técnicas y la estatura ética para ser nuestros representantes en los municipios.

 

Carlos Cuadrado, periodista.

 

 

Foto: PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO