Estamos ad portas de las elecciones y quienes llegarán hasta las urnas el día 19 requerían apreciar una mayor interacción entre los candidatos. No para verlos pelear entre sí (una elección calibra cerebros, no volumen corporal), sino para recibir una exposición de ideas contrastantes sobre los distintos temas.
Publicado el 10.11.2017
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En lo que fue la última oportunidad para que los ocho aspirantes a La Moneda se dirigieran al país, pude apreciar cómo los candidatos, cuando lo requieren, pueden llegar a ser muy adaptables. Fue digno de admiración que durante tres horas seguidas tuviesen que aparentar calma y mantener la compostura, ¡siempre de pie! y soportando esos focos enceguecedores de los estudios de televisión que delatan cada gesto, mueca o vacilación humana.

Sin embargo, a mi juicio, la transmisión de Anatel esta semana podría describirse algo así como “el-debate-que-no-fue-debate”, ya que sólo ME-O dio muestras de lo que es un candidato con ganas de discutir (aunque podría haberse ahorrado la agresividad); pero le fue mal, porque cuando estuvo cerca de provocar una respuesta, ningún contendor quiso acusar recibo. Seguramente, porque estaban más concentrados en no titubear y en entender las preguntas, que en acercarse a la tormenta que él deseaba generar a su alrededor.

Independiente de si esa fue o no una de las razones por las que no hubo debate, pienso que fue más bien la estructura de la emisión televisiva la que no les permitió a los candidatos otra cosa que contestar a preguntas unipersonales y, muchas veces, más largas y complejas de lo requerido.

Estamos ad portas de las elecciones y quienes llegarán hasta las urnas el día 19 requerían apreciar una mayor interacción entre los candidatos. No para verlos pelear entre sí (una elección calibra cerebros, no volumen corporal), sino para recibir una exposición de ideas contrastantes sobre los distintos temas. Eso no sólo habría concentrado mayor atención, sino que habría sido mucho más interesante que volver a escuchar a Sebastián Piñera respondiendo acerca de sus negocios, o que Eduardo Artés desea refundar Chile a través de un sistema “biopsicosocial”, o sobre el método anticonceptivo preferido por José Antonio Kast.

En nuestra civilización occidental, la idea de debatir se remonta a la antigua Grecia del siglo V a.C., con la formación de diferentes escuelas bajo las genialidades de Sócrates, Platón y Aristóteles. En ellas, los alumnos debían exponer un pensamiento y por medio de una estudiada estrategia debían desafiar, disputar y tratar de convencer sobre la superioridad de su idea. Para llevar esto a cabo y debatir en serio, se requiere, hasta el día de hoy, orden, convicciones profundas y claridad intelectual. Tres cualidades nada despreciables para alguien que desea encabezar a un país.

Un debate político siempre se hace necesario, pero sobre todo en una elección presidencial;  ya que la exposición de las ideas, dentro de este formato, obliga a los candidatos a salir de la sobreprotección de su campaña y a enfrentar sus principios con la realidad que existe fuera del comando. Es por eso que, en una discusión de este estilo, se pone a prueba mucho más que la capacidad de réplica o la buena memoria del candidato, ya que se le exige exponer, a través de fundamentos sólidos, por qué piensa que son sus planteamientos, y no los de otros, los necesarios para adjudicarse el cargo.

Para un candidato a Presidente, someterse a un interrogatorio y hacer propuestas por televisión es una cosa; debatir para demostrarle al electorado que el país cosechará los frutos de su gobierno, es otra muy distinta.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora

@LaPolaSchmidt

 

 

FOTO: MARIO DAVILA HERNANDEZ/AGENCIAUNO