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Publicado el 11 de enero, 2018

El cosmos de los “carcamales”

El sexo está lejos de reducirse a la procreación, sin duda —los seres humanos somos más que fábricas de guaguas—, pero guste o no, su relación con la procreación es aquello que distingue a la sexualidad, lo que la hace ser lo que es.
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Ridiculizar las posiciones ajenas suele ser una fuente de placer infalible, tanto para quien realiza el ejercicio como para quienes lo presencian. Muchas veces es algo útil, pues muestra que algunos emperadores están desnudos; otras veces, sin embargo, dificulta el intercambio de ideas.

En una reciente columna en este medio Felipe Schwember, con muy buena pluma, intentó ridiculizar a los conservadores —los “carcamales”, en expresión que toma prestada a Carlos Peña—, que se oponen al proyecto de ley de identidad de género que se discute en el Congreso. Nos mostró cómo detrás de esa oposición se escondería una concepción particular de la sexualidad: ésta tendría una “función natural”, sería parte del orden cósmico. Todo el resto –los argumentos, las propuestas, las objeciones– sería música. Un fin tan sensato como ridículo (¡y aburrido!) sería el mundo que los conservadores nos proponen. A tan absurda concepción él contrapone una visión no esencialista de la sexualidad, que pavimenta el camino a la autonomía personal.

Pero Schwember ridiculiza con demasiada ligereza, perdiendo de vista a sus contrincantes. ¿Acaso usted, lector, sinceramente cree que aquellos que él llama “los conservadores” están preocupados del orden cósmico en abstracto, del sonido de las esferas celestiales y, por eso, se oponen a la “emancipación” de sus prójimos? ¿Cree usted que ellos temen que, de aprobarse el citado proyecto, la gravitación universal dejaría de mantener unidos a los planetas, que la sociedad cesaría de existir, que el lenguaje se perdería entre gruñidos bestiales? Una imagen así es lo que se insinúa, con no mucha sutileza, en la columna de Schwember. Y claro, si ésa fuese la posición que es crítica del proyecto, sería algo ridícula. Pero como pasa tantas veces en la vida, las cosas son algo más complicadas. No haría daño que el autor intentara tomarse el debate más en serio.

Aceptemos que el meollo del asunto es aquello que Schwember denomina “función natural”. ¿Qué significa eso, fuera de la caricatura? En pocas palabras, que la sexualidad cumple una función en la vida humana a causa de sus características propias, independientemente de nuestras opiniones. El sexo se inserta en nuestra vida como el mecanismo por el cual nos reproducimos, incluso si también conlleva más aspectos. Está lejos de reducirse a la procreación, sin duda —porque es una dimensión de los seres humanos y nosotros no nos reducimos a ser fábricas de guaguas—, pero también está lejos de estar desconectada de ella. ¿Puede ser divertido? Claro. ¿Puede ser importante para la estabilidad de una pareja? Claro. ¿Puede ser una experiencia de autodescubrimiento? Claro. Y así un largo etcétera. Pero guste o no, su relación con la procreación es aquello que distingue a la sexualidad, lo que la hace ser lo que es.

Después de todo, aunque los miembros de una sociedad cambien sus opiniones sobre el papel del sexo, los recién nacidos seguirán llegando del mismo que han llegado por milenios. Esa relación no elegida con los futuros humanos es lo que hace que esta sea una función natural. Para advertirlo no se requiere aludir al cosmos ni nada así de extravagante. Extravagancia, sea dicho, que no le falta a la tesis que tanta seducción ejerce sobre algunos: que el sexo no tiene ninguna relación con la reproducción.

Todavía más, es una función que necesariamente permea la vida social. ¿Cómo no va a ser tremendamente relevante para la sociedad el modo en que llegan las personas a ella? La cuestión no es si meternos o no en la cama de los demás, sino cómo asumimos el hecho de que los humanos tenemos la porfiada costumbre de provenir de relaciones sexuales. Ciertamente de ahí no se sigue que toda la sexualidad deba ser regulada legalmente, pero sí que no es indiferente su ordenamiento legal. Es en este contexto en el que se enmarca la oposición de los “carcamales” al proyecto de identidad de género. Tiene razón Schwember: acá está en juego una concepción de la sexualidad. Pero por lo mismo está en juego una concepción de la vida social. Y eso ocurre a ambos lados del debate, tanto en quienes se oponen como en quienes aprueban el proyecto. Por eso es tan poco fructífera la caricatura simplona.

Ahora bien, en este punto nos podemos preguntar qué tiene que ver todo eso con la identidad de género. La respuesta es doble. Por una parte, lo que venimos diciendo conduce a reconocer la importancia de la diferencia sexual entre varón y mujer. La humanidad es un mosaico de diferencias, y más bello por eso. Pero no todas las diferencias son igualmente significativas para el orden social, aunque para sus portadores puedan serlo todo. La diferencia sexual es en justicia objeto de la legislación, porque la procreación lo es. Oponerse a su difuminación pública no tiene por qué ser visto como un acto de odio o patológico, puesto que puede responder al deseo de mantener viva la conciencia del carácter público –político– de la sexualidad.

Por otra parte, tomar conciencia de la particular relación que existe entre sexualidad y procreación también conduce a rechazar la idea de que nuestra autonomía es el criterio último de decisión política. Lo humano se extiende más allá de las fronteras de mi vida interior, por lo que las decisiones sobre nosotros mismos no sólo nos competen a nosotros. Específicamente en este caso, la decisión sobre cómo vivir nuestra sexualidad comporta una decisión acerca del tipo de sociedad que hemos de fomentar. Apelar a la autonomía sin más es ignorar la realidad de la condición humana, reemplazándonos por seres que parecen vivir sólo superficialmente en sociedad.

 

Eduardo Fuentes, doctor en Filosofía

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO

 

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