Si el crecimiento realmente fuera el corazón del programa económico, el listado sería otro: menos trabas a los negocios, más aportes privados a problemas públicos y una legislación laboral para potenciar empleos de mujeres y jóvenes, entre otros.
Publicado el 10.11.2014
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Llevamos días de declaraciones cruzadas entre el empresariado y el Gobierno, acusándose veladamente de la responsabilidad del frenazo económico que vive el país. Quizás parte importante de las animosidades se ahorrarían si se dejara de lado el manido concepto de la “alianza público-privada”. En un escenario de incertidumbre como el actual, suena iluso pensar que acuñar estos conceptos y repetirlos hasta el cansancio logrará revertir la baja en la inversión y la mirada crítica que va creciendo desde el extranjero.

Hay en este concepto una errada concepción de los roles de los empresarios y el Estado. Este último debe dar garantías de estabilidad y un marco regulatorio y judicial que permita a las empresas y personas desarrollarse respetando al resto de la sociedad, generar igualdad de oportunidades y apoyar a quienes no puedan por sí solos mantener una vida digna. El sector privado debe moverse en este marco consensuado por la sociedad y dedicarse a mejorar sus productos y servicios para obtener mejores rentabilidades, lo que traerá de la mano un clave aporte a la sociedad por la vía del empleo que mejorará la calidad de vida a nivel general. Ninguno de los dos debe “pedirle” al otro buena voluntad, ni comprensión, menos paciencia. El popular dicho “pastelero a sus pasteles” se aplica mejor que nunca a este caso: cada uno a lo suyo y todo funciona mejor. Hoy esto no funciona así y el discurso público lo revela. El Gobierno mueve el marco con hechos y anuncios y el empresariado pide cada día más fuerte estabilidad y condiciones para la competitividad.

A estas alturas, con la economía en una evidente desaceleración que parece más larga de lo esperado, las palabras poco ayudan. El único real indicador de una “alianza público privada” es una tasa de inversión creciente. Lo demás, la “agenda” pro-crecimiento o productividad que se termina entrampando en el Congreso o las giras en común, no sacarán al país de la desaceleración.

En una entrevista ayer domingo en La Tercera, el ministro Arenas asegura que el “programa económico tiene un corazón: el crecimiento” y elabora un listado de medidas pro-crecimiento tomadas en los últimos meses que se resumen en “empujones” fiscales y un par de hitos con el empresariado (Chile Day y un seminario de la Sofofa, ambos de los cuales terminaron en fuertes críticas a la conducción económica del Gobierno). ¿Cómo compensaría esto el alza de impuestos a las empresas de la reforma tributaria? ¿O una reforma laboral cuyos detalles no se saben pero poco tiene que ver con empleo nuevo? Si el crecimiento realmente fuera el corazón del programa económico, el listado sería otro: menos trabas a los negocios, más aportes privados a problemas públicos y una legislación laboral para potenciar empleos de mujeres y jóvenes, entre otros.

Así, el Gobierno en vez de ofenderse por las críticas sobre su manejo económico (acusando una “campaña del terror” que fue incluso desmentida por parte importante del oficialismo) debería considerar que lo que realmente haría volver a las inversiones sería que se descarten oficialmente algunos temas de alta incertidumbre que están sobre el tapete y cuyos detalles aún no sabemos (reforma laboral, cambios en los derechos de agua y de las isapres y en el mediano plazo, el más importante de todos: la nueva Constitución). Si bien el oficialismo ha dicho que sus reformas son indispensables para el crecimiento –entendiendo por eso que una sociedad con menos desigualdades producto de más educación y redistribución del ingreso, tendrá un clima social más propicio para el desarrollo– lo cierto es que los instrumentos hasta ahora no sólo no auguran menos desigualdades en el mediano plazo, sino que también un costo en calidad de vida de corto plazo.

Hay quienes ven (o quieren ver) en cierta moderación del discurso un cambio de giro de las autoridades en las reformas. Parecen no querer escuchar a la propia Presidenta que esta semana, en medio de tensiones de su coalición, salió a decir que no la “pauteen” por la prensa, que las reformas van, porque el problema con ellas no es de fondo sino que comunicacional. Así de claro.

 

Marily Lüders, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO