Quien debería ser un ejemplo pasa a serlo en un sentido muy distinto, el de un híbrido kirchnerista capitalista ultramanchesteriano.
Publicado el 25.01.2016
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Debo iniciar esta columna advirtiendo que de fútbol no sé nada, que entiendo de impuestos ya que me dedico profesionalmente a ellos y finalmente, remedando a un amigo, que de leseras sé mucho. Entre estas últimas, cómo no, está la ya finalizada telenovela entre Jorge Sampaoli y la ANFP, cuyo capítulo tributario resulta conveniente abordar en esta tribuna a partir de la información de prensa disponible.

Sampaoli, en representación de la sociedad de Islas Vírgenes Británicas (BVI) “Alta Lake Investing Limited” y los integrantes de su cuerpo técnico Sebastián Beccacece y Jorge Desio, también en representación de sendas sociedades de BVI, celebraron con la ANFP en noviembre de 2015 un contrato (disponible en The Clinic), en el que afirman haber aportado a sus respectivas sociedades “su fama, imagen y prestigio” en tanto cuerpo técnico de la selección, cuestión que a la ANFP le interesa comercializar. Para ello, la ANFP se obligó a pagar la suma bruta de US$ 3,1 millones a la sociedad de Sampaoli y US$ 1,55 millones a cada una de las otras dos. Quizás llame la atención lo de aportar derechos de imagen a una sociedad, pero no es poco común entre deportistas de elite; el golfista Tiger Woods, que hoy no juega bien, cobra US$ 1 millón o más por su presencia en un torneo y créame que la misma reditúa.

Analizado el contrato, éste no es sino una martingala para pagar, con cargo al concepto de imagen y eludiendo -si no evadiendo- la tasa del 40% de impuesto personal de Sampaoli, Beccacece y Desio lo que en verdad son premios, bonos y parte de las remuneraciones del cuerpo técnico. Veamos por qué.

Desde luego salta a la vista que Sampaoli, Beccacece y Desio no son Woods, Beckham o Federer; pero lo que denota lo engañoso del contrato es que por US$ 6,2 millones que se obliga a pagar la ANFP, ésta no adquirió la exclusividad sobre los derechos de imagen, de modo que cada uno de estos señores pudo explotarla por cuenta propia. Así lo hizo Sampaoli en 2014, quien apareció copiosamente en las transmisiones televisivas del mundial publicitando un banco, cuyos ejecutivos, supongo, deben estar hoy bastante arrepentidos de su contratación. El otro aspecto que denota la martingala es que el contrato de noviembre de 2015 se pactó con efecto retroactivo al año 2012, existiendo pagos ya efectuados.

El SII fiscalizó la ANFP y a Sampaoli y, como era esperable, el contrato no pasó la prueba de la blancura, por lo que tuvieron que regularizar la situación tributaria. La ANFP pagó $ 350 millones acogiéndose -según la prensa- al mecanismo vigente hasta el año pasado para regularizar capitales que se encontraban fuera de Chile con infracción tributaria, pagando un impuesto del 8% sobre tales haberes. Hasta aquí parece todo bien, pero no es así.

El mecanismo del 8% se aplicó a fondos existentes en el extranjero al 1 de enero de 2014. Por ende, todo pago hecho a la sociedad de Sampaoli con posterioridad a esa fecha, como serían los provenientes del mundial celebrado a mediados de 2014, no pudieron regularizarse por esta vía y si así se hizo, el SII debería rechazar la declaración del ex técnico nacional y cobrar los impuestos que debieron pagarse originalmente, con la citada tasa del 40%, más multas e intereses. Además, a la fecha en que se celebró el contrato, noviembre de 2015, se encontraban vigentes las normas anti elusión; siendo dicho convenio netamente elusivo, el SII -si antes no lo hizo- podría recurrir a estas normas y cobrar elevadas multas a Sampaoli y a los asesores que lo diseñaron.

Finalmente, tanto porque la carga tributaria por ley es del contribuyente, como porque las sumas pagadas al cuerpo técnico eran “brutas” según el mismo contrato, Sampaoli debió asumir de su patrimonio la parte que le correspondía de los $350 millones de impuestos. Pero, consistente con su actitud de no tributar y endosar esta cuenta a un tercero, no lo hizo, asumiéndolos la ANFP, lo que implica, primero, que para ésta se trata de un gasto que deberá ser rechazado por el SII; y segundo, que Sampaoli recibió una renta adicional por la que aparentemente no tributó y debería hacerlo en abril de 2016.

Dejando atrás la lesera, lo ocurrido presenta una paradoja interesante. Sampaoli es un individuo que ha triunfado profesional y económicamente desde un punto de partida muy modesto; además lo ha hecho como extranjero, como inmigrante. Estamos ante quien debería ser un ejemplo para quienes promueven una sociedad más igualitaria, sin privilegios, inclusiva, donde no importe el origen social, la familia, el colegio o las relaciones del individuo sino sus capacidades y la oportunidad para desarrollarlas.

Sampaoli es también un declarado kirchnerista, estado bastante inclasificable pero ciertamente situado a la izquierda del espectro político, que rechaza el neoliberalismo, los tratados de libre comercio y promueve el intervencionismo estatal y ayudas sociales más allá de toda racionalidad, como fútbol gratis por TV, regalo de televisores LCD, etc. En Chile, presumo, se alineará con los proyectos de la Nueva Mayoría, como educación gratuita. De hecho apoyó y se fotografió junto a la selección con los docentes en paro.

Todo eso es muy respetable, se comparta o no el ideario del individuo. Pero deja de serlo cuando éste elude su responsabilidad más elemental con la sociedad donde triunfó y donde se hizo rico, evitando contumazmente el pago de sus impuestos, negándose en definitiva a contribuir con el Estado. Quien debería ser un ejemplo pasa a serlo en un sentido muy distinto, el de un híbrido kirchnerista capitalista ultramanchesteriano, que probablemente conseguiría que tanto Adam Smith como Carlos Marx se den vueltas en sus tumbas, además coreográficamente.

Representa también otra peligrosa tipología, la del individuo que quiere más Estado, más gasto y políticas sociales y progresistas, que se eleven los impuestos para financiarlas y se persiga a los infractores. Claro, todo ello respecto de las rentas y el patrimonio de los demás, no con los propios.

 

Pedro Troncoso M., abogado.

 

FOTO: JORGE FUICA/AGENCIAUNO