Frente a la contingencia, no podemos esconder la cabeza en la arena como la avestruz, porque los verdaderos cambios y la consolidación del progreso se logran por medio de la participación activa de todos los actores sociales.
Publicado el 16.09.2016
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El “Chinito”, como le dicen todos, es de esos barberos antiguos, ya casi en extinción, quien pasa sus días acicalando mentones y patillas masculinas, en una céntrica calle de la ciudad de Talagante. Sus ojos rasgados delatan sus ancestros asiáticos la manera parsimoniosa en cómo ejerce su oficio también. Pero es al hablar con él cuando aflora su filosofía chilena-oriental que establece el porqué ha logrado mantenerse activo, durante tantos años.

Además de dos sillones de cuero desgastados, en su peluquería se observan los más variados adminículos para satisfacer las preferencias estéticas de su fiel clientela. El montón de diarios nacionales, apilados en una mesa esquinera, además de acompañar el tiempo de espera de su público, indica su interés por la actualidad; mientras que el intenso olor a colonia inglesa, talco y alcohol quirúrgico dan cuenta de su meticulosidad y pulcritud al trabajar.

Desde los muros de su pequeño recinto penden una discreta bandera chilena que contrasta en tamaño con la de un enorme cartel, bien a la vista, que expresa a modo de advertencia: Aquí no se habla de política ni religión. “Ese es el secreto de mi larga trayectoria”, sermonea el Chinito. “Sólo así a uno lo dejan trabajar tranquilo y somos todos felices, ya que como dice el refrán: siembra vientos y cosecharás tempestades”.

En un país como el nuestro, en donde el deporte nacional es arrojar la primera piedra a casi todas las instituciones (para luego esconder la mano sin ofrecer una solución propositiva), el no dar espacio para discernir libremente sobre política o religión podría parecer como un ejercicio casi irresponsable. No obstante, el Chinito hace un alcance al momento de establecer la razón por la cual optó por silenciar las preferencias ideológicas o religiosas de sus clientes.

Según él, lo más fácil sería dejarse llevar, señalar con el dedo y acusar a terceros de los problemas que aquejan a los chilenos. Es por eso que, a su modo de ver, lo que en parte podría modificar su taxativo mensaje en la pared (y ampliar la capacidad de diálogo con sus clientes) sería el aporte de líderes sociales capaces de emplazar de verdad a la ciudadanía sobre la importancia de cumplir sus deberes cívicos y de respetar a todas las creencias religiosas para crear lazos comunitarios.

A esto se adhiere la solvencia de líderes que no rehúyan a las preguntas difíciles, no titubeen ni cambien su discurso a último minuto y que logren inspirar a los demás porque sus principios y acciones, aunque muchas veces naden contracorriente, permanecen incólumes a través del tiempo. Así se abriría la capacidad de empatizar con el otro y que el ciudadano común y corriente sintiese la obligación de hacerse una introspección constante sobre sus responsabilidades cívicas y sobre los valores morales requeridos para afianzar el bien común.

Quizás el ABC que ordena el comportamiento del Chinito tenga algo de razón, ya que pareciera ser más prudente guardar silencio y desentenderse sobre hechos políticos o religiosos para no meterse en aprietos; pero frente a la contingencia, no podemos esconder la cabeza en la arena como la avestruz, porque los verdaderos cambios y la consolidación del progreso se logran por medio de la participación activa de todos los actores sociales.

Ahí está el desafío de los encargados de consensuar y poner orden para esclarecer las dificultades que permanecen vigentes. Ellos necesitan del apoyo ciudadano para fortalecer su desempeño y subsanar de manera transversal las causas que dan origen a muchos de nuestros conflictos.

Es por eso que surgen dos interrogantes: ¿qué estoy haciendo yo por alcanzar el bien común? y ¿qué están realizando nuestros líderes para recuperar esa esquiva confianza, resquebrajada por la incertidumbre, pero esencial al momento de potenciar las capacidades de todos?

Las respuestas son complejas, pero existen algunas pistas. Una de ellas está en concientizarnos de que todos tenemos una cuota importante de responsabilidad para alcanzar el desarrollo. La otra se encuentra en aquellos liderazgos que demuestran su tenacidad para enfrentar los vientos asociados a convocar una mayor participación ciudadana. Sólo así lograrán cosechar algo muy distinto y opuesto a lo que provocan las tempestades. Las que mantienen en vilo a muchos, quienes prefieren mantenerse al margen de debatir sobre política y religión.

 

Paula Schmidt, historiadora y periodista Fundación Voces Católicas.

 

 

FOTO:PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO