La prudencia indicaría que la política exterior chilena deberá volver a adoptar una línea pragmática, dejando de lado el sesgo ideológico que ha caracterizado a este gobierno y por el cual hemos debido asumir costos evitables e innecesarios.
Publicado el 18.11.2016
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El debate sobre asuntos de política doméstica, sometido durante la última década a escaramuzas cada vez más cortoplacistas, dificulta la visión que debiéramos ya estar en condiciones de esbozar para anticipar los escenarios con los cuales probablemente nos encontraremos a nivel global y vecinal, una vez que asuma un nuevo gobierno en Chile en marzo de 2018.

Enfrentados a un entorno internacional que nos impone más y mayores desafíos en las diversas áreas, la necesidad de trazar líneas de acción respecto de temas prioritarios es ineludible. La tarea impone mayor esfuerzo desde que Chile optó por acortar el período presidencial, lo que disminuye el horizonte para la planificación y deja poco espacio para la ejecución de políticas, especialmente en materias que requieren de un diseño estratégico que supera largamente los tiempos de la política chilena de los últimos años.

Aunque falta algo más de un año para el escenario que prevemos, lo que para algunos es un tiempo prolongado, la realidad que se nos presenta es la de una coalición oficialista en retirada, en la que cada cual intenta salvar su cuota de poder para los tiempos que vienen, convencidos de que este gobierno ya no tiene mucho más que hacer. Es oportuno, entonces, planificar desde ya los pasos que Chile necesariamente deberá tomar desde 2018 en adelante.

En el plano internacional no serán pocas las adecuaciones y los cambios que se deberán poner en ejecución, cualquiera sea el gobierno que suceda al actual. Entre otras tareas, normalizar las relaciones con el nuevo gobierno de los Estados Unidos será inevitable. El actual embajador de Chile tendrá sus días contados desde el momento en que asuma Donald Trump el 20 de enero próximo, pues ya son muy conocidas sus declaraciones públicas en las cuales se ha expresado de manera hostil y denigrante respecto del futuro ocupante de la Casa Blanca. Entre otras expresiones, aparte de anticipar que Trump no tenía posibilidades de ganar, nuestro embajador ante el gobierno norteamericano ha dicho que “Donald Trump es el Parisi estadounidense”, calificando al Presidente electo como “una figura cuasi fascistoide” y comparándolo con el emperador Tiberio.

Aunque nuestro país está muy lejos de las preocupaciones prioritarias de Washington, a Chile sí le importa tener una relación normal y fructífera con la primera potencia mundial, y ahora tendremos que dedicar mayor esfuerzo hacia ese objetivo gracias a la locuacidad temeraria desplegada por nuestro representante, que no se atuvo a las normas básicas de la diplomacia.

Las expresiones de nuestro embajador en Washington no son las primeras de su estilo en este gobierno, sino que forman parte de una sucesión de gaffes diplomáticas incurridas por nuestras autoridades al inmiscuirse en asuntos internos de otros Estados, como ocurrió cuando tomaron partido por los bandos perdedores en Argentina, Brasil y Colombia, entre otros. En los casos de Brasil y Argentina, nos hicieron abanderizarnos tras Dilma y la Sra. K, que quedaron en el pasado. Este caso es peor, pues compramos un pleito con Trump antes de que fuera electo y teniendo que entendérnoslas con él desde el momento que asuma y por un plazo que puede prolongarse hasta por ocho años.

La prudencia indicaría, entonces, que la política exterior de Chile deberá volver a adoptar una línea pragmática, dejando de lado el sesgo ideológico que ha caracterizado a este gobierno y por el cual hemos debido asumir costos evitables e innecesarios.

En el plano vecinal, el próximo gobierno tendrá la tarea de poner en práctica una nueva política respecto de Bolivia, después que la Corte Internacional de Justicia (CIJ) emita su fallo sobre la demanda boliviana contra Chile, que ocurrirá cuando ya estén nuevas autoridades instaladas en La Moneda. Al respecto, cabría tomar en cuenta lo que ha señalado la agente chilena en el caso presentado por nuestro país sobre el Río Silala, al manifestar que deberemos estar preparados para un “fallo insólito” por parte de la CIJ. Lo que no se explica es el por qué Chile insiste en mantenerse sometido a un sistema (el Pacto de Bogotá), que le seguirá llevando a ser objeto de “fallos insólitos” por parte de esa Corte. Aunque ya conocemos el carácter “creativo” de los jueces de La Haya y siempre nos podrán sorprender, es bastante previsible la línea gruesa del fallo en ese caso, lo que aconsejaría tener adelantada una política vecinal coherente, racional y de largo plazo para el futuro con ambos vecinos del norte.

El Chile post-Bachelet deberá asumir tareas complejas en el terreno internacional en un escenario cambiante y con nuevos desafíos que inciden en nuestro comercio exterior, la forma de relacionarnos con los principales centro de poder mundial y un panorama vecinal enrarecido. Será indispensable, por tanto, hacer un esfuerzo mayor por abandonar la improvisación y diseñar con la debida anticipación y cuidado una política exterior exenta de ideologismos y con sentido estratégico.

 

Jorge Canelas, cientista político y Embajador (r) 

 

 

FOTO: MATIAS DELACROIX/ AGENCIAUNO