Una Constitución es algo mucho más complejo que el producto de la fantasía de todos nosotros.
Publicado el 09.01.2016
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Según la Presidenta Bachelet, no hay que ser un constitucionalista para imaginar el país en que nos gustaría vivir, propósito inicial del proceso constituyente. Por ello, lo que resulte de la imaginación popular se le entregará como conclusiones para que ella redacte lo que enviará al Congreso, quien deberá aprobar o no su propuesta.

Para simular lo que será este proceso, voy a intentar imaginarme en una plana el país en que me gustaría vivir, ejercicio nada fácil pensando en la Constitución.

Parto diciendo que considero de toda ética y entera justicia que la pobreza debe ser erradicada totalmente y que no deben existir compatriotas viviendo en campamentos o con necesidades básicas de cualquier índole. Creo en un país en que todos sus habitantes tengan la posibilidad de adquirir un mismo nivel de educación escolar y el mismo set de competencias básicas, que nos permita decir que al inicio del recorrido por la vida, todos parten en igualdad de condiciones.

Me imagino Chile como un país con una democracia representativa, en donde existan equilibrios y contrapesos que limiten el accionar del gobierno y con un Estado limitado en su tamaño y poder, además facilitador; es decir, que esté orientado a facilitar y ayudar a las personas a desarrollar todas sus capacidades creativas y los acompañe en esos esfuerzos. Un Estado al que se le pueda controlar y exigir una rendición de cuentas acerca de cómo se utilizaron los dineros de nuestros impuestos. Un Estado en que las personas que laboren en él sean idóneas para desempeñar los cargos que le han sido asignados y no sólo clientes de algún partido político que esté pagando los favores de una elección.

Adhiero a un sistema político presidencialista en que los períodos de gestión sean de seis años sin reelección, con un Parlamento más empoderado que el actual en cuanto a iniciativas legales y con reelecciones limitadas. Y un Poder Judicial que proteja y brinde verdadera justicia a las víctimas y no exceda las garantías a los victimarios.

Me imagino el país donde las regiones tengan verdadera autonomía y definan su destino, teniendo independencia en la gestión presupuestaria, para que puedan desarrollar todo su potencial, sin depender de las autoridades centralistas de Santiago.

En cuanto a los derechos, el país que imagino garantiza constitucionalmente el derecho a la vida, a la educación, a la salud, a la propiedad privada, a la propiedad de los medios de comunicación y a la libertad de expresión, movimiento, reunión y disenso, entre otras, pero no un Estado de bienestar donde el Estado provea todo.

Quisiera ver a nuestro país mantener el sistema económico basado en la economía social de mercado, donde impere la plena competencia y donde la gente goce de total libertad para emprender y decidir sobre cómo desarrollar sus vidas y como buscar la felicidad, sin que el Estado pueda dictar, intervenir o restringir las libertades de decisión individuales.

Finalmente, quiero vivir en un país seguro, en paz, en que el odio, el resentimiento y la envidia sean erradicados para dar paso a una sociedad amable, empática, solidaria, en que se valore y estimule el mérito y se aplauda el éxito ajeno.

Se me terminó la plana. Podría seguir imaginando muchas otras cosas, pero una Constitución es algo mucho más complejo que el producto de la fantasía de todos nosotros, por lo que dejo para el final la pregunta que surge de todo esto. ¿Podría una sola persona, redactar sin sesgos ideológicos, una Constitución, a partir de lo que se concluya de muchos imaginarios como este? La respuesta se las dejo a ustedes.

 

Jaime Jankelevich, consultor de empresas.

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO