La confianza en las instituciones no es, pues, la creencia de que ellas nos harán mejores, sino la seguridad de que tarde o temprano nos llamarán a hacernos responsables públicamente por nuestros actos.
Publicado el 18.04.2015
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Cada vez que una aparente “crisis moral de la república” se hace presente, se levantan también los adalides del tutelaje. Hoy, con el desarrollo de los casos SQM, Penta y Caval, se han presentado quienes pretenden hacernos ver que estamos en una de esas crisis. Las palabras de Ramiro Mendoza llamaron la atención de todos, pues anunciaba que la corrupción “ha llegado” y no que siempre ha estado. He aquí el comidillo para quienes quieren instaurar a rajatabla un giro de tuerca institucional. Junto a ellos, están quienes se inclinan por reformar. En general son gente más tranquila y dispuesta a aceptar la discusión crítica. Aun así, bajo ese tono de afabilidad y respeto por la deliberación, también puede esconderse el despotismo o, al menos, una inclinación hacia él.

Al parecer, este último caso es el del profesor Hugo Herrera. En una columna publicada en La Segunda reflexionó sobre la actual situación del país, llamándonos a replantearnos ciertas concepciones sobre la sociedad y la política. Así, tomándose de Platón, nos dice que la polis sería una especie de ser humano a gran escala. Esto sin aclarar si por polis entiende al Estado o a un orden político más complejo. Los hombres, con sus cualidades y defectos, van conformando las características de la sociedad organizada tal y como la estructura biológica caracterizaría a los hombres. Esto se vuelve evidente cuando cita la concordancia que Platón plantea entre las clases sociales y las partes del alma humana. Tras esto, nos dice que “habría que actualizar este aspecto de la teoría, cuando ya no creemos en castas ni reyes-filósofos”.

De esto desprende una idea que, en general, es cierta: el elemento humano es imprescindible y una piedra de toque de todo buen sistema político. Esto, que podría ser aceptado por todos a partir de la intuición, peca también de ambigüedad, puesto que hay que ser muy claros con respecto a qué es aquello que consideramos propiamente humano. En el liberalismo se asume que la libertad es parte esencial de la naturaleza humana y, por lo mismo, no existe nadie que pueda violar las individualidades diciéndole cómo vivir a otros. La insistencia de Herrera con el ejemplo platónico y la idea de un Estado o sociedad “orgánica” es claramente contraria a la planteada por el liberalismo e incurre, creo, en el riesgo de establecer una sola visión de la vida y la virtud por sobre toda conciencia humana individual. En suma, comprende al hombre y al Estado como uno solo y, por lo mismo, parece concebir lo humano y lo político únicamente en términos colectivos.

Es así que Herrera nos ofrece una crítica al institucionalismo kantiano. Si los hombres en una sociedad son corruptos, entonces las empresas y el Estado también lo serán. No cabe aquí la creencia de que las instituciones -que son limitaciones al actuar imperfecto del hombre- pueden ser de ayuda para frenar y controlar los delitos de los corruptos. Cuando hay institucionalidad, los delitos y los defectos son de responsabilidad individual. Al parecer, para Herrera, lo que hoy vemos en Chile es fruto de una situación generalizada. Según él estamos quebrados moralmente y por eso ha ocurrido lo que ha ocurrido. Lo interesante de este punto es que antes de que cualquier acto de corrupción fuese hecho público, no había profetas anunciando esta quiebra a nivel orgánico. Entonces cabe preguntarse: antes de la publicidad de estos casos, ¿estábamos o no en una crisis moral?

Los discursos organicistas -y Herrera parece no ser la excepción- generalmente terminan de la misma forma. Para evitar que la “crisis moral” se acreciente, hay que educar a un “contingente suficiente de ciudadanos virtuosos”. Una especie de legión que, tal como el autor plantea, cuide el “destino de la patria”. Aunque no pretendo arrogarme el conocimiento de las intenciones profundas de Herrera, debo anunciar que tales ideas podrían ser malentendidas. Aunque no se puede negar que la ética es fundamental para el desarrollo de una sociedad que interactúe en paz, tampoco se puede esperar que exista un “contingente” de hombres virtuosos. Los hombres son, después de todo, seres llenos de defectos y virtudes y en muchas ocasiones unas y otras actúan sobre nosotros de manera paralela. La confianza en las instituciones no es, pues, la creencia de que ellas nos harán mejores, sino la seguridad de que tarde o temprano nos llamarán a hacernos responsables públicamente por nuestros actos. A la larga, la virtud es algo que solo nosotros, en ejercicio de nuestra libertad e individualidad, podemos elegir seguir.

 

Francisco Belmar, Investigador Fundación para el Progreso.

 

 

FOTO:MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO