La política se llena de rostros exagerados, de corpóreos, porque tienen poco qué proponer al país. Un par de eslóganes simpáticos, un par de promesas que no van a cumplir, un programa que es poco más que una declaración de intenciones (que en la era de la posverdad, le llaman bases programáticas).
Publicado el 18.11.2017
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Quizás sea descabellado imaginar al doctor Simi como candidato presidencial. Sin embargo, esto no parece tan lejano con el ingreso de los corpóreos a la arena política. Los corpóreos son esas máscaras gigantes que sirven para tener al candidato -en su versión exagerada- en terreno.

Sebastián Piñera hizo el suyo, y lo llamó Piñerín. La moda de crear estos muñecos dice mucho del estado de la política chilena: aguachenta y transformada en un espectáculo, como si consistiera en vender algún producto en el supermercado. Pero Piñerín no está solo. El resto de los candidatos también se parece mucho a un corpóreo: un producto de marketing, con poco contenido y aún menos propuestas.

Esto se explica por dos razones. La primera es que la política se alimenta cada vez más de personajes inventados: las caricaturas y los muñecos les quitan la responsabilidad de ser líderes reales, a la vez que despersonalizan a los candidatos. Igual que un punching ball, el corpóreo permite enfocar las críticas y las burlas en un personaje ficticio, y pone el foco en la “cara bonita”, en el rostro. Es cosa de analizar los casos de Beatriz Sánchez o Alejandro Guillier, dos que no pinchan ni cortan en sus propias campañas. Ambos quedaron circunstancialmente a cargo de coaliciones que hoy viven en crisis, y llegaron al liderazgo por ser rostros conocidos, más que por tener las cualidades necesarias para dirigir al país.

La política se llena de rostros exagerados, de corpóreos, porque tienen poco qué proponer al país. Un par de eslóganes simpáticos, un par de promesas que no van a cumplir, un programa que es poco más que una declaración de intenciones (que en la era de la posverdad, le llaman bases programáticas).

La segunda razón es que los candidatos transformaron la elección en un show, un espectáculo. Y eso es lo más peligroso de todo: todo vale con tal de tener la atención de las cámaras. No importa decir brutalidades, como que se le “reventará un martillo en la cabeza a un delincuente” (Piñera, el real esta vez), o que un candidato le tire monedas a otro en un debate (Navarro), o hablar de la elección como una “competencia de billeteras” (Guillier). Ni siquiera importa proponer que el Estado termine con las ONG que colaboran con la mantención de menores de edad, como propuso Beatriz Sánchez en un foro… organizado por el Hogar de Cristo; o que José Antonio Kast, en un arrebato, dijera que si Pinochet estuviera vivo, votaría por él. El paraguas del show da incluso para proponer cambiarle el nombre a la estación de Metro Los Leones por “Michelle Bachelet”, como dijera el rey del espectáculo, Marco Enríquez-Ominami.

Todo vale, todo sirve, con tal de que la cara del corpóreo gane minutos de prensa. Y mientras tanto, los políticos esperan que la gente les devuelva la confianza. Es difícil. Muy difícil. Porque a la hora de confiar, siempre vamos a preferir a los candidatos de verdad, por sobre a los corpóreos. La banalización de la política hace que de a poco vayamos prefiriendo candidatos sólo porque “dicen la verdad”, y no porque articulan una visión de país.

En tiempos en que se habla mucho de “legado”, una de las herencias que deja la campaña presidencial son estos corpóreos, que aunque no hablan, dicen mucho de nuestra política. Y lo que dicen no es bueno.

 

Rodrigo Pérez de Arce, coordinador de Cultura, Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO