Del episodio de los mails de los dos Cardenales de nuestro país, de lo que menos se habla es que alguien se los robó, para luego publicarlos en un medio digital. Ya sea mediante hacking a un computador o mediante sustracción física. Para todos quienes opinan, profusamente, sobre esta correspondencia privada, parece no importarles este hecho.
Publicado el 17.09.2015
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Del episodio de los mails de los dos Cardenales de nuestro país, de lo que menos se habla es que alguien se los robó, para luego publicarlos en un medio digital. Ya sea mediante hacking a un computador o mediante sustracción física. Para todos quienes opinan, profusamente, sobre esta correspondencia privada, parece no importarles este hecho.

Me recuerda el inicio de la trama del financiamiento de la política, cuando estalló el caso Penta, cómo muchos políticos se festinaron con los hechos que se iban revelando, de manera pasmosa, mediante filtración de mails. Y luego, volvió el boomerang y rebotó en la cabeza de varios de los vociferantes. Porque lo que le pasó a los dos Cardenales le puede pasar a cualquiera. Siempre habrá un medio de prensa que estime que la correspondencia “incautada” es de interés público.

El escándalo subsiguiente, que aún está lejos de aquietarse, muestra la cortedad de visión de nuestra sociedad y, en especial, de nuestra clase política. El vapuleo a la Iglesia Católica en Chile parece estar de moda. Antes, en la época del gobierno militar, había que estar del lado de ella porque fue instrumental en el tema de los DD.HH. Sea así. Hoy, con sus críticas al tema del aborto y a la reforma educacional, su “utilidad” baja, y por lo tanto se hace blanco propicio de ataques.

El tema del Tedeum de Fiestas Patrias, por ejemplo, se pone en entredicho por las críticas a la acción gubernamental, y a la mala convivencia nacional de paso, que podrían provenir desde el púlpito; soslayando el hecho de que estas mismas, o peores, se leen a diario en la prensa o se ven en la televisión, provenientes de lo que se llama, elegantemente, “fuego amigo”.

Al final, se confunden los planos. La Iglesia tiene su mensaje, su médula, que perdura por ya muchos siglos, mutándose lentamente con el paso del tiempo para actualizarlo de acuerdo a la mentalidad de los nuevos tiempos. Cosa distinta son los mensajeros del mismo: es decir, la jerarquía eclesiástica, que no son sino intermediarios del mismo. Hombres de carne y hueso, como usted y yo.

Si se examina este tema con perspectiva histórica, la Iglesia ha podido sobrevivir infinidad de ataques. Así como también ha podido sobrevivir a miembros de su jerarquía que no han sido idóneos o han tenido fallas manifiestas. Ello, posiblemente porque la sustancia de sus enseñanzas han permeado el alma de muchos fieles que se mantienen en su calidad de creyentes por la necesidad muy humana, muy atávica y muy societal de buscar raíces profundas: una “roca en la cual fundar sus vidas”.

Por otra parte, tanto la Iglesia como la política buscan capturar el imaginario colectivo e individual. Unos con enseñanzas profundas y otros con programas de gobierno prosaicos y de corto plazo. Este campo de batalla ha sido suficientemente analizado a través de la historia como para detenernos más en él. Solo anotar la “rivalidad” existente entre ambos bandos.

El problema se da en la asimetría de lo que se ofrece. Uno el largo plazo, una “osatura” sobre la cual el individuo construye, capa a capa, su existencia. El otro, una colección de promesas que, o no se cumplen, o se cumplen a medias, o se cumplen mal.

La otra asimetría existente es la de los plazos: con la velocidad, el vértigo se diría, de la vida moderna, hay tendencia a la mirada corta (no es así en todas las sociedades) y, por lo tanto, la política pareciera vencer en el corto plazo: sí, mientras las cosas van bien. La mirada integral, la del largo plazo, suscita la tentación de dejar la búsqueda de sentidos y de soluciones para más adelante.

Y luego, claro, la sensación de sentirse superiores: el individuo como dueño absoluto de su existencia y capaz de pontificar sobre sí mismo y sobre la sociedad. Sin freno y sin recato. Legislándolo todo, como si pudiese ser “el ingeniero de las almas”. Puede este método funcionar un tiempo, hasta que se cumpla un ciclo. Pero siempre pervive lo del yo profundo, lo místico, la certeza y los miedos. Algo para lo que la política, simplemente, no es sucedáneo.

Si se miran las encuestas, digamos la CEP o la Cadem, la Iglesia aún obtiene muchísimo mayor apoyo que los partidos políticos, el Parlamento o los políticos individuales. Algunos podrían argumentar que estos guarismos, en un plazo de tiempo, pueden subir o pueden bajar. Ello es probable. Pero lo que no muta nunca es la búsqueda de una lógica trascendente. Y de allí la resistencia a las acciones concretas que se suscitan dentro de nuestra sociedad. Lo demás es lucha por espacios de poder.

Al final, las sociedades cuyos políticos han buscado “vaciar el contenido trascendente” de sus vidas y de su “ethos colectivo” son las que, a la postre, sucumben, mutándose completamente y dando paso a nuevos ciclos políticos y sociales. Llámense Alemania Nazi, RDA o China Maoísta.

 

Enrique Subercaseaux, ex diplomático y gestor cultural.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO