Cada 26 de julio, hay varias reflexiones que surgen entre los cubanos en torno al frustrado asalto al Cuartel Moncada.
Publicado el 26.07.2016
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Hoy es 26 de julio y las autoridades del régimen cubano decretan, como cada año, la celebración del día en que Fidel Castro lideró, en 1953, con 131 voluntarios, el asalto al Cuartel Moncada, en la oriental Santiago de Cuba. Su objetivo: derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista, que había tomado el poder el 10 de marzo de 1952. El ataque fue un fracaso, con muchos muertos, heridos, represión y detenidos, entre estos últimos, aunque sin recibir magulladuras, el propio Fidel, quien se dio primero a la fuga pero se entregó a los pocos días sin disparar un tiro. Si bien fue condenado a un par de años de prisión por subversivo, fue amnistiado por Batista antes de cumplir dos años de su condena.

Muchos cubanos aún se preguntan cuán distinta habría sido la vida de la isla si Batista no se hubiese mostrado tan magnánimo al liberar a Castro y su gente y enviarlos al exilio mexicano, donde el futuro “máximo líder” organizó la expedición del yate Granma y la guerrilla que terminaría por derrocar, en enero de 1959, a la dictadura de Batista. Estos sucesos son dignos de Ripley: los mismos que no soportan en 1953 una dictadura de 16 meses, la derrocan e instauran una -me refiero a los hermanos Castro Ruz- que ya lleva la friolera de 57 años. Difícil hallar en la historia un ejemplo más nítido que el popular dicho “el remedio salió peor que la enfermedad”.

Hay varias reflexiones que surgen entre los cubanos en torno al frustrado asalto al Cuartel Moncada. La primera dice relación con el error histórico de Fulgencio Batista al liberar a su futuro principal enemigo. Y resulta interesante comparar las leyes entre la dictadura de Batista y los Castro: mientras en la primera un ataque a una guarnición militar podía desembocar en una amnistía de los atacantes antes de cumplir dos años de condena, bajo el régimen comunista una acción se considera traición a la patria e implica la muerte por fusilamiento.

Pero hay otro elemento que analizan los cubanos: Fidel Castro, el hombre que siempre ha exigido a los suyos luchar hasta la “última gota de sangre por la causa revolucionaria” (piénsese en el Moncada, la guerrilla en la Sierra Maestra, la batalla de Playa Girón o la guerra de Angola), optó por entregarse en la única oportunidad en que estuvo en el trance de escoger entre morir por sus ideales o rendirse. En este sentido, Castro no se diferencia mucho de otros dictadores que llamaron siempre a los suyos al sacrificio final, como Sadam Hussein y Muammar Gadaffi, quienes también se entregaron en su momento, creyendo que podrían salvar sus vidas. Y en este sentido también nos recuerda a Ernesto Che Guevara, el guerrillero que finalizaba sus mensajes con un “¡Patria o Muerte!”, y que en Bolivia se entrega al soldado boliviano diciendo: “¡No dispare! Soy el Che Guevara. Valgo más vivo que muerto”.

En torno al 26 de julio más de una vez se me acercó, aprovechando mi calidad de chileno, algún cubano para lanzar, como un dardo, un mensaje elíptico e insidioso en el marco del régimen: “Lo que son las cosas, chileno, Salvador Allende, que luchó siempre por la vía electoral, murió con un arma en la mano a la hora de los mameyes, pero Fidel, que ha apostado siempre por la vía armada, se entregó en la hora crucial”.

El 26 de julio fue una acción armada de jóvenes cubanos que cayeron creyendo en que luchaban por la justa causa de la restitución de la libertad, la democracia, el pluralismo y los derechos individuales en su isla. Para ellos, 16 meses de caudillo dictatorial eran ya intolerables. Ninguno de esos mártires cayó imaginando que su joven líder aspiraba a tomar el poder de forma vitalicia. En julio de 1953 Fidel Castro no era comunista ni marxista, sino militante del partido ortodoxo, y no había conocido a Guevara, quien lo introduce en las lecturas de Karl Marx en México, a partir de 1956. Guevara había obtenido nociones de marxismo en Guatemala, en 1954.

Todavía en 1959 y 1960, en entrevistas con la televisión de Estados Unidos (disponible en YouTube) y ante Naciones Unidas, Fidel Castro afirma que él no es comunista ni tampoco lo es su revolución. Por el contrario, critica al comunismo por imponer la censura, acabar con la libertad y ser incapaz de generar prosperidad. En 1961 da un giro radical en sus principios, declara el carácter socialista de la revolución y se define como comunista. A partir de ese momento, el régimen cubano intenta una nueva narrativa: todas las acciones previas de Castro, así como la guerrilla y la toma del poder construían las bases para la instauración del socialismo.

En los años en que viví en La Habana (1974-79), el 26 de julio había que acudir obligatoriamente a la Plaza de la Revolución a escuchar a Castro, si hablaba en la capital; los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) organizaban fiestas callejeras para las cuales recibían un suministro estatal especial de cerveza, humitas, yuca y masas de puerco por CDR, y era el único día en que las tiendas del Estado vendían regalos para los niños como si fuese la antigua Navidad. La celebración de la Navidad estaba prohibida porque se la consideraba “contrarrevolucionaria” y rémora del pasado religioso y capitalista.

Cada 26 de julio, aunque esté lejos de mi querida y maltrecha Cuba, me vienen a la memoria estas cosas. Era una época en que muchos tenían fe aún en el socialismo: existían la URSS y sus aliados, los líderes guerrilleros se acercaban a los 50, La Habana no estaba aún del todo destruida, los vecinos recibíamos una cuota especial de comida a través del CDR, los niños obtenían juguetes en honor a los asaltantes del Moncada y el “máximo líder” narraba la historia a su antojo.

Pero todos sabíamos en nuestro fuero interno que el régimen de Fidel ya casi triplicaba en años al de Fulgencio Batista, pero nadie pudo nunca ni siquiera imaginar que podría durar una eternidad.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

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