A un año de la muerte del destacado economista, es bueno revisitar sus memorias (Mi visión. Sobre la influencia U. Católica – U. de Chicago en el progreso económico y social de Chile) para entender su enorme aporte al desarrollo de Chile.
Publicado el 03.02.2015
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Tuve la suerte de conocer al profesor Ernesto Fontaine algunos años antes de que falleciera. Lamentablemente no fui su alumno, pero ¡cuánto disfruté largas conversaciones donde me contaba sus experiencias, anécdotas y “mirada del mundo”! Quizás lo que más admiré de él fue el entusiasmo por lo que hacía, la consecuencia de sus principios, su alegría, disfrutar de la vida -¡cómo sabía de autos!- y, por sobre todo, estar frente a un “verdadero profesor”.

Pude conocerlo gracias a un amigo común que organizó una comida que hasta hoy recuerdo. No fue tan “alegre” –en el concepto como las que él relata en su libro en Chicago-, pero no la olvidaré, pues duró hasta altas horas y nadie quería irse. Me interesaba conocerlo, ya que yo había estudiado a los Chicago Boys –e incluso tuve el honor de trabajar con varios de ellos, como Pablo Baraona y Alvaro Bardón- y había leído su Clase Magistral en la Residencia Universitaria La Cañada (en Concepción), texto que dio origen al libro que comentamos. Me confesó que tenía el manuscrito listo y quería publicarlo. No entendí por qué no lo había hecho en otra editorial, pero sin dudarlo, y sin tener los recursos, me tiré a la piscina y le ofrecí hacerlo por Democracia & Mercado, think tank de inspiración liberal clásica que promueve los valores de la sociedad libre. A los pocos días ya contaba con la ayuda de la Facultad de Gobierno de la Universidad del Desarrollo, donde su decano Eugenio Guzmán y el profesor Juan Pablo Couyoumdjian impulsaron con entusiasmo la publicación. Aún recuerdo la presentación del libro “Mi visión”. Fue un verdadero homenaje “en vida” a uno de los hombres que, tal vez, silenciosamente, sin cargos públicos, ingresó a la historia de Chile como uno de los artífices de la transformación económica chilena. Uno de los padres fundadores.

A un año de su fallecimiento –enero del 2014- y a punto de cumplirse 40 años (abril 1975) de la puesta en marcha del Plan de Recuperación Económica, me pareció oportuno recordar su libro.

“Mi visión. Sobre la influencia U. Católica – U. de Chicago en el progreso económico y social de Chile”, es un libro fascinante. Mezcla la memoria histórica y los recuerdos personales con la opinión de coyuntura, debido a la inclusión –de manera atractiva y novedosa- de sus columnas de prensa en El Mercurio, las que van intercalándose con el relato. Tal como afirma en el prólogo Arnold Harberger (Alito), “el padre” de los Chicago boys y amigo personal de don Ernesto: “Este no es un libro típico en ningún sentido. Al leerlo, es posible sentir que se están compartiendo la vida, experiencias, alegrías y frustraciones de un ser humano admirable con una carrera sobresaliente. Es como si Ernesto estuviera conversando con uno, compartiendo este o ese problema, explicando este o ese acontecimiento, y expresando admiración por el logro de otros y una tremenda lealtad a sus amigos, a sus profesores, a sus compañeros de la escuela, así como también a sus propios colegas y estudiantes”. Así era don Ernesto, querido, admirado, y tantas veces elegido el mejor profesor de la Facultad de Economía, pese a su fama de exigente con los alumnos.

“Mi visión” es un recorrido de la historia de Chile desde mediados de los 50 hasta comienzos del siglo XXI. Se relatan todos los problemas que sufrió el país en aquellos años previos al golpe de Estado de 1973, y cómo ellos hacían imposible que el país diera el salto al progreso. Un estatismo ambiente, fuertemente proteccionista, inflación endémica, un país agobiado por el “amiguismo” (crony capitalism, diríamos hoy), con huelgas, tomas, altísimos impuestos, distintos tipos de cambio, cuotas de divisas y en el que Verdejo, ese popular personaje de Topaze que representa a Chile, siempre “pagaba el pato”, pues estaba “La Escoba”. Dice Fontaine: “El Verdejo del Topaze no era una exageración de la facha y estado físico del pobre de ese entonces: bajo, descalzo, harapiento, desaseado, desdentado y con nariz de vino tinto”.

Fontaine se pregunta por qué fracasó en el pasado la acción del Estado. Y su respuesta es “por pecados de acción y omisión nuestros gobernantes establecieron precios mentirosos: el monopolio fue no solo tolerado, sino protegido por la autoridad… (se) entorpeció el natural funcionamiento de los mercados en respuesta a intereses de grupos de presión que abusaron del poder estatal para su propio beneficio, si bien algunas veces al político respondió a esquemas y modelos económicos de escritorio que ingenuamente soñó que eran más eficaces que el mercado en la asignación de recursos”.

Este Chile pobre lo conoció muy bien Harberger, pues desde 1955 –fecha en la que vino por primera vez al país para avanzar en un convenio entre la Universidad de Chicago y una universidad chilena– no dejó (ni ha dejado) de venir todos los años, lo cual le entregó una perspectiva muy clara del denominado “milagro chileno”. Incluso, en 1956 publicó un “Memorandum sobre Chile” (publicado en Estudios Públicos Nº77, 2000) en el que relata el Chile de entonces, y que en este libro ratifica agregando que cuando Chile se sumergió en el caos durante la Unidad Popular, “El Ladrillo”, fue quizás “el único proyecto extenso y coherente relativo a la reforma que se encontraba disponible al momento en que el gobierno militar asumió el poder”… Agrega: “Poner en orden este caos fue un enorme logro, que sólo pudo ser posible gracias a la experiencia profesional, cohesión y dedicación personal de todo un cuadro de líderes”.

Cómo surgió el convenio, su vida y estudios en Chicago, el regreso a Chile, la transformación de la Escuela de Economía, El Ladrillo, su experiencia en el exterior, el regreso a “la Católica”, cómo fueron saliendo los profesores a ocupar cargos en el gobierno y otros fueron a empresas, mientras ellos proveían de ese capital humano, es una parte del relato que nos entrega este libro desde la perspectiva de quien lo vivió en primera persona, convirtiéndose de esta forma en un documento fundamental para quien quiera entender en serio lo ocurrido en Chile y darse cuenta que por lo general las teorías de la conjura, los planes cuidadosamente pensados y estratégicamente diseñados y aplicados son menos frecuentes que la acción humana, el orden espontáneo de los individuos y sobre todo el día a día de los seres humanos.

Siempre me pregunté por qué Augusto Pinochet se inclinó por este camino y no tomó otro. Hay muchas teorías, pero una de las variables fundamentales fue la coherencia, solidez y homogeneidad de un grupo humano (“los Chicago boys”), que iba más allá de su formación, sino por los estrechos lazos creados por una amistad que tenía una además un objetivo y una épica común: transformar Chile. Nunca mejor dicho: Las ideas tienen consecuencias, hay que perseverar, tener convicción, promoverlas y defenderlas.

Fontaine lo relata de la siguiente manera: “En Chicago nos hicimos todos muy amigos y solidarios en nuestros estudios y demases… Estudiábamos como locos y fuimos buenos alumnos. Alito Harberger era nuestro consejero y “hermano mayor”, quien a eso de las 11 o 12 de la noche nos pasaba a visitar a nuestra sala de estudios para llevarnos al Jimmy’s, un bar en los alrededores del Campus en Hyde Park. Desde allí, algunas veces nos íbamos al departamento de Alito… y conversábamos hasta la madrugada. Una de esas noches en que estábamos bastante “alegres”, Harberger nos dijo que seríamos en el futuro conocidos como “Los Tigres de Chicago” y que cambiaríamos el “pelo” de Chile (Carmen Tessada, una de mis primeras alumnas y nuestra directora docente “desde siempre”, fue responsable de que fuéramos conocidos como los Chicago Boys, pues así se refirió a nosotros en una entrevista que tuvo mucha difusión.

Recuerdo que en la euforia de una de esas noches hicimos una especie de pacto de honor mediante el cual nos comprometimos a volver a la Católica para transformar a la Escuela de Economía en, primero, la mejor de Chile y, después, de Latinoamérica; a reformar la Universidad; a reformar la política económica del país, primero, y de la Región, después, y transformar la manera de manejar las empresas públicas y privadas del país. ¡Qué sueño tan audaz! ¡Qué satisfacción nos da y cómo agradezco a Dios poder comprobar en vida que gran parte de ese sueño se ha hecho una realidad!”

“Alito conoció a su esposa chilena, Anita, durante una de esas fiestas, constituyéndose en la pareja más querida y protectora de todos los chilenos –más de 100- que pasaron por el campus en Hyde Park. Se casaron en Europa en 1958, desde donde la hizo llamar Alito. Recuerdo como si fuera ayer el día que la fuimos a dejar al National Airport, despidiéndola alegremente con cantos -¡cómo nos gustaba La Bamba!-, Luis Arturo (Lafa) con su guitarra al cinto y nosotros con bongos y maracas. Una noche, como a las dos de la mañana, aparecieron Alito y Anita –recién pololeando-, y al entrar nos lanzaron un enorme tigre por la cabeza, el cual pasó a ser la mascota de los “Tigres de Chicago”.

Así es como se va construyendo este relato, sin perder de vista el profesionalismo, como el reconocimiento que hace Harberger, y la importancia que asigna Fontaine a la importancia de la Evaluación de los Proyectos. El curso CIAPEP, cuyo prestigio traspasó las fronteras.

A los temas antes mencionados se suman nombres de sus protagonistas. No los reproduciremos aquí porque sería larga la lista de exalumnos y profesores que se menciona, pero entregan al lector un relato humano, alejado de la calculadora o la tecnocracia con la que a veces se caricaturiza –no exenta de razón- las ideas del libre mercado. El propio Fontaine, hablando del slogan “crecimiento con equidad” y del desafortunado concepto del “chorreo”, en 1991 escribió: “¡Qué problemas tenemos los economistas con tratar de usar un lenguaje sencillo para referirnos a temas complicados, pues las imágenes distorsionadas de esas palabras son atroces! Quizás por ello a muchos colegas les gusta hablar en difícil”.

En este sentido, este trabajo viene a complementar otros libros escritos sobre el tema. Desde el clásico Los economistas y el presidente Pinochet, de Arturo Fontaine; Una trascendental experiencia académica, de Gonzalo Vial; La Escuela de Chicago, de Francisco Rosende, hasta La Escuela de Chicago, la operación Chile, de Juan Gabriel Valdés, dentro de un largo listado de otros libros.

Fontaine va más allá, pues no se detiene en la puesta en marcha, sino que el relato continúa a través del gobierno militar hasta el retorno a la democracia.

Veamos algunas muestras al respecto:

Escribió en 1989: “Una de las mentiras (falacias) más difundidas es que las universidades deben ser gratis para permitir el acceso a los pobres a la educación superior… La universidad gratis fue un subsidio a los no pobres, pagado por los más pobres mediante menores asignaciones presupuestarias a los niveles básicos de educación, sueldos indignos para los maestros y un deterioro de la calidad de la enseñanza impartida, disminuyéndose aún más el acceso de ese grupo social a la universidad”.

Antes, en 1988 escribió: “El juicio generalizado de que el Estado –es decir, quienes pagamos impuestos y Moya, pues éste es receptor de “verdaderos” gastos sociales que compiten por los fondos fiscales- es quien debe asumir el financiamiento de las universidades está tímidamente pasando a la historia. Se creía que dicho financiamiento debía ser “total”, para garantizar que la universidad fuese “gratis” para todos, con lo cual los estudiantes serían receptores de un regalo –transferencia de ingresos- financiados por los contribuyentes y por Moya… Hoy empieza a comprenderse que si bien es el país quien se beneficia con tener profesionales, casi todo ese beneficio es captado directa y personalmente por quien se hace profesional. Si es él quien se beneficia en lo personal, ¿por qué han de subsidiárseles sus estudios? ¿recibe, acaso, algún subsidio o crédito subsidiado quien desea invertir en el estupendo negocio de plantar kiwis, so pretexto de que es el país quien se beneficia con ello?”.

Hablando de las reformas económicas del gobierno militar, señala: “La primera gran reforma fue la liberalización, la desregulación y la apertura de los mercados… junto con poner orden a las finanzas públicas y al caos en que estaba el país, producto principalmente del no respeto a los derechos de propiedad…”.

Decía más arriba que su percepción va más allá de lo económico, porque tal como escribió en 1988, él percibe que lo ocurrido en Chile fue “una revolución cultural e iconoclasta de viejos moldes y tabúes que impregnaron a nuestra generación en materias económicas y sociales”.

En síntesis, podríamos extendernos más de lo ya debido para una reseña, pues el libro lo amerita. Sin embargo, para concluir quisiera destacar un punto en el que coincide con su profesor de Chicago, “Alito” Harberger, y es que si bien en el origen del “milagro chileno” jugó un papel fundamental la transformación de la enseñanza de la economía y las medidas que se implementaron con “El Ladrillo”, y especialmente bajo el liderazgo de otros tres padres fundadores, como son Jorge Cauas (que asume en 1975), Sergio de Castro (que asume en 1976) y Hernán Büchi (que asume en 1985), lo más notable fue el consenso a nivel país que se logró a partir de los años 90 cuando la Concertación asume como propia el marco fundamental de la política económica.

En otros lugares hemos dicho que este es el “consenso de Chile”, es decir, la convivencia de la libertad política –democracia- con la libertad económica (mercado). Quizás ahí esta el “secreto” de la exitosa transformación económica chilena.

 

Angel Soto, Profesor Universidad de los Andes.