Entre los países que participaron en esta negociación multilateral, Chile tenía una ventaja sobre todos los demás, pues ya tiene tratados bilaterales de libre comercio vigentes con cada uno de ellos. Así, Chile mantuvo abierta su opción de permanecer en la negociación hasta el final, si el acuerdo resultaba ventajoso, o retirarse, si sus intereses no quedaban resguardados.
Publicado el 29.01.2016
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Tras casi seis años, ha finalizado la negociación del acuerdo comercial más avanzado y comprehensivo que se haya concebido hasta la fecha, esto es, el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, más conocido por su sigla (TPP). A pocos días de su firma, se anticipa un debate que en otros países ya comenzó, como se ha visto en la campaña de las primarias para la presidencia, en los Estados Unidos de América. Pero a diferencia de las manifestaciones del interés público cuando se negociaron otros acuerdos similares, como el NAFTA, ahora las opiniones se expresan por “las redes sociales”, elevando la visibilidad (aunque no el nivel) del debate. Es probable que veamos replicarse en nuestro país manifestaciones masivas vistas en otros lugares, de los opositores a todo lo que huela a expansión del comercio, el libre mercado o la inversión extranjera. En Chile, la controversia sobre el TPP se inauguro con la opinión crítica y opuesta al parecer oficial del gobierno, expresada por el embajador de Chile en México, poniendo a las autoridades en una situación incómoda.

Hay que recordar que el TPP tuvo su origen en el llamado P-4, un acuerdo suscrito el año 2005 entre Chile, Nueva Zelanda, Singapur y Brunei, cuyas cláusulas de liberación del comercio y  objetivos más allá de lo arancelario, lo convirtieron en un modelo a seguir entre los países ribereños del Pacífico, con un número cada vez mayor de países interesados en adherir a él.  Así, lo que comenzó como un intento por ampliar el P-4, acabó transformándose en la negociación de un nuevo acuerdo, el TPP, conformado por una docena de países de ambos lados del Pacífico, que van desde EE.UU. y Canadá hasta Vietnam, Japón y Malasia, pasando por Australia, México, Perú, junto a los cuatro miembros originarios del P-4.

La negociación del TPP ha sido aun más compleja de lo que su larga duración sugiere. El número y diversidad de las partes comprometidas, los intereses contrapuestos y las  desmedidas exigencias iniciales puestas en discusión, son sólo algunos de los factores que complicaron el proceso de negociaciones, al punto de llegar a su cuasi paralización en más de una etapa. Por otra parte, la percepción pública que irradió la negociación no ayudó para nada a su avance, por lo que apareció como una negociación rodeada de un secretismo extremo.  No es de extrañar que se hayan suscitado tantas controversias sobre un acuerdo cuyo texto aún no era conocido por el público.

Como suele suceder, mientras menos se conoce un tema, más opiniones se vierten acerca del mismo, con la consiguiente proliferación de mitos y caricaturas en torno a él. Y en cada país o región, las opiniones masivas reflejan las motivaciones colectivas. En los EE.UU., por ejemplo, la preocupación principal sobre cualquier acuerdo comercial centra el debate en torno a cómo afectaría el eventual acuerdo a la creación de más empleos. En nuestro vecindario, en cambio, las primeras opiniones sobre acuerdos comerciales vienen de la mano de grupos cuya principal preocupación se refiere a “la explotación de las multinacionales” o “las tendencias  hegemónicas del imperialismo”. Para ser objetivos, digamos que no siempre todas las consignas carecen de fundamentos. Habría sido inexplicable que no hubiese habido reacciones contrarias a algunas de las propuestas iniciales levantadas por los EE.UU., que incluían disposiciones que se interpretaron como intentos por limitar la libre expresión, por lo que podría afectar el uso de internet, por ejemplo. Lo mismo se aplica a los niveles de proteccionismo extremo que originalmente buscaban las grandes empresas de la industria farmacéutica. Pero, como en toda negociación, las posiciones se fueron moderando y los intereses se fueron compatibilizando, hasta llegar al texto final que parece satisfacer a todas las partes.

Siendo Chile un país que (pese a todo) sigue viviendo de sus exportaciones, conviene a todos abordar el debate que se avecina con objetividad. En temas que hacen a los medios de subsistencia fundamentales para nuestra economía, promover un intercambio informado y responsable de ideas y opiniones sobre estos asuntos es un deber colectivo. Especialmente, cuando se trata de asuntos en los cuales resulta fácil adherir a propuestas o protestas de corte populista, en las cuales los slogans suelen superar a las ideas. Es lo que está ocurriendo en los Estados Unidos, donde las posiciones tradicionales de los partidos en relación con las políticas comerciales se han desdibujado, en gran medida, por la irrupción de planteamientos de corte populista (del tipo que utiliza, por ejemplo, Donald Trump). Desde la vereda de enfrente, Hillary Clinton no se queda atrás. Dio una voltereta; después de haber apoyado las negociaciones del TPP cuando era Secretaria de Estado, ahora hace un viraje para no distanciarse de los sectores demócratas mas proteccionistas, que podrían sentirse mejor representados por Bernie Sanders en materia de políticas comerciales. Como se ve, la tentación del populismo no reconoce fronteras.

En Chile, en un comienzo surgieron legítimas dudas sobre la conveniencia de suscribir un tratado multilateral más, en circunstancias que Chile ya tiene acuerdos bilaterales de libre comercio con cada uno de los países que forman parte del TPP. Una vez iniciada la negociación, aparecieron críticas fundadas de quienes advirtieron sobre la inconveniencia de suscribir el acuerdo si ello afectara, como en un inicio parecía hacerlo, la capacidad de Chile de acceder a medicamentos a precios razonables, debido al proteccionismo extremo que exigía la industria farmacéutica estadounidense a sus negociadores. El peligro que amenazaba nuestros intereses en esa área se despejó en los tramos finales de las negociaciones, y con ello, desapareció uno de los principales obstáculos para la firma del acuerdo por parte de Chile.

Finalmente, se impuso el criterio de mantenernos en el proceso de negociación midiendo en cada etapa la relación costo–beneficio del acuerdo. Entre los países que participaron en esta negociación multilateral, Chile tenía una ventaja sobre todos los demás, pues ya tiene tratados bilaterales de libre comercio vigentes con cada uno de ellos. Así, Chile mantuvo abierta su opción de permanecer en la negociación hasta el final, si el acuerdo resultaba ventajoso, o retirarse, si sus intereses no quedaban resguardados. La primera reflexión que surge de esa posición privilegiada llevaría a concluir que, si Chile decidió mantenerse hasta el final y suscribir el TPP, es porque los beneficios del tratado resultaron ser mayores que el costo de las obligaciones multilaterales contraídas. Al respecto, resultan tranquilizadoras las palabras del encargado de la política de comercio exterior de Chile, explicando el ánimo que orientó a los negociadores chilenos en el TPP: “Hay que ser pragmáticos; al fin y al cabo, en política exterior, uno defiende intereses nacionales”. Esto, que pareciera ser algo de perogrullo, no lo es tanto, a juzgar por la experiencia extraída de nuestra participación en otro tipo de acuerdos en el ámbito político… pero esa es “harina de otro costal”.

Sería deseable que el debate en torno al TPP se focalice en el análisis objetivo de sus efectos en los diversos sectores nacionales involucrados. En lo netamente comercial, el mejor acceso a mercados para las exportaciones chilenas y la reducción de plazos para la desgravación o eliminación de aranceles para nuestros productos, son factores a considerar. Pero, por la propia naturaleza del acuerdo, más avanzado y con mayor cobertura temática que aquella de los primeros TLC suscritos por Chile, la evaluación de sus beneficios deberá hacerse con una mirada más amplia y sin perder de vista el peso que tienen los intereses nacionales vinculados a nuestra estrategia de desarrollo, basada en la libertad de comercio.

 

Jorge Canelas, Cientista Político y Embajador (r).  

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO