El triunfo electoral de Sebastián Piñera no sólo fue contundente en el plano chileno, sino que también robustece el giro liberal de la región.
Publicado el 26.12.2017
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La lucha por las ideas y el poder entre fuerzas políticas liberales e iliberales es, en la actualidad, una realidad tan fuerte en Europa como en América Latina. En el viejo continente la democracia se encuentra amenazada por los Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan, Viktor Orbán y Jaroslav Kaczynski, entre otros. Acá, tenemos que lidiar con Raúl Castro, Evo Morales, Nicolás Maduro y Daniel Ortega, que se agrupan en el Socialismo del Siglo XXI y en el Foro de Sao Paulo. A partir de la llegada de Mauricio Macri y la derrota del kirchnerismo en la Argentina, la tendencia regional ha sido contraria al populismo.

El tema es que el eje bolivariano no ha muerto del todo. Macri ha demostrado una acertada gestión, pero en su intento por levantar a la Argentina tiene que vencer el estado de corrupción y postración del perenne populismo local. Michel Temer, empeñado en el proceso de reformas que Brasil requiere para su modernización, todavía sobrevive a pesar de los problemas de corrupción internos y el espectro del popular Lula. El tecnócrata liberal de Pedro Pablo Kuczynski se debate entre la vida y la muerte (políticas) para mantener al Perú en la senda del desarrollo. Y, por último, el fenómeno bolivariano no cede tras la consolidación de la dictadura en Venezuela, el intento de reelección de Morales en Bolivia y las maniobras de Correa para debilitar a su sucesor en Ecuador.

En ese contexto, la victoria de Chile Vamos representa un respaldo clave para que la democracia y las fuerzas liberales florezcan en la región. El mandato de las urnas chilenas demuestra, primero, que una mayoría importante (¿clase media?) se inclinó por la moderación y las posiciones de centroderecha y, segundo, que la democracia y la estabilidad política están garantizadas por la alternancia en el poder, cosa tan difícil todavía en muchos otros países.

Nuestro país podrá volver a crecer y avanzar sobre la base del diálogo, el consenso y los acuerdos para la solución de los problemas más acuciantes de la población, algo que había sido desterrado por sectores de la izquierda chilena en su afán ideológico refundacional y populista. Tendremos también la posibilidad de alcanzar nuestros objetivos, evitando la política confrontacional que tanto daño le ha hecho al país en el pasado.

A pesar de ese logro, ampliamente reconocido en el exterior, poco reparamos acá en el impacto que tiene el Presidente electo Piñera como un ‘efecto contagio’ favorable en el resto de la región. De hecho, muchos se preguntaban en el exterior por qué Chile se detuvo en su derrotero de progreso y liderazgo económico, por qué su política exterior -tradicionalmente pragmática- adquirió un repentino sesgo ideológico, y por qué la elite política de la izquierda chilena decidió repentinamente abandonar el exitoso modelo de desarrollo del país. Ahora, el contundente triunfo de Chile Vamos viene a cambiar esa imagen deteriorada del país y confirma el compromiso chileno por la defensa de la democracia y los derechos humanos, la promoción del regionalismo abierto (Alianza del Pacífico), y por un liderazgo mucho más decidido en favor de la integración regional.

El segundo mandato de Sebastián Piñera tiene, entonces, enormes desafíos por delante, tanto en lo interno como en lo externo. En esto último en particular, los retos van desde el simple hecho de recuperar la credibilidad y el prestigio internacionales, hasta la implementación de diversas políticas básicas que fueron debilitadas o ignoradas por la Nueva Mayoría. De partida, sigue pendiente la necesidad de fortalecer la institucionalidad del servicio exterior chileno como parte de la modernización del Estado.

Otro requerimiento relevante es la formulación de una verdadera diplomacia pública, ya no sólo para transparentar la gestión diplomática, sino para que las políticas resultantes cuenten con la comprensión y el consenso de la opinión pública nacional (políticas de Estado).

Nuestra política exterior debe ser clara y reconocible, tanto para nuestros compatriotas como para terceros países. Entre otros objetivos, deberemos: cuestionar sin ambages y en las instancias que corresponda (Grupo de Lima, OEA y ONU) a los Estados latinoamericanos que atentan contra los principios y valores universales (¿incluso aplicando sanciones?); retirarnos de los foros que se han visto desnaturalizados por los regímenes bolivarianos (Celac y Unasur); mejorar la concertación política con las naciones que nos son más afines (Argentina, Colombia, Brasil, México y Perú); y mantener una política internacional que sea seria y responsable. Por ejemplo, hay que poner fin a la apertura no justificada o no sustentable de embajadas en el exterior, debemos terminar con los votos ‘políticos’ en la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, o bien, evitar la tentación de mediar en crisis de terceros, sobre todo cuando ello beneficia a las autocracias y va en desmedro de las fuerzas democráticas.

En fin, a Chile se le debe reconocer como el país que alguna vez fue, el del “asilo contra la opresión”, el que practica lo que predica, el que siempre está abierto a la integración, y el que ha sido líder en la búsqueda de nuevos horizontes.

 

Juan Salazar Sparks, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI

 

 

Foto: Guillermo Viana-gv/GCBA