Las discusiones siguen dando vuelta en los mismos ejes, y muchos de los que opinan no han pisado una sala de clases sin ser alumno.
Publicado el 20.09.2014
Comparte:

Mientras todo el país debate sobre reformas educacionales, entre dimes y diretes de los diversos personajes políticos y los actores involucrados, discuten sobre reacciones y consecuencias de las nuevas propuestas, en las salas de clases las cosas siguen exactamente igual. Profesores, educadoras, técnicos y otros especialistas siguen dando día a día la batalla en terreno de lo que significa educar.

Trabajar con grupos humanos nunca es sencillo, sin embargo, la tarea se complica aún más cuando estos sujetos tienen cortas edades y están en proceso de formación. Todos con mayor o menor grado conocemos lo  que significa tener un niño en casa, aunque sea por breves momentos. Ahora, ¿Se imagina lo que es tener 25, 30 o 35 (y más) en espacio reducidos, por largas jornadas, altas exigencias y todos a su cargo? ¿Se imagina lo que es ser profesor?

Como educadoras no sólo enseñamos, también somos artistas plásticas, cantantes, psicólogas, arquitectas, guardias de seguridad, árbitros, actrices, deportistas, coreógrafas, chef, diseñadoras, historiadoras, científicas y detectives, mientras duplicamos ojos y oídos. Todo esto en escaso tiempo, con recursos limitados, bajas remuneraciones y nada de reconocimiento por parte de la sociedad. No son novedad los bajos sueldos de nuestros profesores (alrededor de $500.000; suma nada despreciable, pero como para repensarlo cuando definimos el impacto de los docentes en el futuro de Chile) ni la cantidad de horas lectivas y no lectivas (75% del tiempo frente a un curso; el promedio más alto entre los países de la OCDE).

La verdad es que las discusiones siguen dando vuelta en los mismos ejes, y muchos de los que opinan no han pisado nunca una sala de clases sin ser alumno.

Todos los días miles de profesionales se la juegan realmente por la educación, con la camiseta mojada, empapada de una profesión caótica, que sólo puede ser enfrentada con verdadera vocación y entrega. Porque la emoción de ser educadora cuando un niño logra un avance, cuando aprende a abotonarse el delantal solo, cuando escribe su nombre, cuando descubre, aprende y crea algo nuevo, no tiene precio ni comparación.

Francamente no creo que nadie que esté hoy en sala haya entrado con la finalidad de hacerse millonario o crear un nombre de prestigio y privilegios. Sin embargo, les debemos como sociedad recompensas justas por la gran labor que ejercen sincera y profesionalmente, en  una  discusión en que no tienen ni voz ni voto. Porque docentes, educadoras y técnicos en educación, se han ganado con sacrificio y de forma anónima la re-dignificación de la carrera docente, que les entregue más facilidades y que aumente significativamente los sueldos de quienes lo dejan todo por los niños.

 

Carolina Valenzuela, Coordinadora General Imagina Educación.

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO