Los economistas deberían ser un poco más humildes, porque se equivocan mucho. Después de todo, sus modelos tan 'racionales' se basan en 'supuestos' y 'hechos estilizados' que pueden sobresimplificar la realidad y cuya ponderación es, al final, una decisión más subjetiva que matemática.
Publicado el 23.11.2016
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Tener un doctorado en Economía no es suficiente para ser un buen Presidente de la República. Ni siquiera para ser un buen ministro de Hacienda, como lo demuestra el caso de Alberto Arenas. Tampoco basta con ser un emprendedor muy exitoso para ser un gran mandatario, pues el éxito empresarial nunca ha sido credencial suficiente para dirigir correctamente un país, como lo puede demostrar el caso de Collor de Melo en Brasil.

Los países no son empresas, como nos decía en 1996 el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, quien escribió: “Un ejecutivo que ha conseguido un billón de dólares está escasamente preparado para decirnos cómo dirigir una economía de varios trillones”. Es cierto: los países son bastante más complejos, pues son menos jerárquicos que una corporación privada y, por lo tanto, menos controlables y previsibles. Los países están compuestos por personas que se enfrentan y luchan por defender sus intereses y votan como les da la gana, no por empleados que obedecen o son despedidos. Los ciudadanos no nos comportamos siguiendo los razonamientos de un modelo econométrico que nunca se desalinea, nunca se declara en huelga, nunca hace otra cosa que no sea la programada por un matemático o un estadístico.

Por eso resulta tan llamativo que un economista tan cualificado y prestigioso como Klaus Schmidt-Hebbel parezca olvidar que en una democracia no son los doctores en Economía los que deciden quiénes ganan las elecciones. También tienen mucho que decir los analfabetos, los humanistas y los músicos, los artistas y los diseñadores, los albañiles y los mecánicos. Todos ellos tienen derecho a voto, aunque nunca hayan puesto un pie en el MIT o en Harvard. Y por supuesto que también tienen mucho que decir los precandidatos sin doctorado a los que Schmidt-Hebbel ninguneó en una entrevista publicada el fin de semana, como Alejandro Guillier o Manuel José Ossandon, simples senadores de la República que no conocen Oxford ni La Sorbonne, pero que han ganado elecciones seduciendo a cientos de miles de votantes.

“No veo que un periodista, aunque sea popular, pueda dominar a un ex Presidente que es un doctor en Economía, como Ricardo Lagos”, asegura con contundencia Schmidt-Hebbel, pese a que la mayoría de los simpatizantes de la Nueva Mayoría apoya a Guillier. “Por el otro lado, no veo que un ex alcalde de Puente Alto debiera hacer mucha collera a un ex Presidente de Chile, también doctor en Economía, como es Sebastián Piñera”, remata este eximio profesor universitario.

La arrogancia de los economistas ha sido tratada más de una vez por el intelectual venezolano y ex ministro de Fomento de ese país Moisés Naím. En 2006, Naím escribió: “El complejo de superioridad intelectual de los economistas tiene mucho que ver con su orgullo por las sofisticadas técnicas estadísticas… Esto con frecuencia los lleva a estar convencidos de que sus métodos son superiores y más rigurosos que los de las demás ciencias sociales”. En 2015, Naím volvió al mismo tema: “La crisis económica que aún vive el mundo y la incapacidad de los economistas para ofrecer soluciones sobre las cuales hay un significativo consenso revela que su instrumental teórico necesita urgentemente una inyección de nuevas ideas, métodos y supuestos sobre la conducta humana. Es difícil que esto ocurra mientras prevalezca la arrogante insularidad intelectual de la elite que actualmente rige de manera férrea y miope las investigaciones económicas”.

La soberbia no es el único pecado capital de muchos economistas. También lo es el hecho de que no siempre declaran sus conflictos de interés. Muchos de ellos pontifican desde la academia pero al mismo tiempo son directores de grandes bancos y empresas, y sus estudios y modelos pueden haber sido confeccionados a la medida y gusto del cliente, lo que quedó de manifiesto durante la última crisis global con el caso del reconocido profesor y consultor Frederic Stanley Mishkin, quien publicó un informe titulado “Estabilidad Financiera en Islandia”, encargado precisamente por la Cámara de Comercio de ese país europeo. Cuando después la economía islandesa se hundió y se comprobó que todos los fundamentos económicos defendidos por Mishkin eran una fantasía, el reconocido profesor no tuvo problemas en cambiar el título de su informe por otro más pertinente: “Inestabilidad Financiera en Islandia”. Fue por ese tipo de fallos que el destacado columnista del New York Times David Brooks escribió: “el comportamiento económico puede ser previsto con precisión a través de modelos muy elegantes, que nos pueden servir para explicar un montón de cosas, pero no para explicar la crisis financiera actual, el hecho de que tanta gente haya sido tan estúpida, incompetente y autodestructiva al mismo tiempo”.

Los economistas deberían ser un poco más humildes, porque se equivocan mucho. Después de todo, sus modelos tan “racionales” se basan en “supuestos” y “hechos estilizados” que pueden sobresimplificar la realidad y cuya ponderación es, al final, una decisión más subjetiva que matemática. Si agregamos a lo anterior la presencia cada vez mayor de “cisnes negros”, como el Brexit o la elección de Trump, debemos aceptar de una buena vez que “lo que no sabemos es más importante que lo que sabemos”, como explica tan acertadamente Nassim N. Taleb. Eso podría explicar, al menos en parte, por qué las proyecciones que hacen los economistas cada enero pueden apartarse tanto de los datos macroeconómicos que se conocen en diciembre, y por qué los organismos multilaterales, gobiernos y bancos centrales pueden corregir tan abruptamente sus estimaciones.

El mismo Alan Greenspan tuvo que pedir disculpas ante el Congreso de Estados Unidos por sus errores y “supuestos falsos”, bajo su presidencia de la FED. Otro desacierto monumental fue el de Kenneth Rogoff y Carmen Reinhart, quienes publicaron un artículo en la prestigiosa revista The American Economic Review, que fue reiteradamente citado por los impulsores de una mayor austeridad fiscal en Estados Unidos y Europa, pues concluía empíricamente que cuando la deuda fiscal de un país sobrepasa el 90%, el crecimiento económico empieza a decaer. Algunos años después, sin embargo, “la mayor mentira macroeconómica de los últimos tiempos” fue desenmascarada por un universitario que revisó la planilla Excel de Rogoff y Reinhart, y comprobó que sus cálculos habían sido mal sacados.

Al menos, Greenspan, Rogoff y Reinhart reconocieron sus desaciertos, algo que nunca ocurre por estas latitudes. El mismo Schmidt-Hebbel anunció hace justo un año que Chile caería en recesión en el tercer trimestre de 2015, lo que no pasó. “Nos salvamos jabonados”, dice ahora este muy estudioso Ph.D. Pues sí, los doctores en Economía también se equivocan.

 

Ricardo Leiva, doctor en Comunicación, Universidad de Navarra

 

 

 

Foto: Rodrigo Sáenz/AGENCIAUNO.