La ingenua esperanza de que ahora sí tendremos un sistema electoral que deje contentos a todos pronto será remplazada por voces de protesta y por la sensación de engaño entre aquellos que se creyeron el cuento de que hay sistemas electorales mejores que otros.
Publicado el 28.04.2015
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Si bien había buenas razones para querer reemplazar el sistema binominal, el nuevo sistema electoral que entró en vigencia ayer será un inmejorable ejemplo en que el remedio termina siendo peor que la enfermedad. Porque las campañas serán más caras, los legisladores en ejercicio más invencibles y mayores las distorsiones entre las preferencias de la gente y la distribución de escaños en el Congreso, muchos de los que hoy celebran el fin del binominal terminarán siendo críticos igualmente acérrimos del nuevo sistema electoral.

Como todos los sistemas electorales, el binominal tenía sus fortalezas y debilidades. Pero además hay ciertas distorsiones típicas de cualquier sistema proporcional con lista abierta que mucha gente atribuía equivocadamente como distorsiones del binominal.

Entre sus bondades, el binominal obligaba a los partidos a formar coaliciones y reducía el número de partidos con representación en el Congreso. Las dificultades que tienen los sistemas parlamentarios para formar coaliciones de gobierno hacen que, por más que la gente quiera lo contrario, muchos partidos minoritarios ejerzan un poder excesivo porque tienen los valiosos escaños que dan la mayoría a los partidos más votados.

Entre sus debilidades, el binominal tenía su pecado de origen, al haber sido diseñado por la dictadura. Si bien nadie parece querer echar abajo los puentes construidos por el dictador, el binominal se convirtió en uno de los más evidentes símbolos del legado autoritario. Porque la democracia chilena, y también el sistema económico, son heredados de la dictadura, muchos creen que basta con derogar el binominal para que Chile desconozca que el padre del modelo social de mercado es el difunto dictador Pinochet. Ahora bien, el binominal también obligaba a los partidos a formar coaliciones, forzando matrimonios por obligación que reflejan el ordenamiento en torno al plebiscito de 1988 más que las divisiones y disputas ideológicas que caracterizan al Chile de hoy.

Entre las características propias de los sistemas proporcionales con lista abierta (donde se vota por candidatos, pero los escaños se asignan a los partidos), al binominal se le criticaba porque algunos candidatos con alta votación quedaban fuera. Pero la evidencia del Chile pre 1973 —cuando teníamos un sistema más proporcional— y lo que pasa en elecciones de concejales y CORES demuestra que mientras más proporcional el sistema (mientras más parlamentarios se eligen en cada distrito o circunscripción), más posibilidades hay de que entren candidatos con pocos votos arrastrados por sus populares compañeros de lista (dejando fuera a candidatos con más votación individual).

El hecho de que el precio para reformar el binominal haya sido la adición de 35 diputados y 12 senadores genera entusiasmo entre algunos partidos, que ven crecer el botín a repartirse en las próximas elecciones (e incluso incita a algunos a pedir elecciones anticipadas). Pero la opinión pública, que ya duda de la efectividad y probidad de los 120 diputados y 38 senadores actuales, no logra entender por qué una solución a la crisis de legitimidad de la política es aumentar el número de legisladores.

La experiencia comparada nos muestra que cada vez que un país adopta un nuevo sistema electoral, basta una elección para que aparezca un nuevo grupo de detractores que denuncian las distorsiones que genera el nuevo sistema. Como todo sistema electoral produce distorsiones, la ingenua esperanza de algunos de que ahora sí que tendremos un sistema electoral que deje contentos a todos pronto será remplazada por voces de protesta y por la sensación de engaño entre aquellos que se creyeron el cuento de que hay sistemas electorales mejores que otros. Para dejarlo claro, solo hay sistemas electorales que producen distorsiones distintas que otros.

De hecho, el nuevo sistema electoral introduce algunas distorsiones evidentes y deja pasar la oportunidad de corregir otras tantas. Los votos de las regiones extremas valen más que las del centro del país. Incluso dentro de una misma región hay distritos donde el voto vale casi el doble que en otros. Además, al ser distritos más grandes, las campañas serán más caras.

Es cierto que, desde ahora en adelante, la discusión sobre el sistema electoral no estará contaminada por la discusión sobre los enclaves autoritarios o el legado de Pinochet. Pero aquellos que celebran la reforma al binominal como un paso hacia una mejor democracia están profundamente equivocados (no hay sistemas electorales más democráticos) o están burdamente llevando agua a su molino ideológico. La experiencia comparada también muestra que, a menudo, aquellos que impulsan con más entusiasmo los cambios al sistema electoral son los más perjudicados cuando la mano invisible del mercado induce nuevas coaliciones y gatilla cambios en el comportamiento estratégico de los votantes. Entonces, para los que clamaban por reformar el binominal será, tal como advierte la biblia, el lloro y el crujir de dientes.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO: HANS SCOTT /AGENCIAUNO

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