No es trivial la discusión sobre los impuestos y el tamaño del Estado. Por eso es esperable que Trump, que tiene un ADN republicano, haga algo por bajar la carga tributaria de los estadounidenses, cosa que también quisiéramos ver en países como el nuestro.
Publicado el 10.11.2016
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Imposible no dedicar esta columna a lo que se vivió en Estados Unidos el martes recién pasado: la elección presidencial. Fue sin duda una campaña extraña para lo que nos tienen acostumbrados los gringos, ya que estuvo llena de descalificaciones de todo tipo, cosa que no se había visto antes.

Donald Trump es un personaje curioso, por decir lo menos, desde su aspecto hasta su lenguaje. Pero hay algo en su origen político… es republicano. Este dato no es menor, porque con algún grado de certeza tiene claro que los impuestos deben ser lo más bajos posible y el Estado debe procurar usar los recursos de la mejor manera posible.

Aunque esto último parece de Perogrullo, no lo es cuando existe en el ADN de las autoridades una visión del rol de Estado que busca aumentar su participación, ya sea porque hace cosas que los privados podemos hacer o porque aumentan la carga tributaria para financiar un Estado que cada vez es más grande. El tamaño del Estado crece de forma natural porque cerca del 60% del gasto público es en personal y eso hace que los reajustes salariales no sean neutros desde el punto de vista de los recursos comprometidos.

Lo complejo de lo anterior es que cada peso que gasta el Fisco viene directamente del bolsillo de todos nosotros y, por lo tanto, la carga tributaria es el reflejo de las necesidades del Estado. Desde esa perspectiva, no existe ningún bien o servicio que provea el Estado que no sea pagado por todas las personas… todas. Cuando un niño realiza una acción tremendamente básica como comprar un helado, también paga impuestos como el IVA, por nombrar solo uno. También paga un impuesto adicional por el azúcar y por el arancel del papel y la tinta usados para el envoltorio, a lo que se suma la parte del precio que corresponde al impuesto a las utilidades que tiene que pagar el empresario.

Esto es agobiante cuando en acciones simples y cotidianas –invito al lector a pensar en cualquiera- uno comienza a estimar los impuestos que está pagando. Por ejemplo, tomar desayuno implica impuestos por la mantequilla, el pan, la tetera (gas o eléctrica), el agua, el gas para calentar el agua o la electricidad usada en el hervidor… suma y sigue. El plato donde ponemos el pan, el cuchillo que usamos para partirlo y esparcir la mantequilla, la taza para tomar el té, que también paga impuesto; la leche, el café, la luz de la cocina, la misma cocina (contribuciones), etc.

No es trivial la discusión sobre los impuestos y el tamaño del Estado. Por eso es esperable que Donald Trump, que tiene un ADN republicano, haga algo por bajar la carga tributaria de los estadounidenses, cosa que también quisiéramos ver en países como el nuestro. Esa es la verdadera preocupación por las personas: darles libertad con una carga tributaria lo más baja posible y un tamaño del Estado que sea eficiente y que cumpla con el deber de procurar ir en ayuda de quienes menos tienen.

 

William Díaz, economista

 

 

Foto: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO