Don Francisco creó -tal vez sin proponérselo en un inicio- un espacio de participación y de unión de los pueblos del continente, apelando a una cultura compartida.
Publicado el 30.04.2015
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Don Francisco deja las pantallas. Ya había concluido Sábados Gigantes en Chile y ahora termina en Univisión, luego de permanecer durante 53 años. Nació en las antiguas y casi artesanales instalaciones del canal 13 en el cuarto piso de la casa central de la UC, donde reinaba una “discreta pobreza”, según sus palabras, para proyectarse a toda la comunidad latina. Es su programa estrella. En él han trabajado miles de personas y por sus estudios han pasado cientos de artistas y gente común y corriente.

Mario Kreutzberger es seguramente el chileno más conocido en el mundo de habla hispana. Nadie lo emula en popularidad y, en estos tiempos esquivos en que cunde el recelo como una mancha de aceite, resalta por su credibilidad y cercanía.

Es el milagro de la pantalla, que como en la película de Woody Allen La Rosa Púrpura del Cairo, el protagonista sale del film para invitar a Cecilia, humilde camarera que sueña con escapar de la planicie de su vida y vivir un sinfín de aventuras en el celuloide. Todos, cuál más cuál menos, igual que millones de personas en este continente, hemos sido invitados por Mario Kreutzberger al mundo de don Francisco, quien escribe: “nos refugiamos en nuestra fantasía, nos atrincheramos detrás de ella. Es legítimo porque es la razón de nuestra vida”.

Con don Francisco dimos los primeros pasos en la televisión, que llegaba a Chile de la mano del mundial del 62. Con él nos hemos reído, hemos intentado pasar muchas penas personales y colectivas y nos hemos divertido semanalmente; hemos vivido el suspenso de los programas en los que una respuesta acertada podía cambiar la vida de alguien, o sus proyectos verse truncados por una respuesta incorrecta; hemos conocido la personalidad de sus entrevistados famosos y hemos recorrido lugares lejanos con sus agudos reportajes, pero sobre todo nos hemos sentido parte de una nación o de un continente que ayuda a quienes lo necesitan por su condición física o por los daños de los desastres naturales.

Don Francisco ha sido capaz de visibilizar a la gente simple, aquellos que por definición los directores de televisión excluyen de la televisión: ellos, los trabajadores, las dueñas de casa, los inmigrantes, los empleados, de distintas razas y proveniencias, fueron los protagonistas de Sábados Gigantes. Ha entrevistado a más de 50 mil personas, cuyo registro forma lo que Mario llama una “humanoteca”. Mario confiesa: “me interesa toda la vida, todos los seres humanos, las cosas, los trabajos y oficios más diversos”, y se nota. Su capacidad de comunicar con la gente nace de esa empatía y curiosidad básica. El programa al comienzo recibe el rechazo de las clases altas, acostumbradas a monopolizar la pantalla, y la crítica de los entendidos en la tv. Pero el rating lo salva y lo consolida como la opción más popular.

Don Francisco creó -tal vez sin proponérselo en un inicio- un espacio de participación y de unión de los pueblos del continente, apelando a una cultura compartida. Y lo hizo recurriendo a lo mejor de esa identidad compartida, a un sentido común cargado de valores, costumbres, tradiciones y bailes que le permiten a la gente salir adelante pese a todas las dificultades que la vida pone por delante. Se trataba -según escribe- de romper el aislamiento y la incomunicación en que vivimos. Todos necesitamos estar más cerca los unos de los otros, pero sobre todo sentirnos parte de una aventura compartida.

Pero además está viva en Mario la solidaridad. El mejor ejemplo ha sido la Teletón en favor de los niños con discapacidad física, inspirada en el programa de Jerry Lewis que Mario conoció en los EE.UU. siendo joven estudiante en la década del 60. Esa iniciativa une al país tras una meta noble, que tiene como resultado una red de centros de atención y rehabilitación en las principales ciudades del país. La Teletón se ha proyectado en una organización internacional (ORITEL). Pero también están las campañas de ayuda a los damnificados por catástrofes naturales y para socorrer a Haití luego del terremoto del 2010.

Todo esto lo ha logrado Mario gracias a su formación en una familia de inmigrantes judío alemana, que llegó a Chile escapando de la persecución nazi. Le cuesta convencer a su padre que hable de los tiempos del odio y la prisión. Su padre trabaja como sastre, y él estudia y le ayuda en su taller hasta que prontamente en la juventud descubre su vocación como animador y comunicador.

Mario también saldó una deuda con el pasado de su propia familia y del pueblo judío. Hizo un documental al cumplirse los 60 años del Holocausto bajo el título Testigos del silencio, que contiene testimonios de los sobrevivientes de los campos de exterminio. Para no olvidar y evitar que hechos tan inhumanos -bajo cualquier forma que sea- puedan repetirse. En su libro Entre la espada y la TV cuenta cómo decidió volver al pueblo originario de sus ancestros y reencontrarse con el pasado de su familia. Y frente al misterio de la vida y de la muerte, toma un compromiso: vivir y morir con dignidad.

Pero todavía le queda energía para rato. Quedamos a la espera de sus nuevas iniciativas comunicacionales.

 

José Antonio Viera-Gallo, Foro Líbero.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO