Proponemos armonizar ambas posiciones integrando sendas categorías en los documentos de identificación. Así, el “género” formaría parte de los elementos que responden a la identidad subjetiva de la persona, mientras que el “sexo” integraría los elementos que aluden a realidades objetivas.
Publicado el 09.06.2018
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El rector de la Universidad Católica, Ignacio Sánchez, con el objeto de poner fin a la ocupación ilegítima de dependencias de la Casa Central, otorgó diversas concesiones a los ocupantes. Entre ellas, el cambio del nombre registral por el “nombre social” en la tarjeta universitaria (TUC) de los alumnos adscritos a colectivos LGBTI que lo soliciten, medida cuyo alcance es preciso abordar.

La cédula nacional de identidad es al país lo que la TUC es a la UC: ambas buscan otorgar certeza a los integrantes de una comunidad sobre la identidad de sus semejantes. El carné chileno consagra elementos clasificables en dos grupos: los que expresan la identidad subjetiva de las personas (nombre, apellidos, fotografía y firma) y los que consagran antecedentes objetivos (RUN, lugar de nacimiento, nacionalidad, número de documento, fecha de emisión y vencimiento). Mientras que la primera categoría admite modificación voluntaria en nuestro Derecho, la segunda no. Así, para cambiar el nombre existe un procedimiento y para alterar la firma o la foto basta un cambio de plástico, pero no se admite modificación voluntaria del RUN o de la fecha de nacimiento.

El actual debate en sede legislativa y judicial versa sobre la clasificación de un antecedente, el sexo, del que existen dos perspectivas. Para la primera, es un dato de la identidad subjetiva del individuo, subordinado al concepto de “género”, categoría que lo contiene pero que a la vez amplía las posibilidades identitarias para quienes rechazan una noción “binaria”. La segunda, en tanto, considera al sexo como un elemento inmutable, al emanar de la realidad biológica del ser humano, que otorga seguridad a las relaciones jurídicas.

Proponemos armonizar ambas posiciones integrando sendas categorías en los documentos de identificación. Así, el “género” formaría parte de los elementos que responden a la identidad subjetiva de la persona, mientras que el “sexo” integraría los elementos que aluden a realidades objetivas.

En una sociedad heterogénea y ávida de reconocimiento, esta propuesta además permitiría recoger diversas expresiones de la identidad del ser humano: no se ve obstáculo para que la noción de “género” subsuma la adscripción a una religión u otro grupo identitario (ecologistas, veganos, pro vida, etc.). Planteamos consagrar ambas categorías en los documentos de identificación y dar total libertad a las personas para definir esta última, rehuyendo de una taxonomía cerrada.

Volviendo a la realidad universitaria, propongo que este sea el formato utilizado para la TUC en lo sucesivo. Sugerencia todavía más atendible en tanto la conciencia de los profesores que allí enseñan es también parte de su identidad, y forzarlos a desconocer la realidad biológica de sus alumnos constituye un abuso intolerable en una universidad que dice preferir el diálogo a la imposición.

Henry Boys Loeb, Director Nacional Observatorio de la Cultura San Juan Pablo II

 

FOTO: ÁLVARO SANTA-ANA / AGENCIAUNO