La campaña presidencial da una nueva oportunidad para que la derecha exija a su candidato coherencia con sus dichos. Porque cuando en 2010 Piñera propuso “un Estado fuerte y eficiente, con mucho músculo y poca grasa”, marcaba una diferencia inalcanzable para el adversario, un molde conceptual que la izquierda jamás aceptará: nada es más devastador para el socialismo que arrebatar poder al Estado para entregarlo a las personas.
Publicado el 01.04.2017
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El 17 de enero de 2010 Sebastián Piñera ganó la segunda vuelta presidencial. El flamante vencedor habló ante miles de partidarios reunidos en la Alameda, frente al hotel Crowne Plaza. En su discurso, transmitido por radio y televisión a todo el país, dijo: “No tenemos un minuto que perder. Por eso nos hemos preparado durante años (…) Necesitamos un Estado fuerte y eficiente, con mucho músculo y poca grasa (…), que promueva la innovación y el emprendimiento de los ciudadanos”. La soflama anunciaba prioridades que daban sentido a un Gobierno de derecha.

Esa misma noche, ya resuelta la elección, el columnista Patricio Navia escribía: “Los chilenos cambiaron el piloto, pero no la hoja de ruta”. Me cuento entre quienes impugnaron esta conjetura, pero confieso que mi reacción fue más lírica que racional: “No se pueden relativizar con tanta premura los efectos políticos de la elección presidencial, menos aun cuando luchamos por este desenlace durante años”, reflexioné, algo molesto.

Los primeros meses de Gobierno de Piñera contradecían al atrevido columnista. En efecto, la dinámica reconstrucción de las zonas devastadas por el terremoto 27F; los índices sostenidos de crecimiento económico, capacitación laboral y creación de nuevos empleos, cuyas cifras excedían con holgura las proyecciones más optimistas; la categórica disminución de las listas de espera AUGE (92%); el rescate de los mineros y su extraordinaria repercusión mundial, por anotar lo más visible, todo eso demostraba que el nuevo piloto sí tenía una nueva hoja de ruta.

Pero comenzaron los titubeos y, con ello, los problemas. El piloto conducía la nave en medio de turbulencias -casi todas previsibles- e ignoraba consejos de la tripulación. Su GPS indicaba el destino, pero no el trayecto. Había alterado su hoja de ruta y ahora miraba con simpatía la carta de navegación de sus antecesores. Y mientras cobraba vigencia el pronóstico de Patricio Navia, crecía el malestar de los pasajeros. El viaje, novedoso al comenzar, se tornó redundante y aburrido: la conducción de la nave, el servicio a bordo y el lugar de aterrizaje eran copia “infiel” de los últimos 20 años.

La semana pasada Piñera anunció su nueva candidatura presidencial y fue proclamado por los consejos nacionales de la UDI y RN. Aunque sus discursos iban dirigidos preferentemente al electorado duro de derecha que votará en la primaria del sector, él sabe que sus dichos serán usados por el adversario para dañar su candidatura. Pero no se amilanó. Por el contrario, hubo pasajes de vibrante locuacidad en que aseguró adhesión irrestricta a los lineamientos programáticos que inspiran a la mayoría de sus electores.

Tales premisas no son muchas, pero contundentes. Así las reseñó: (1) derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte, libertad en sus distintas manifestaciones, protección de los derechos individuales, justicia, igualdad de oportunidades, crecimiento económico y progreso social; (2) voluntad política para modernizar el Estado; (3) mano dura contra la delincuencia en todas su formas: upstairs y downstairs, delitos comunes y terroristas, respaldando con decisión a las fuerzas de seguridad encargadas de prevenirla y contrarrestarla; (4) corregir políticas públicas regresivas aprobadas durante el actual Gobierno, especialmente las que atañen a educación, salud, crecimiento, inversión y seguridad ciudadana.

También es importante una dosis de realismo. Soy de los que creen que el eventual triunfo de Piñera no sería, por ahora, el triunfo de la derecha, sino el fracaso de Bachelet y de la Nueva Mayoría: “Se marcaron solos”, diría un comentarista de fútbol. Con todo, la campaña presidencial da una nueva oportunidad para que la derecha exija a su candidato coherencia con sus dichos. Porque cuando en 2010 él propuso “un Estado fuerte y eficiente, con mucho músculo y poca grasa”, marcaba una diferencia inalcanzable para el adversario, un molde conceptual que la izquierda jamás aceptará: nada es más devastador para el socialismo que arrebatar poder al Estado para entregarlo a las personas. Lo mismo ocurre con las premisas reseñadas por Piñera la semana pasada, pues todas ellas suponen la supremacía del individuo sobre el Estado, el protagonismo de la iniciativa privada que antagoniza con el afán hegemónico de un progre-estatismo desmañado y decadente.

Gobernar es difícil, especialmente para la derecha. El país ya sabe para qué lo hace la izquierda, pero no tiene la misma certeza con la derecha. La diferencia no radica sólo en la gestión -tarea en la que Piñera mostró habilidades muy superiores a Bachelet-, sino en la necesidad de sacudir complejos que retardan definiciones políticas e ideológicas insoslayables. Piñera puede ganar o perder, pero si tales sucesos están condicionados por el camuflaje o resignación de principios diferenciadores, esa victoria o esa derrota tendrán el sabor amargo de un oportunismo ya conocido.

 

Alfonso Ríos Larraín