La segunda administración Bachelet se presentó al país, en cuanto élite nacida de la Nueva Mayoría (NM), como un régimen constituyente, portador de un nuevo paradigma de desarrollo y gobernanza, basado en un programa socialdemócrata maximalista para un país cuyo gasto público social alcanza apenas al 10% del PIB.
Publicado el 30.09.2015
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I

Después de haber servido a los atenienses de clase (alta, varones mayores de 18 años) para gobernar sobre el 85% o más de sus congéneres que no podían participar en la deliberación y decidir sobre los asuntos de la polis (trabajadores, campesinos, esclavos, mujeres, extranjeros libres, etc.), el régimen que Pericles definió como aquel donde “la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos”, desapareció del horizonte de la historia por casi dos mil años. Hoy está de vuelta y rige en 125 países del mundo (de 195 que son evaluados), aunque el año pasado 61 mostraron un declive de las libertades fundamentales y solo 33 un relativo mejoramiento (Freedom House, 2015).

Hoy también la definición de democracia se ha vuelto más compleja; ya no sólo es el gobierno ‘para’ la mayoría si no, además ‘de’ y ‘por’ la mayoría. Y cubre también un registro más variado de ideas e ideales. Del famoso “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” que no debía desaparecer de la faz de la tierra proclamado por Abraham Lincoln a la idea de Claude Lefort, filósofo francés, según la cual la democracia sería “una forma de sociedad en la cual las personas aceptan vivir bajo el estrés de la incertidumbre”, pasando inevitablemente por la boutade churchilliana tantas veces citada de que la democracia “es la peor forma de gobierno excepto todas las demás que han sido probadas en su oportunidad”. En otra ocasión dijo: “El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”.

A su turno, el cientista político Robert Dahl define la democracia como un sistema de derechos fundamentales. Así, “cada miembro del demos tiene el derecho de comunicarse con otros; el derecho de que su voto se compute igual que los votos de los demás; el derecho de recabar información; el derecho de participar en idéntica condición que los otros miembros; y el derecho, junto con otros miembros, de ejercer el control de la agenda”.

Bien diferente es la aproximación del economista Joseph Schumpeter, quien define el método democrático como aquel sistema institucional donde grupos, asociaciones, partidos o coaliciones adquieren el poder de decidir por medio de una lucha de competencia por el voto del pueblo. Como ha dicho más de alguien, una lucha oligopólica entre diferentes facciones de la élite política por la captura del mercado de votos.

La sola transcripción de esas definiciones nos pone de inmediato sobre la huella de varios de los problemas, tensiones e interrogantes que acompañan a las democracias en su evolución histórica y estado actual: su carácter de clase y exclusión de grupos, la extensión de los derechos que garantiza, la posibilidad de que se debilite o fortalezca, la pregunta por el pueblo o las mayorías, el rol y derechos de las minorías, la semejanza entre democracia y mercados, la competencia por votos, las tendencias oligopólicas de la oferta política, el control de la agenda, la comparación entre regímenes políticos, los deberes ciudadanos, el carácter y virtudes del votante medio, etc.

II

Personalmente, como chileno de la generación de las segunda posguerra, he tenido una rica experiencia democrática. Primero, como joven que comenzaba a preocuparse tímidamente de la política, en época de una democracia conservadora durante la administración Alessandri, último vestigio del régimen oligárquico. Luego, en una fase modernizadora y progresista de nuestra democracia -la revolución en libertad-, Frei Montalva proclama su papel histórico como método para el cambio social, según la fórmula empleada en su Mensaje a la Nación del 21 de mayo de 1970. Y, enseguida, el programa de la Unidad Popular afirma la doble tarea de “preservar, hacer más efectivos y profundos los derechos democráticos y las conquistas de los trabajadores” y de “transformar las actuales instituciones para instaurar un nuevo Estado donde los trabajadores y el pueblo tengan el real ejercicio del poder”. Era la vía chilena, democrática, al socialismo.

El golpe militar de septiembre de 1973 impone a la generación entusiasmada con la revolución en libertad y la vía legal-institucional hacia el socialismo una lección de realismo y proporciona un motivo para volver a reflexionar sobre, y anhelar y luchar por, la democracia liberal. Puestos en ese trance, algunos revalorizamos ideales socialdemocráticos y nos vimos enfrentados al hecho de que la democracia liberal se vinculaba inextricablemente con el capitalismo, bajo diversas formas, pero nunca había podido coexistir -en cambio- con ninguna modalidad de socialismo real, fuese soviética, maoísta o castrista.

Fin por lo mismo de un sueño y, a la vez, comienzo de una identificación ya no sólo teórica, sino biográfica, emocional, cultural y política con la democracia como aspiración, como única superación posible de la dictadura y el autoritarismo, como forma de vida, método de construcción social, posibilidad de vida cívica, acceso a libertades y derechos y de cuestionamiento gradual, sucesivo, reformista de los poderes establecidos y de regulación pública de los apetitos privados que el capitalismo a nuestro alrededor multiplicaba velozmente.

A partir de 1990 se abre un nuevo período, el de la experiencia de la democracia como transición hacia ella, con una alta dosis de construcción de alianzas y bloques, desarrollo de consensos y gestión de mercados proveedores de bienes públicos. En el hecho, una transición sin fin, pues, como fue descubriéndose durante esos años, la democracia no existe como un régimen consolidado, definitivo, estable, de piloto automático. Al contrario, recuérdese a Lefort, es un sistema en constante flujo compuesto por personas que aceptan vivir bajo el estrés de la incertidumbre y donde ninguna decisión del soberano es inamovible o no-revisable. Un sistema por tanto instituido e instituyente; constituido y constituyente.

De hecho, la segunda administración Bachelet se presentó al país, en cuanto élite nacida de la Nueva Mayoría (NM), como un régimen constituyente, portador de un nuevo paradigma de desarrollo y gobernanza, basado en un programa socialdemócrata maximalista para un país cuyo gasto público social alcanza apenas al 10% del PIB (la mitad del gasto promedio de los países de la OCDE).

Nace así para muchos de nosotros una nueva experiencia de democracia. Propia de una sociedad de ingreso medio alto, con fuertes diferencias en el ingreso de los hogares, una clase media amplificada con nuevos estratos en expansión de profesionales y técnicos, y un intenso proceso de competencia entre élites incumbentes y contendientes dentro del marco de la NM. Estas últimas asumen eventualmemnte el mando del gobierno y proclaman un programa refundacional, de formas estructurales múltiples y simultáneas.

III

Las tensiones, contradicciones y malestares generados a nivel de la opinión pública encuestada por la débil conducción, coordinación e implementación de dichas reformas en un cuadro de mayores restricciones económicas, no deben confundirse sin embargo -como suele hacer el discurso del malestar– con los malestares de la democracia y aquellos otros nacidos de la tardía modernidad capitalista en el mundo occidental. En efecto, aquellas tensiones, contradicciones y malestar son fenómenos de coyuntura, por así decir, climas de opinión si se quiere, que pueden cambiar con el propio fluir del incierto juego democrático, a diferencia de estas otras que son de más largo aliento, mayor gravidez y corren por aguas más profundas.

En esta ocasión analizaremos particularmente aquellos malestares que nacen con el ejercicio de la democracia.

Por ejemplo, el político y politólogo francés Pierre Rosanvallon describe una malaise democrática entre cuyos síntomas se ubicarían la creciente irrelevancia de las elecciones, la declinante centralizad del poder administrativo y la falta de aprecio por los funcionarios públicos.

Por su lado, el profesor de teoría política John Dunn de la Universidad de Cambridge, en lenguaje más técnico, ha sostenido que “los costos de información previenen que nuestro modelo de gobierno pueda funcionar por el consentimiento de los gobernados en el sentido estricto. Esto no significa que el gobierno tome decisiones sin considerar los deseos de las personas afectadas por tales decisiones; por el contrario, puede ser extremadamente sensible a los deseos del electorado. Sin embargo, debido a la misma estructura de la sociedad, cada decisión gubernamental no puede resultar de una consideración igualitaria de los deseos de las personas, quienes son afectadas de forma igual por esas decisiones. Cuando agregamos esta disparidad inherente de influencia a las disparidades de poder causadas por la desigual distribución de los ingresos, nos vemos alejados un largo trecho de la igualdad política entre los ciudadanos”.

Por último, esta somera revisión de la literatura académica nos lleva al italiano Carlo Galli, cuyo libro “El Malestar de la Democracia” ofrece una lúcida síntesis del tema. Señala que dicho malestar es doble: por un lado, de carácter subjetivo, manifestado en la desafección e indiferencia del ciudadano que equivale “al rechazo implícito de sus presupuestos [de la democracia] más complejos y comprometidos”. Por otro lado, de carácter objetivo, que nace de la inadecuación de la democracia para otorgar a todos igual libertad, iguales derechos e igual dignidad. Mientras la democracia ideal, dice, avanza victoriosamente, por el contrario la democracia real está en crisis.

Al fondo de esa crisis, malestar, tensión e inadecuación, se encuentra la contradictoria relación entre capitalismo y democracia. Es este vínculo histórico-sociológico el que genera, inevitablemente, aquellos desajustes. La superestructura democrática -con sus ideales modernos de libertad, igualdad y fraternidad- se constituye en un incómodo gobierno de las estructuras capitalistas de propiedad, división y organización del trabajo, jerarquías de clase y estamentos, situaciones de mercado y mecanismos de distribución social del ingreso. Así, la democracia se contradice a sí misma al proclamarse como gobierno del pueblo para las mayorías, cuando en realidad el capitalismo en la base crea un orden de economía política donde el poder favorece la reproducción de las desiguales distribuciones del capital económico social y cultural.

Una rápida revisión de esas contradicciones permiten aclarar el argumento de fondo.

  • Ciudadano y trabajador. Las relaciones dentro de la polis democrática se suponen basadas en la igualdad formal que se expresa en el voto; en cambio, las personas somos desiguales en cuanto a nuestras relaciones de producción, intercambio y consumo tal como ellas se expresan en los mercados. La ficción democrática no puede superar esa dicotomía.
  • Representantes y ciudadanos. El soberano se expresa a través de representantes elegidos -en el Parlamento y el Poder Ejecutivo-, mientras que el ciudadano fundante de la soberanía apenas elige periódicamente entre una lista de posibles representantes propuestos por los partidos y sus coaliciones. El sueño de la democracia directa se esfuma como el humo de las chimeneas de las grandes concentraciones urbanas.
  • Representación y mediación. Cada vez más, la representación se desplaza desde el vínculo ciudadano-representante hacia el trío ciudadano-medios de comunicación-representantes; los mediason los verdaderos intermediarios de la democracia liberal, el nuevo poder emergente, el soberano que invoca para sí la representación de la opinión pública encuestada.
  • Estado y democracia. Así como el vínculo capital-democracia es determinante para articular el régimen de dominación en una sociedad, el vínculo democracia-Estado es la verdadera base del ‘gobierno del pueblo’. Como señala Galli: “la modernidad política -el Estado- representa un impresionante desplazamiento del centro de gravedad de la política hacia el poder laico unitario y centralizado”. La democracia actual es, ante todo, una burocracia dirigida por élites partidarias.
  • Deliberación y democracia. En condiciones de sociedad de la información y del espectáculo, la población que participa en la deliberación pública -la esfera kantiana de la razón pública- es todavía de menor tamaño que el universo de varones atenienses mayores de 18 años con derecho a tomar posiciones en el ágora. Tampoco subsiste la esfera pública habermasiana, que ha sido engullida por los locales de consumo rápido y los mall de circulación comercial privada.
  • Democracia y mercados. Más en general, las esferas autónomas de la política y del mercado como mundos de vida regidos por sus propios valores y lógicas (Max Weber) terminan entrelazándose en la modernidad tardía, dando lugar a zonas de alto riesgo donde política y negocios se entremezclan, contaminan y echan a andar escándalos que dañan más a la polis que a los mercados.
  • Capitalismo y pueblo. El soberano como entidad colectiva y unitaria se fragmenta y desaparece para dar paso al ciudadano-individuo y a los intereses segmentados de los diversos grupos de interés, status y clase. Al final, el soberano se desvanece, pero permanece el poder el Príncipe y sus redes de control de los arcana imperii que, como vimos en una columna anterior, son la cara oculta de los arcana dominationis dentro de la democracia.
  • Del pueblo y por los tecnócratas. Un saber técnico cada vez más especializado se convierte en un saber de elites, inaccesible a la masa. También la tecnocracia tiene sus arcana; también ella es para las masas una forma de saber esotérico, incompatible con la soberanía popular.
  • Democracia y libertades individuales. Contra cara de algunos de los fenómenos anteriores de relativa impotencia democrática es el poder en aumento de vigilancia y disciplinamiento, a la Foucault. Las tecnologías del poder -la mirada del Estado- penetran en lo profundo de la privacidad de las personas y las obligan a internalizar, en el cuerpo y la mente, comportamientos conforme a las expectativas del sistema.

Como puede observarse fácilmente, las tensiones enumeradas tienen todas su origen, en última instancia, en la dialéctica entre capitalismo y democracia; entre el carácter expansivo de los mercados y la composición de clase y limitaciones de la economía política del Estado capitalista por un lado y, por el otro, el horizonte cultural y las formas de la democracia que permiten interrogar y cuestionar y continuamente revisar el estatuto de regulaciones del capital y de funcionamiento del capitalismo a nivel local.

IV

Cosa distinta son las manifestaciones que aquellas tensiones provocan. Hablamos ahora de los malestares ‘de’ y ‘en’ la democracia.

Quizá el mayor y más gravoso efecto para la idea de la democracia y el espíritu democrático sean la apatía, pasividad e indiferencia masiva. La gente, sobre todo los más jóvenes, los pobres y quienes sienten “no tener nada que ganar”, se declaran fuera de juego y no votan, no participan, no deliberan y no se interesan ni conversan sobre los asuntos de la polis. La política no es motivo de su preocupación e interés. Sin esto, la democracia misma se vacía. No es ya el espacio de elaboración de una razón común; ni siquiera un lugar de deliberación.

Asociado a lo anterior, la difundida desconfianza en las instituciones de la polis, el gobierno, el Parlamento, los tribunales de justicia, los partidos, el voto, el régimen electoral, el personal funcionario del Estado, etc., que -como hemos mostrado en otro momento- se manifiesta amplia y difusamente en la opinión pública encuestada, pero también a nivel de los ciudadanos consultados cualitativamente. Es el fantasma que recorre los salones del poder y los claustros académicos, alimentando el temor y la vanidad explicativa según donde llega con su cohorte de apariencias.

En realidad, la democracia se degrada así al punto de descender al plano de una percepción conspirativo-irracional de los procesos políticos, de constante traición e inmoralidad se dice; de confabulaciones secretas, desnudas transacciones movidas por oscuros motivos de riqueza e influencia. En fin, algo semejante a un sistema mafioso de corrupción y pactos de silencio. Los media frecuentemente favorecen esa visión primitiva en su afán por poner a su propia altura -la altura de la cultura masiva- a los miembros de la clase política y convertirse enseguida en tribunal moral de los mismos.

Se impone así un difundido clima de anomia democrática, ya bien por pérdida del ideal (democrático) como fuerza moral reguladora de los comportamientos o bien por la percepción, muchas veces verdadera, de que los medios disponibles, los recursos de poder al alcance de la mano de los ciudadanos, son completamente inadecuados para la obtención de los bienes proclamados por el ideal. La democracia, entonces, es vista como un engaño; en el mejor de los casos un espectáculo donde los titiriteros se ocultan en los laberintos del poder y las figuras que ocupan el escenario y las pantallas son meros títeres, personas que se dejan manejar por otras.

Al contrario, como bien ha señalado Galli, la democracia moderna necesita “el espíritu cívico”, una “voluntad de democracia, esta tensión [ahora positiva, no paralizante] a aspirar a ella en el presente y como proyecto en el futuro”, orientación que cabría esperar de los individuos como un deber civil, como una ética democrática. “La democracia”, concluye, “debe ser querida por los individuos, tanto en sus orígenes a menudo difíciles, como después día a día; en caso contrario, sus artífices quedan inertes, sin alma, sin vida”.

Y, bien miradas las cosas y la historia, no faltan razones poderosas para cultivar ese espíritu, como aprendimos los de mi generación durante 17 años de conculcación de nuestros derechos políticos.

Efectivamente, la democracia -más allá de las tensiones que alberga, e incluso en virtud de ellas- es el sistema más avanzado existente para actuar como interruptor o mitigador o compensador de la dominación capitalista, a través de la representación de los desfavorecidos y la creación de equilibrios y contrapoderes que crean espacios para nuevas ideas, derechos y demandas. Es un método crítico y de innovación social, una fuerza de cambio y un horizonte de ideales desde el cual cuestionar las estructuras y poderes establecidos.

Justamente por eso se dice que es el menos malo de los regímenes de organización del poder. Pues admite y tolera el pluralismo de intereses, valores y visiones de mundo y la competencia entre ellos, aunque sea en terreno disparejo y con medios desiguales. Y ha sido históricamente fuente de nuevos y sucesivos derechos políticos, civiles y sociales. De modo que si bien no logra trastocar las bases socioeconómicas y culturales del capitalismo -o bien corre el riesgo de autodestruirse al intentarlo-, sin embargo ha desarrollado formas progresistas de bienestar y equidad, asegurando libertades cada vez más amplias.

En suma, los malestares ‘de’ y ‘en’ la democracia son consecuencia de que sus ideales más altos no pueden cumplirse en plenitud, pero, en cambio, pueden perseguirse incesantemente sin riesgo de perder la libertad personal o el derecho de la mayoría a preferir un cambio de autoridad.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI /AGENCIAUNO

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