El Papa Francisco no rechaza las diferencias de opinión, pero sí objeta aquellas que desean imponer sus fundamentos por medio de la violencia o la descalificación.
Publicado el 27.11.2015
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Persecución, amenaza y destrucción. Esas son las dolorosas huellas que deja tras de si la intolerancia religiosa de ISIS. Un monstruo abominable, grotesco y cruel que arremete sobre la vida de inocentes y pareciera ser capaz de todo en nombre de Alá.

La radicalización e ideologización de sus miembros ha evolucionado en acciones temerarias, reconocidas en el mundo entero por su osadía y tácticas de amedrentamiento hacia los “infieles”. Es así, como los últimos atentados en el Líbano y Francia demostraron el férreo voluntarismo de ISIS. El grupo de fanáticos religiosos que mantiene a la comunidad internacional en vilo y alerta total, debido a que hoy se ha convertido en un realidad omnipresente que trasciende los límites geográficos y cuyo acoso no expresa piedad ni arrepentimiento.

La irreverencia y actos terroristas que emanan de grupos como ISIS no son producto del Islam, sino más bien de un totalitarismo ideológico sesgado que coacciona la libertad de las personas a actuar según su conciencia. Esto no sólo agrede a la religiosidad de un pueblo, sino también deja de lado un derecho que hoy es considerado universal, como es la libertad religiosa.

Los horrendos crímenes que se cometieron durante la Segunda Guerra Mundial fueron un factor decisivo para que la ONU elaborara los principales instrumentos internacionales sobre Derechos Humanos. Fue así como se consideró que la libertad religiosa era un componente necesario para el entendimiento entre culturas y que el diálogo interreligioso presentaba la oportunidad de debatir sobre aspectos sociales y filosóficos trascendentales. Por lo tanto, la diversidad religiosa se alzó como un valor y la tolerancia, frente a los distintos credos, fue un elemento constitutivo de reciprocidad.

Grupos fundamentalistas como ISIS violan ese compromiso, pero en el otro extremo se ha alzado una tendencia diferente que pone en duda la importancia de la religión y la asocia con prácticas pasadas de moda, remilgadas y oscurantistas. Esta corriente se conoce como laicismo dogmático. La cual critica y desacredita toda señal de religiosidad. El laicista dogmático mantiene prejuicios sobre cualquier manifestación de fe y la define como una mera exaltación humana con atisbos de emocionalidad irracional.

La razón es su principal elemento de culto y la religión, como tal, debe confinarse, de una vez por todas, al ámbito privado dando paso a una sociedad neutra y “libre de ataduras”.

En 2004, el Papa Benedicto XVI sostuvo un coloquio con el filósofo y sociólogo alemán, Jürgen Habermas. Provenientes de veredas opuestas, ambos llegaron a la conclusión de que la razón puede hacer una crítica constructiva a la religión a través de argumentaciones que sean respetuosas y que reconozcan la presencia espiritual en la sociedad. Esas, manifestaron, son las señales de una auténtica libertad. Una que considera las creencias ajenas, sin censura ni descalificaciones. Una razón que no excluye a Dios dentro del debate público y que reconoce el papel de la religión.

Acorde a teólogos, líderes religiosos y expertos en el tema, el ecumenismo es lo que de mejor manera enfrenta y puede enmendar los errores del pasado. Esto supone el difícil ejercicio de escuchar al otro y tratar de observar la realidad desde su punto de vista logrando instaurar un diálogo auténtico.

En cuanto a la Iglesia Católica, ésta entiende que cada religión posee su propia doctrina o credo que puede no coincidir con la suya. El Papa Francisco ha sido un claro exponente de esta tolerante directriz cuando se ha reunido con representantes de diversos grupos sociales para expresarles que la institución que él lidera reconoce la dignidad que poseen todas las personas, independiente a si éstas creen o no.

Es por esto que el Pontífice no rechaza las diferencias de opinión, pero sí objeta aquellas que desean imponer sus fundamentos por medio de la violencia o la descalificación. Su llamado es a no subestimar la dimensión religiosa de la sociedad, ya que ésta no es una subcultura y posee pleno derecho a elevar su voz libremente en medio de la plaza pública.

 

Paula Schmidt, historiadora y periodista, Fundación Voces Católicas.

 

FOTO: BBC.COM