Es hora de ampliar la discusión y asumir que el desafío económico, social, político y cultural que tenemos por delante es mucho mayor que el monto de la pensión. Se trata de promover la dignidad del adulto mayor en dos etapas claves: la primera, cuando todavía puede y quiere trabajar; y la segunda, cuando ya no esté en condiciones físicas y mentales de hacerlo.
Publicado el 18.06.2017
Comparte:

Hay quienes creen que la justicia es lo mismo que la igualdad; que la solidaridad es lo mismo que el socialismo; que la propiedad privada es lo mismo que el egoísmo; que el lucro es lo mismo que el robo; que la subsidiariedad es lo mismo que el individualismo; que el bien común es lo mismo que el asistencialismo; que la relación laboral es lo mismo que el conflicto; que la libertad es lo mismo que el capricho y el antojo; que toda discriminación es lo mismo que la arbitrariedad; que la calidad es lo mismo que la gratuidad; que los deseos son lo mismo que los derechos; que lo público es lo mismo que lo estatal; que la realidad es lo mismo que la idea; que la dignidad del adulto mayor es lo mismo que una pensión.

Y así podríamos seguir enumerando los cuantiosos errores conceptuales que hoy colman el debate público.

El sistema de pensiones es quizás uno de los temas de debate en los que más errores y confusiones conceptuales hay en la actualidad. Hay quienes creen que los dineros ahorrados por los trabajadores –durante años de trabajo– para financiar su jubilación, debieran dejar de pertenecerles a cada uno de ellos y pasar a formar parte del “colectivo”, invocando a la solidaridad para justificar tal confiscación. Tienen prejuicios y conceptos errados sobre la propiedad privada, la iniciativa personal y la libertad responsable; de hecho, creen que una AFP estatal es moralmente superior a una privada.

Lo cierto es que no creen en el principio de subsidiariedad ni en la capacidad de la sociedad civil para realizar funciones y satisfacer necesidades públicas. Más aun, hay quienes creen que un sistema de “reparto” es per se más solidario que uno de ahorro personal, como si ahorrar parte de mis ingresos para no ser carga de mis hijos fuera propio de un individualismo egoísta.

¿Por qué la carga tiene que asumirla la generación futura en favor de la presente, siendo que –según la tasa de crecimiento de la población– ellos serán menos que nosotros? ¿Dónde está la solidaridad de las generaciones actuales para no hacerle más gravosa la vida a las que vendrán? El sistema de ahorro personal tiene importantes elementos de solidaridad, entre ellos el llamado “pilar solidario” que, si lo analizamos bien, en estricto rigor es un “pilar subsidiario”, ya que el Estado viene en ayuda de la persona y le otorga un “subsidio” para “subsanar subsidiariamente” lo que ella, por diversos motivos, no logra satisfacer con sus propios ahorros.

Tal vez lo más grave es creer que la dignidad del adulto mayor se limita al monto de una pensión, por alto que pudiera eventualmente llegar a ser. Esta es una visión limitada y más bien materialista de lo que implica la dignidad de la persona humana.

Es hora de ampliar la discusión y asumir que el desafío económico, social, político y cultural que tenemos por delante es mucho mayor que el monto de la pensión. Pero, ¿cómo promover la dignidad del adulto mayor en las dos etapas claves de su condición: la primera, cuando todavía puede y quiere trabajar; y la segunda, cuando ya no esté en condiciones físicas y mentales de hacerlo?

El desafío, en la primera etapa, es descubrir formas creativas para incorporarlos en el mundo laboral, de manera que siendo económicamente útiles para la sociedad sigan contribuyendo al bien común. En esto los empresarios, ejecutivos y emprendedores tenemos que asumir el liderazgo y generar espacios para los adultos mayores en nuestras empresas. Muchos dirán que esto es muy difícil y no es rentable. La buena noticia es que sí se puede y sí es rentable, hay ejemplos que así lo demuestran. Uno de ellos podría ser un sitio web que existe hoy en Chile, que ofrece oportunidades de trabajo a los mayores de 50 años, conectándolos con personas o empresas que requieran de su experiencia y que eligen, a través del sitio, al candidato más adecuado para la función que requieren cubrir. Sin embargo, los esfuerzos aún son insuficientes. De hecho, las cifras de la Encuesta de Calidad de Vida en la Vejez 2017 UC-Caja Los Andes nos muestran que, si bien el porcentaje de adultos mayores que trabaja hoy es más que en 2013, sólo un 32,4% de ellos está inserto en el mundo laboral.

Para cambiar esta realidad no sólo requerimos de la disposición y creatividad de los empresarios, sino también de una legislación innovadora que permita ciertas flexibilidades, subsidios e incentivos para ayudar a las empresas en esta labor. Una legislación hasta hoy inexistente y que urge discutir.

En la segunda etapa de la adultez mayor —por cierto la más difícil, pues los ancianos ya no pueden participar del mercado laboral por condiciones físicas y mentales—, la línea de acción cambia y tiene que ser de naturaleza más bien asistencialista. ¡Pero, ojo! No caigamos en la tentación de alivianar nuestra conciencia personal y colectiva creyendo, erradamente, que la dignidad de las personas en dicha condición se limita únicamente a un determinado monto de pensión. ¡No! Pues en esta fase de la vida lo que más afecta al adulto mayor son la soledad y el miedo al abandono, la sensación de fragilidad, dependencia y vulnerabilidad, el temor a lo desconocido, a la muerte, al encuentro con el Padre.

Hablar de estos temas nos hace bien, nos permite reflexionar desde ya acerca de la trascendencia de las decisiones que tomemos hoy antes de llegar a ese punto en la vida, y nos responsabiliza de ellas. Nos hace ser más solidarios, ya que por nuestra propia naturaleza todos estaremos, tarde o temprano, en esas circunstancias, y es esa experiencia común, presente y futura a la vez, la que nos une como hermanos.

También nos hace reconocer la verdadera dignidad de una persona cuando ya no es económicamente útil, pero sigue siendo plenamente digna, una dignidad que nos urge a ir mucho más allá que la mera entrega de una pensión, por buena que llegue a ser.

 

Ignacio Arteaga Echeverría, presidente USEC – Unión Social de Empresarios, Ejecutivos y Emprendedores Cristianos

 

 

FOTO: CRISTIAN OPAZO /AGENCIAUNO