Gobiernos escogidos de manera democrática, que desarrollan un populismo bonachón mientras duran los recursos y que cuando se acaban, solo se sostienen con la censura de aquel que piensa distinto.
Publicado el 16.09.2015
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Diversas voces se han levantado para condenar la injusta sentencia a 13 años y nueve meses de prisión que recibió el líder de la oposición venezolana Leopoldo López, detenido por encabezar una manifestación ciudadana en contra del gobierno de Nicolás Maduro.

El famoso cantante venezolano José Luis “Puma” Rodríguez se refirió en su concierto realizado en nuestro país al miedo que el régimen de Maduro tiene al que calificó como “futuro presidente de Venezuela”. Al mismo tiempo, la sentencia fue condenada por parlamentarios de centroderecha y por los partidos democráticos de la izquierda. En esa misma línea los ex Presidentes Frei y Lagos, en un “saludo a los demócratas de Venezuela” publicado en el diario El País de España, sostuvieron que “ninguna nación se hace grande sofocando al que piensa distinto” y el ex Presidente Piñera expresó que el 6 de diciembre que “el pueblo venezolano juzgará con sus votos a Maduro”.

La situación de violación a los derechos humanos y vulneración de garantías fundamentales que vive el pueblo venezolano a manos del “socialismo del siglo XXI” no es una sorpresa para nadie.

Tampoco constituye una sorpresa las condiciones que dicho pueblo experimenta en la actualidad. Por cierto, no es un orgullo para gobierno alguno las condiciones sociales que experimentan millones de venezolanos que deben soportar la inseguridad de sus ciudades (Caracas se considera la segunda ciudad más violenta del mundo con 134 homicidios por cada 100.000 habitantes, muy por encima de los 3,9 homicidios intencionales que ocurren en Santiago por cada 100.000 habitantes); una dramática situación económica que tiene ahogada a la que fuera una de las economías más prósperas de la región, que se manifiesta en un profundo desabastecimiento en productos básicos (en algunas ciudades se vende un pollo por habitante cada 15 días) una inflación al alza y una pérdida contundente en su productividad. Experimenta también un quiebre en su institucionalidad, al punto que el régimen de Nicolás Maduro autorizado por ley puede legislar al márgen de su propia Asamblea Nacional.

Lo que vive hoy Venezuela es especialmente relevante por varias razones:

Primero, porque desde que la economía es una ciencia se ha hecho muy difícil –más bien imposible- para cualquier gobierno someterla, así se ha demostrado históricamente cada vez que se ha intentado. El colapso económico que experimentó la URSS o la RDA –de tan felices recuerdos para altos dignatarios del país- y que hoy experimentan Cuba y Venezuela son muestra de que malas decisiones políticas, generan malas políticas económicas y eso lleva a que las personas comunes y corrientes vivan peor.

Intentar controlar la producción industrial, su distribución a los más diversos puntos del país y su asignación directa a sus 29 millones de habitantes a punta de decretos no constituye precisamente una innovación dentro del ideario. Sin perjuicio de los avances tecnológicos implementados por el régimen, como por ejemplo la instalación de 20.000 máquinas captahuellas en los supermercados del país para combatir el contrabando, una de las principales medidas de la “Superintendencia de precios justos” del país caribeño para asegurar la distribución directa de los bienes.

El régimen de Maduro ha asumido la típica actitud de izquierda frente al fracaso de sus políticas económicas. Una vez más la culpa la tienen los yankees -en la bien sabida idea de que Latinoamérica es pobre porque Estados Unidos es rico-, los empresarios agrupados en una especie de complot y a lo que se suma una campaña del terror desarrollada por los medios internacionales imperialistas.

Por todo esto, el caso venezolano demuestra que la economía importa, y mucho. Que desatenderla significa una pérdida considerable de oportunidades y posibilidades de mejora para los habitantes de nuestros países y que sin libertad ni el petróleo logra sostener una economía.

En segundo lugar, la violencia política se ha hecho pan de cada día: se manifiesta en las protestas, en una ola de ataques y en una batalla librada entre partidarios y disidentes. A las declaraciones odiosas le siguieron las descalificaciones, los agravios, los golpes y los puños. Luego de eso, solo faltaba la cárcel y la represión para retratar de cuerpo entero al nuevo modelo de dictadura, un totalitarismo moderno, del siglo XXI.

Gobiernos escogidos de manera democrática, que desarrollan un populismo bonachón mientras duran los recursos y que cuando se acaban, solo se sostienen con la censura de aquel que piensa distinto. Sin temor a ejercer cualquier medio para mantener el poder, incluso los violentos y aun a costa de destruir a la oposición en quien ven a un enemigo y no a un adversario.

Por último, es probable que Susana Barreiros, la jueza que condenó a Leopoldo López a 13 años de cárcel, venga a nuestro país como representante del régimen venezolano. No sería de sorprender que la cara visible de la más pública vulneración de derechos de un inocente llegara a Chile, sin ir muy lejos por las calles de Santiago se pasea totalmente impune Margot Honecker, la codictadora de la Alemania Comunista y responsable de tanta muerte, dolor y sufrimiento en la ex RDA. Las dos deberían ser consideradas como personas “non grata”.

Frente a lo anterior, no se puede perder el optimismo ni dejar de luchar por la dignidad de cada ser humano, piense lo que piense, con pleno respeto de sus derechos y con la convicción de que la caída del Muro nos demostró que estamos del lado correcto de la historia y que como bien dijo el Puma en Chile, “No hay mal que dure 100 años; Cuba, Fidel Castro, Nicolás Maduro, todos caerán”.

 

Julio Isamit, Presidente ChileSiempre.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO

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