Ellos partieron de una ideología que negaba al individuo y terminaron en una opción donde el individuo es centro y núcleo.
Publicado el 15.11.2015
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Valioso es el volumen recientemente editado de los autores Roberto Ampuero y Mauricio Rojas: Diálogo de Conversos.

En él, los autores, en ágil formato de diálogo, van deshojando las razones y sinrazones de sus vidas y de sus vivencias. Y, la principal de ellas: el giro copernicano de sus vidas en el momento en que cada uno, de manera individual y razonada, renuncia a sus creencias políticas que les habían formado en la vida y emprenden una trayectoria de redescubrimiento, búsqueda interna de explicaciones y refundación total.

En el antes y en el después la política y la ideología juegan un rol central. Y si bien en la primera parte de sus vidas ésta sirvió para dar un impulso vital a sus pulsiones y motivaciones, en la segunda parte ella constituyó una plataforma desde la cual pudieron reconstruirse muy exitosamente, y de allí les ha permitido articular una participación más completa y satisfactoria en la sociedad que los rodea y, en especial, en el país que los vio nacer.

Llama la atención el tono íntimo de estos diálogos, que muchas veces asemejan más a confidencias susurradas a media voz, sin que la voluntad aparezca como determinante. Mauricio Rojas hace hincapié en el elemento místico y trascendental de su conversión, y ello no es otra cosa que el fiel reflejo del deseo de buscar un significado y dotar a su vida y a su accionar público y privado de una coherencia con el pensamiento más privado y profundo de la persona, aquel que discurre como agua turbulenta en las profundidades y abismos de nuestras almas.

En algún momento de su juventud, Ampuero y Rojas repararon en las contradicciones de la ideología que profesaban y el mundo que les rodeaba. Para ello, tuvo que transcurrir la historia y un cambio de medio: no fue en Chile donde encontraron la revelación, sino en otras latitudes a las cuales les llevó el exilio.  Otro caso más de nuestra alta y vasta cordillera como muralla mental.

Ampuero a caballo entre la Cuba tropical y castrista y la RDA. En ambos sitios el espejo de unos conflictos de coherencia que jamás se pudieron resolver. Rojas en Suecia, sociedad muy abierta, exitosa y de vanguardia, amiga de ventilar a través de su arte todos los vericuetos del alma (solo pensemos en Strindberg o cineastas como Bergman).

Sospecho que no solo fue el entorno el que influyó en los rayos de luz de sabiduría que recibieron ambos, sino, más bien, en largas conversaciones con personajes que el azar puso a lo largo del camino de sus vidas, y un puñado de lecturas muy bien aprovechadas. Es que al final el individuo es eso: una persona sola que se enfrenta a sí misma, y a su conciencia, antes de enfrentar el resto del mundo. Y dentro de esta individualidad es donde se forja el carácter y se libran las más duras batallas. Y también, por qué no decirlo, donde el engaño y la falsa ilusión que son más difíciles de sostener en el tiempo.

Ellos partieron de una ideología que negaba al individuo y terminaron en una opción donde el individuo es centro y núcleo.

La política y la religión tienen como punto en común el hecho de que apelan a las profundidades del individuo: al subconsciente, ya no solo del ser, sino, además, por extensión, de la sociedad.  Es una delgada línea que bordea cimas y valles, y es tan fácil caer hacia un lado y otro. La búsqueda de la verdad impone también la búsqueda del equilibrio. Quizás es por ello que, a lo largo de la historia, política y religión convergen con la misma facilidad que se antagonizan mutuamente: es la batalla por un espacio que se cree limitado, pero que en realidad es infinito.

Es, al final, como las formas de los dibujos con tinta china: se vislumbran las formas pero los contornos son siempre difusos: se conoce dónde comienza la forma, dejando en suspenso el término de ella.

Y es bueno que así sea, ya que la vida es una búsqueda incesante de la verdad y el saber. Cada uno en la medida que le interesen o le inquieten las cosas. En el caso de Ampuero y Rojas, tenemos la suerte de que ambos vienen de vuelta de un largo camino: es posible que ambos aún tengan mucho que descubrir, pero, como testimonia este libro, la suerte para nosotros es que saben transmitir sus descubrimientos e inquietudes, como quien transmite las pulsiones más íntimas: con un sentido de la modestia, de la proporción y de la sorpresa del perpetuo descubrimiento.

 

Enrique Subercaseaux, ex diplomático y gestor cultural.

 

 

FOTO: EL LÍBERO.