Hay muchos que se niegan a votar porque todos los políticos parecen igualmente impresentables. El problema es que esa decisión termina siendo beneficiosa, precisamente, para los mismos impresentables. Justamente porque se percibe más corrupción e incompetencia que antes, es que los chilenos deberíamos hacer un mayor esfuerzo por informarnos y supervisar el estado de las cosas.
Publicado el 09.01.2017
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“La política es demasiado importante como para dejársela a los políticos”, dice una cita que se le atribuye al ex canciller alemán Konrad Adenauer. Algo parecido declaró el historiador inglés Arnold J. Toynbee: “El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan”. Pues eso es precisamente lo que estamos haciendo en Chile, según la encuesta CEP que se acaba de conocer, la cual demostró con contundencia que la gran mayoría de los chilenos no tiene interés por informarse ni por participar cívicamente.

Según el sondeo, el 59% nunca lee noticias sobre política, el 74% nunca sigue temas políticos en redes sociales como Facebook o Twitter, y el 93% nunca ha trabajado para un partido o un candidato. Lo anterior puede servir para explicar por qué el 45% de los encuestados se abstuvo de votar en la última elección municipal, frente al 53% que sí lo hizo. Y entre aquellos que no votaron, la mitad se abstuvo porque la política no les interesa, lo que demuestra un nivel de desapego francamente peligroso si se considera que en una elección se juegan asuntos tan cruciales como la seguridad personal y familiar, el crecimiento del país y el nivel de desempleo, la carga impositiva que estamos dispuestos a afrontar, y hasta el derecho a la vida de determinados grupos.

Si no votamos, ¿con qué cara nos atrevemos después a quejarnos porque el país está estancado, la delincuencia parece desatada y el Estado crece y crece a base de expropiaciones y regulaciones mal diseñadas e implementadas? Si nos da lata votar, ya podemos anticipar lo que nos terminará pasando: seremos gobernados por activistas que ascienden en los partidos políticos a base de clientelismo, militancia sectaria y descarada obsecuencia hacia lo que deciden las elites de sus conglomerados, pues, como tan bien decía el sociólogo Alejandro Navas en una reciente entrevista, en los últimos tiempos se han consolidado la partidocracia y el político profesional: “Gente que no tiene otro oficio fuera de la política, que hacen su carrera en el partido y son nombrados candidatos, ya que sin el partido no son nada, pues no tienen ni trabajo ni ingresos”.

Es cierto que muchas personas se han desentendido de la política porque están hartas del nivel de corrupción y nepotismo que se observa en muchos sectores. Si a izquierda y derecha, pasando por el centro, aparecen políticos comprados por empresarios inescrupulosos, boletas ideológicamente falsas, campañas y precampañas ilegales, y otros tantos chanchullos, efectivamente hay muchos que se niegan a votar porque todos los políticos parecen igualmente impresentables. El problema es que esa decisión termina siendo beneficiosa, precisamente, para los mismos impresentables que buscan alejarnos de su ámbito de acción y que pueden llegar a sentir que, ya que todo les da lo mismo a tantos chilenos, pues qué importa seguir repitiendo las malas prácticas que solo una minoría observa y reprueba. Justamente porque se percibe más corrupción e incompetencia que antes, es que los chilenos deberíamos hacer un mayor esfuerzo por informarnos y supervisar el estado de las cosas.

La encuesta CEP también nos confirmó que la desconfianza de los chilenos hacia las instituciones y organismos privados y del Estado sigue creciendo. Fuerte, en ese sentido, es la creciente desconfianza hacia los medios de comunicación. La confianza en los diarios, por ejemplo, pasó del 25 al 19% en un año; la de la televisión también cayó en cinco puntos en el mismo período, y la de las radios tuvo un descenso de ocho puntos, aunque sigue estando en un nivel relativamente alto (40%).

Lo anterior no sorprende, porque el bajo interés por obtener información está altamente correlacionado con la desconfianza: las personas que menos se informan son las que menos confían, como lo demuestra el Barómetro Global de Confianza de Edelman. Según este estudio, que compara una treintena de países, el 43% de la población general confía en su gobierno, pero la proporción sube hasta el 51% cuando solo contestan las personas “informadas”. Lo mismo pasa con las empresas: el 53% de la población general confía en las corporaciones, pero la proporción sube hasta el 62% entre los más informados.

Si los chilenos siguen sin leer la prensa y sin ver las noticias por televisión, es muy posible que el nivel de desconfianza continúe subiendo. Eso no evitará que nos gobiernen aquellos que, precisamente, quisiéramos evitar. Seguiremos siendo, entonces, desinteresados y desconfiados. Lo que no evitará, eso sí, que nos sintamos muy mal gobernados.

 

Ricardo Leiva, doctor en Comunicación de la Universidad de Navarra

 

 

FOTO: SANTAIGO MORALESI/AGENCIAUNO