A la gente no le está haciendo sentido, “no le calza”, que las reformas propuestas vayan a generar el efecto que las autoridades afirman.
Publicado el 06.01.2015
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Ante el alto rechazo de las reformas del Gobierno por parte de la ciudadanía -evidenciada en todas las encuestas-, las autoridades se defienden señalando que no han sido capaces de explicarlas bien, acusando ignorancia o incluso que la gente ha sido víctima de una campaña “del terror” y/o de desinformación de la oposición.

Respecto a que la gente ignora los contenidos de las reformas, al menos podemos ponerlo en duda, ya que difícilmente podrían manifestarse en contra de ellas sin ningún fundamento. En cuanto a lo último, no pareciera ser tan probable, considerando que los niveles de aprobación de la oposición son aún menores que los del Gobierno y sus reformas. Resulta difícil creer que un sector tan mal evaluado pudiera generar tanta influencia en las personas.

El problema pareciera venir desde otro lado: a la gente no le está haciendo sentido, “no le calza”, que las medidas propuestas vayan a generar el efecto que las autoridades afirman.

Ya ocurrió con la reforma tributaria, cuando la ciudadanía no creyó que la pagaría sólo el 1% más rico del país, pues era demasiado evidente que ello no sería así y fue sólo cuestión de tiempo el que quedara en evidencia que se trataba de un argumento falaz.

En el caso de la reforma educacional ocurre algo similar.

Un ejemplo de lo anterior: el Instituto Nacional siempre ha constituido un motivo de orgullo nacional y ha sido visto como un ejemplo a seguir por sus excelentes resultados académicos. Hoy, parte de la discusión se ha centrado en criticarlo y promover medidas para que deje de ser lo que es.

Como es de esperar, a mucha gente no le hace sentido que se plantee que uno de los mejores colegios de Chile repentinamente se haya transformado en el “colegio símbolo” de lo que está mal y debe ser modificado. No parece sensato sostener que en lugar de partir mejorando los colegios deficientes, haya que comenzar modificando/perjudicando los mejores.

Por el contrario: si se considera la desafortunada declaración del ministro Eyzaguirre respecto a quitar los patines a los niños más aventajados, sumado a partir modificando los colegios con mejores resultados, es fácil concluir que lo que se busca es nivelar hacia abajo. Dicha convicción de muchos padres no surge por una campaña de la oposición, sino tras un simple ejercicio de deducción causa-efecto.

Da lo mismo cuáles sean los argumentos que se utilicen para explicar las reformas si no pasan la prueba ante un razonamiento simple.

Lo anterior representa un tremendo desafío para el Gobierno. Resulta indispensable salir de la teoría y explicaciones técnicas para acercarse al sentido común. Explicar “en fácil” no sólo implica utilizar un lenguaje simple o incluso apoyarse en material audiovisual (como el video de la reforma tributaria, el cómic de la reforma educacional o el dibujo de la reforma laboral), sino más bien deben preocuparse de que los argumentos tengan una cierta lógica que le permita a la gente entender y convencerse de que las medidas propuestas efectivamente tendrán los resultados que se señalan.

Ahora bien, si esos argumentos no existen y finalmente estamos frente a nuevas falacias como la afirmación de que sólo el 1% más rico iba a pagar la reforma tributaria, estamos en problemas y es muy poco probable que logren repuntar la aprobación de las reformas. Tal es el caso de la reforma tributaria, que pese a haber sido aprobada hace un par de meses, ha seguido aumentando su desaprobación.

 

Bárbara Briceño, Cientista Político.

 

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO