Todas las declaraciones bienintencionadas sobre descentralización se fueron al tacho de la basura cuando aparecieron los cálculos políticos, el mezquino cortoplacismo de las elecciones parlamentarias y presidenciales. Los senadores se dieron cuenta de que los gobernadores regionales podían ser competencia directa, de que no era conveniente tener a alguien con más votos con un cargo de elección popular en la misma circunscripción. Y mientras la izquierda trataba de llegar a consensos para salvar una coalición pegada con chicle, la derecha se alineaba tras su candidato más fuerte, quien nunca ha sido muy proclive a este tipo de reformas.
Publicado el 06.08.2017
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No hay nada más frustrante que caer en el “cuento del tío” o en alguna estafa telefónica de esas que están de moda en estos días. La frustración, humillación y decepción crecen a medida que pasa el tiempo y uno se pregunta, cada vez con más fuerza, cómo pudo creer tamaña mentira. Esta sensación no es distinta a la que hemos experimentado el último tiempo quienes hemos empujado el proceso de descentralización, especialmente cuando el ministro Mario Fernández ratificó que no habrá elección de gobernadores regionales este año. A pesar de que desde hace tiempo muchos hemos venido vaticinando esta crónica de una muerte anunciada, el choque con la cruda realidad es un golpe al mentón difícil de esquivar.

Porque a pesar de que la descentralización es el lugar común de todas las promesas presidenciales incumplidas y ya está entrando a la historia como uno de los “cuentos del tío” más espectaculares de la política chilena, igualmente esta vez todo se veía más serio. Se había conformado una Comisión que estudiaría el tema, los políticos —transversalmente— decían a todo pulmón que “ahora sí que llegó el tiempo de las regiones”, y escuchamos también a varios parlamentarios repetir hasta el cansancio la frase del académico español Joan Prats de que “Chile será descentralizado, o no será desarrollado”.

Lamentablemente, todas esas declaraciones bienintencionadas se fueron al tacho de la basura cuando aparecieron los cálculos políticos. Poco a poco fuimos viendo cómo esa santa bondad comenzó a ser capturada por el mezquino cortoplacismo de las elecciones parlamentarias y presidenciales. De repente, los senadores se empezaron a dar cuenta de que los gobernadores regionales podían ser competencia directa, por lo que no era conveniente entonces tener a alguien con más votos con un cargo de elección popular en la misma circunscripción. Por otro lado —y mientras la izquierda trataba de llegar a consensos para salvar una coalición pegada con chicle—, la derecha se alineaba tras su candidato más fuerte, quien nunca ha sido muy proclive a este tipo de reformas.

El argumento de quienes estaban en contra  siempre fue “no queremos gobernadores regionales de papel” o “no puede haber elección sin competencias”. Aquí sería bueno que nos detuviéramos un poco. Las verdaderas autoridades de papel son los actuales Intendentes, que no tienen capacidad ni facultades, gozan de bajo conocimiento y carecen de estructuras funcionales a una adecuada provisión de bienes y servicios públicos. De hecho, le pregunto a usted que lee esta columna, ¿sabe quién es el Intendente de su región? Es probable que no, pero no se preocupe, porque no es culpa suya, sino de una estructura política que tiene los incentivos en los lugares equivocados, de autoridades que no responden a la ciudadanía, sino que a un poder central que se encuentra —en muchos casos— a miles de kilómetros y del cual son absolutamente dependientes. Para dar un ejemplo, en el caso de la región de Valparaíso solo una de cada cinco personas conoce al actual Intendente (y eso que es segunda vez que ocupa el cargo).

Otra cosa relevante tiene que ver con que muchos de los legisladores que esgrimían dichos argumentos en contra de la elección no solamente cayeron en esos lugares comunes, sino que además no hicieron mucho para que la situación cambiara. Si hablaban de la necesidad de traspasar competencias para la elección, ¿por qué no confeccionaron y presentaron un modelo que permitiera destrabar el proceso? Si este tema era tan esencial para ellos, ¿por qué retrasaron deliberadamente los procesos legislativos sin hacer propuestas de mejora? A nosotros —los de región— no nos van a vender cuentos. Con nosotros no les va a resultar culpar a la Presidenta, al Gobierno, a Maduro, a Trump o a la posverdad, porque aquí hay responsabilidades que son compartidas y estamos convencidos de que un trabajo legislativo continuo, serio y honesto habría permitido sacar adelante la elección en 2017.

Por último, no sigamos dormidos y exijamos que el próximo Presidente de Chile tenga entre sus primeras prioridades la de sacar adelante este proceso —que requiere de enorme voluntad política—, para que podamos elegir gobernadores regionales con competencias y recursos en 2020, dejando en el olvido la mezquindad y el cortoplacismo. No permitamos que nos sigan vendiendo cuentos.

 

Guillermo Pérez Ciudad, investigador Fundación P!ensa

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO