En lenguaje olímpico, se ve a un gobierno ansioso por vencer en el plano de las ideologías -como lo que hemos visto en el debate sobre la Constitución-, pero lento para correr la maratón de la delincuencia y solucionar los problemas reales de los chilenos.
Publicado el 15.08.2016
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Estoy preocupada. Hace pocos días, caminando a una reunión en un barrio residencial de la capital y a plena luz, un grupo de delincuentes me asaltó de forma violenta y coordinada. A mis espaldas, otros tipos los esperaban con el auto andando, para darse rápidamente a la fuga. En cuestión de segundos, un equipo de vigilancia comunal los persiguió infructuosamente. Ahora con calma, puedo decir que me llama poderosamente la atención que frente a Carabineros mi caso pasó a ser un dato estadístico más y también que los servicios civiles y de telefonía están increíblemente preparados para atender a las víctimas de la delincuencia. Es sumamente fácil hacer todos los trámites, tanto que parece rutinario.

¿Qué nos ocurre como país? ¿En qué nos estamos transformando? ¿Dónde quedaron esos días cuando se jugaba en el barrio y no se temía a que en la esquina te fueran a asaltar? Los datos no vislumbran un futuro mucho mejor. Según la  Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (Enusc 2015), el porcentaje de los hogares victimizados creció dos puntos porcentuales de 2014 a 2015, llegando a un 26,4%. En tanto, el 86% de los chilenos perciben un aumento en la delincuencia.

La realidad es que hoy vivimos con temor. Mientras en la calle nos esperan portonazos, asaltos y robos; en las casas vivimos acuartelados. Alarmas, cercos eléctricos y algunos incluso cuentan con armas para defensa propia. Cada vez nos blindamos más y, paradojalmente, más nos alejamos de las soluciones de fondo. Tenemos un sistema garantista donde campean las “dudas razonables”, que finalmente salvan a los delincuentes de pagar por sus delitos. Así, muchos crímenes quedan impunes y los chilenos nos sentimos abandonados por el sistema. Esto no hace más que generar situaciones complejas y aún más graves. Hace una semana, un padre y su hijo mataron a golpes al asaltante que les había intentado robar su auto a varias cuadras de distancia. Este tipo de casos, donde se reclama la “legítima defensa”, constituye una pésima señal de lo que ocurre con nuestro sistema. Las personas ya cansadas de ser violentadas comienzan a tomar la justicia por sus propias manos.

Frente a esto, el gobierno pareciera estar preocupado de otras cosas. Más parece importarle cumplir con un programa ideologizado que brindarles seguridad y mejores condiciones de vida a sus ciudadanos. “El país se ha descarrilado”, ha dicho el ex ministro del Interior Jorge Burgos, junto con señalar que el nivel de influencia programática que tiene el Partido Comunista sobre el gobierno no le hace bien al país. En lenguaje olímpico, se ve a un gobierno ansioso por vencer en el plano de las ideologías -como lo que hemos visto en el debate sobre la Constitución-, pero lento para correr la maratón de la delincuencia y solucionar los problemas reales de los chilenos. Mientras tanto, los niveles de delincuencia crecen y no se aprecia una voluntad real por darle la prioridad política que amerita. Estoy preocupada. Estamos descarrilados.

 

Gracia Dalgalarrando, Máster en Políticas Públicas, Universidad de Columbia.

 

 

FOTO FELIPE FREDES FERNANDEZ/AGENCIAUNO