Así como la inexorable integración de las tecnologías permite grandes avances para la humanidad, ésta también podría provocar graves retrocesos si se olvidan ciertas capacidades humanas, tales como la cooperación, la creatividad y la empatía con el otro, necesarias para alcanzar el bien común.
Publicado el 01.04.2016
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El progreso económico de los países ha sido siempre uno de los principales anhelos de quienes son los máximos responsables de investigar y ofrecer las mejores políticas  para resolver los problemas sociales. Los desafíos de gestión que se le presentan a los gobiernos son complejos, y es así cómo la tendencia actual es discutir sobre qué requiere cada nación, acorde a su realidad, para alcanzar aquel desarrollo que hoy se denomina, globalmente, como sustentable.

A la vez, aquellas economías más exitosas no sólo logran administrar y maximizar los recursos disponibles, sino que también hacen uso de los avances tecnológicos para sintonizar con las necesidades reales de las personas y, por último, como si esto fuera poco, se adhieren a la urgencia de armonizar su adelanto junto a la estabilidad del medio ambiente.

Generar cambios reales, que aceleren el ascenso de las economías, sobre todo de aquellas en vías de desarrollo, requiere de la capacidad para innovar. En un esfuerzo por lograr este objetivo es cómo surgió, en 1971, el Foro Económico Mundial, con sede en Davos, Suiza. Institución de acreditada reputación internacional cuyo fundador, Klaus Schwab, ha consolidado su prestigio al lograr aunar el compromiso y los aprendizajes de dirigentes provenientes de diversas instituciones gubernamentales, empresariales y académicas a nivel mundial.

En enero pasado, Schwab organizó la versión número 46 del Foro, logrando congregar a dos mil quinientos líderes abocados a reflexionar y compartir sus experiencias sobre cómo eliminar (y no sólo aliviar) a la pobreza por vías que dignifiquen al ser humano, porque, acorde a su precursor, la verdadera sustentabilidad es aquella que empodera a los más necesitados y que logra el progreso en términos humanos.

El lema principal de este año fue lo que se denominó como “La Cuarta Revolución Industrial”, caracterizada por la aceleración y acumulación de conocimientos que proveen los avances tecnológicos, cuyos efectos han alterado las relaciones interpersonales, la manera en cómo se trabaja y que brindan nuevas y más eficientes plataformas para gobernar.

El actual escenario permite no sólo una mayor interconexión entre países, sino también nuevas oportunidades para alcanzar mayores beneficios del orden económico, político y social.

Sin embargo, así como la inexorable integración de las tecnologías permite grandes avances para la humanidad, ésta también podría provocar graves retrocesos si se olvidan ciertas capacidades humanas, tales como la cooperación, la creatividad y la empatía con el otro, necesarias para alcanzar el bien común.

Así como se resaltaron las bondades que se desprenden del correcto uso de las tecnologías para disminuir las brechas de desigualdad y pobreza, la principal conclusión del último Foro Económico Mundial fue que todos los miembros de una comunidad son los responsables de encausar esta nueva revolución hacia un futuro que comparta, represente y refleje valores y objetivos comunes que permitan consolidar la verdadera esencia de la economía. Esto es, la sustentabilidad del ser humano.

 

Paula Schmidt, Periodista e historiadora Fundación Voces Católicas.

 

 

FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO