La historia reciente de Chile es uno de los ejemplos más evidentes de que la suma de crecimiento económico y focalización en el uso de los recursos fiscales en quienes más lo necesitan, contribuye directamente a mejorar la calidad de vida de todos nuestros compatriotas. Esto es lo que la inmensa mayoría entiende por desarrollo, a diferencia de lo que dice por estos días La Moneda.
Publicado el 06.09.2017
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La semana pasada fuimos testigos de un importante remezón político. Todos los integrantes del equipo económico del gobierno renunciaron a sus puestos en Hacienda y Economía ad portas de la discusión de la Ley de Presupuesto y de la reforma al sistema de pensiones.

Este hecho sin precedentes ha dejado al descubierto —aun más, si es que se puede— la contradicción reinante al interior del oficialismo en materia económica. Por un lado, las palabras que acentúan la importancia del crecimiento, y por otro, los hechos como la cancelación del proyecto minero Dominga, que significaba una importante contribución al empleo y desarrollo de la Cuarta Región.

Lo ocurrido nos permite constatar que a la izquierda gobernante no le interesa el crecimiento económico y que no está dispuesta a sacrificar su agenda ideológica para fomentar la inversión privada y el progreso del país. El mensaje es muy claro, y así lo demuestra la conducción económica del gobierno.

En la antesala de la renuncia del equipo económico, la Presidenta Bachelet declaró que no concibe el desarrollo a espaldas de las personas. Lo que por desgracia ella ignora es que para que conseguir el desarrollo que beneficie a las personas, el crecimiento económico es un factor esencial. No tiene sentido alguno hablar de progreso sin buscar el crecimiento económico, y por tanto, un gobierno que no se preocupa por este tema les da la espalda a las personas.

Hace medio siglo, las propuestas presidenciales ofrecían a los chilenos que sus hijos pudieran ir a clases con zapatos. El programa de gobierno de la Unidad Popular denunciaba que la mitad de los niños sufría de desnutrición y que el sistema de educación superior excluía a gran parte de los jóvenes en edad de estudiar. La historia reciente de Chile es uno de los ejemplos más evidentes de que la suma de crecimiento económico y focalización en el uso de los recursos fiscales en quienes más lo necesitan, contribuye directamente a mejorar la calidad de vida de todos nuestros compatriotas. Esto es lo que la inmensa mayoría entiende por desarrollo, a diferencia de lo que dice por estos días La Moneda.

Sin ir más lejos, la categórica disminución de la pobreza nos ubica como una de las naciones que más exitosamente ha enfrentado el problema, tanto por la rapidez como por la magnitud del descenso en la tasa. El contundente acceso a mayores oportunidades educacionales ha permitido que siete de cada diez estudiantes sean la primera generación de sus familias en acceder a la educación superior y, como bien grafica un estudio del profesor Claudio Sapelli de la UC, la desigualdad considerada por cohorte de edad ha experimentado una disminución equivalente.

El notable crecimiento económico del país en los últimos cuarenta años nos pone como una de las naciones más ricas de América Latina, con el mejor sistema de educación superior de la región y con una de las menores tasas de pobreza. Seamos sinceros: sin crecimiento económico no se puede combatir la pobreza ni crear oportunidades que generen movilidad social. Volver a poner al crecimiento como pilar del desarrollo de Chile es el gran desafío para quienes queremos una sociedad verdaderamente justa y libre.

 

Julio Isamit, coordinador político de Republicanos

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

 

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