El diálogo supone un esfuerzo mucho mayor que el de la persuasión. Se debe entender que las campañas liberales del estilo #creisquesoyweon son para la galería. La política, en tanto, requiere de una derecha reflexiva y dispuesta al diálogo; una derecha que devuelva estabilidad y se proyecte más allá de los siguientes cuatro años.
Publicado el 09.04.2017
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Se ha gastado demasiada tinta en explicar las causas de la crisis de representatividad política. Una de las tesis más plausibles, a mi juicio, es la que Daniel Mansuy plantea en su libro “Nos fuimos quedando en silencio. La agonía del Chile de la transición”. A saber, el profesor plantea, entre otras cosas, que la izquierda y la derecha utilizan categorías insuficientes para comprender la realidad. En la derecha, particularmente, predomina una hegemonía económica acompañada de un relato primordialmente liberal. La reciente ―y bien humorada― campaña #creisquesoyweon, liderada por Bernardo Fontaine en defensa de las AFP, es un buen ejemplo de esto.

La campaña explica de manera impecable por qué los argumentos del movimiento No+AFP son inverosímiles, derrumbando cinco mitos del sistema de pensiones: revela de forma muy simple que los trabajadores son los propios dueños de sus fondos; da cuenta de las deficiencias que tienen los sistemas de reparto, así como de lo ineficientes que son las propuestas de las autoridades; y explica también lo eficientes que son las AFP para generar altas pensiones y cómo se podría perfeccionar el actual sistema.

A una buena parte de la izquierda chilena, sin embargo, poco le importa la eficiencia económica. Es más, los sectores más radicales ―Frente Amplio y Partido Comunista― desprecian abiertamente el crecimiento económico y el consecuente desarrollo social que no se sustenta en el Estado. A pesar de la abundante evidencia histórica sobre las desastrosas experiencias de Gobiernos socialistas en todo el mundo, esta izquierda continúa buscando una vía alternativa al libre mercado y sus limitaciones sin medir consecuencias.

Se sigue presumiendo, por ejemplo, que la usura es inherente a las relaciones laborales del mercado, o que los recursos no son escasos, sino que se concentran en los más ricos. Y es que cuestiones tan elementales para un alumno de primer año de Economía se vuelven confusas cuando se piensa que la pretensión del libre mercado es injusta e inmoral. La cuestión política de fondo, entonces, no es qué tan eficientes son las AFP, sino qué tan justo es el sistema. Y lo problemático del asunto radica en que esta idea de injusticia que reviste el actual sistema de pensiones, es transversal a toda la izquierda, incluso a quienes entienden que no existe una alternativa distinta al mercado.

Así las cosas, hay un conflicto político que debe ser atendido. Esto es, hay que sincerar el diagnóstico y lograr un acuerdo entre las partes políticas para recuperar la estabilidad. En simple, la política debe volver a funcionar, los políticos deben volver a dialogar y se debe hacer un esfuerzo por lograr acuerdos. Y para esto la derecha necesariamente tiene que tender puentes con los sectores moderados de la izquierda. Sin embargo, la gran dificultad para la derecha en los últimos 30 años, siguiendo la tesis de Mansuy, radica en que un liberalismo doctrinario ha sido estéril en establecer diálogos políticos con la izquierda. Y si algo demanda la ciudadanía por estos días es diálogo.

Dialogar, como nos enseñaba Platón, implica necesariamente recurrir a la lógica, oponer discursos racionales para discernir aquello que se considera verdadero. Significa, entonces, poner a disposición todos los recursos comunes para facilitar una conversación racional, ya sean lingüísticos como históricos y culturales. Y el liberalismo, es decir, esa visión unívoca de la libertad individual, es más bien ajena en una parte importante de nuestra cultura. Esto no significa, por supuesto, que el liberalismo sea inútil o que carezca de una genuina intención política. Lo relevante aquí es reconocer que, para salir de la crisis de representación y recuperar una sana estabilidad política, se necesita mucho más que abultadas dosis de liberalismo. Se requiere, por el contrario, un diálogo político en que los chilenos sintonicen el progreso económico, y todo lo que conlleva la modernidad, con una idea coherente de justicia que pueda tener sentido en la diversidad de corrientes de pensamiento, ya sean liberales, conservadoras, cristianas, socialistas, etcétera.

Para que los chilenos vuelvan a creer en la política y en sus políticos se requiere, en primera instancia, volver a dialogar. Y el diálogo supone un esfuerzo mucho mayor que el de la persuasión. En términos simples, explicarle a esa izquierda la conveniencia de las AFP con el argumento de la eficiencia económica sería como persuadir a un ateo de que no robe con el argumento de que irá al infierno. Se debe entender, entonces, que las campañas liberales del estilo #creisquesoyweon son para la galería. La política, en tanto, requiere de una derecha reflexiva y dispuesta al diálogo; una derecha que devuelva estabilidad y se proyecte más allá de los siguientes cuatro años.

 

Andrés Berg, investigador de Fundación P!ensa

 

 

FOTO:PABLO OVALLE ISASMENDIZ/AGENCIAUNO